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23 de diciembre de 2020

Estrellas de cristal

Como todas las mañanas de los últimos veinte años, Benito se calzó las pantuflas, arrastró los pies a la cocina y puso la cafetera al fuego. Y como también era diciembre, estrujó un polvorón de almendras y se lo comió a pellizcos mientras esperaba que hirviera el agua. En otros tiempos también hubiera bajado al kiosko de la esquina a por el periódico, pero ahora solo tenía que sacar el móvil para revisar las noticias. Deslizó el dedo por la pantalla distraídamente, pasando por los deportes, el tiempo y la actualidad hasta que el aroma de café inundó la cocina. Entonces se sirvió una taza y, satisfecho, se dirigió al salón. El árbol de Navidad estaba igual que ayer.

O casi igual que ayer.

—¡Antonio! —gritó por pasillo— Esto sí que no, ¿me oyes? Ya te estás pasando.
—¿De qué hablas? —respondió una voz desde el baño.
—¡El adorno que compramos en Berlín! Me da igual lo que hayas hecho con los otros, pero como hayas roto este...

Tras unos segundos de silencio y un sonido de cisterna, Antonio salió del baño. Se acercó al salón frotándose los ojos.

—Buenos días a ti también. ¿Qué ocurre ahora?
—El adorno de cristal. —Benito señaló a una zona del árbol que parecía inusualmente despoblada—. Es el tercero que desaparece en esta semana.
—¿Y qué me quieres decir con eso?
—¡Pues que estoy harto! No sé si es que los has roto y te da vergüenza admitirlo, o es que me estás gastando una broma pesada, pero ya me estoy empezando a cansar.

Antonio se agachó para asomarse bajo el árbol, con gesto desconcertado.

—No están en el suelo. ¿Habrán rodado bajo el sofá?

Benito detuvo su berrinche durante unos instantes para arrodillarse sobre la alfombra y buscar en el oscuro hueco bajo el sofá. Tras unos segundos de silencio se incorporó, más furioso que antes.

—¿¡Cómo va a rodar bajo el sofá si tiene forma de estrella!? ¿Me estás mareando a propósito?
—¿Y por qué no? —preguntó Antonio, paseándose por el salón y mirando en los rincones más extraños—. Tienen que estar por aquí en alguna parte, ¿verdad? Deberíamos seguir buscando.
—¿Es por lo del otro día, a que sí? —Benito respondió de pronto con una voz angustiada e iracunda—. La tontería esa de que soy un maniático y de que ando siempre quejándome... ¡Pues mira, lo soy, y a mucha honra! ¿Estás contento?

Antonio dejó de buscar y bajó la mirada, decepcionado.

—Lo siento. Es mi culpa. Tendría que haberlo pensado mejor.
—¡Lo sabía! Los has roto y no me lo quieres decir. Creí que teníamos confianza, Antonio. Después de tantos años...
—Benito, calla. —Antonio se acercó y le agarró de los hombros con firmeza, mirándole fijamente—. Te he dicho que no he roto los adornos. Seguro que han rodado bajo el sofá.
—¿Me ves cara de imbécil? Te he dicho que no hay forma de que salgan rodando.
—Benito —repitió con voz serena—. Que mires bajo el sofá.

Con una mueca disgustada Benito volvió a agacharse, mascullando entre dientes.

—Qué asco. Solo hay pelusas, papeles y envoltorios de polvorón. Anda, y las pilas del mando.
—Mira los papeles.
—¿Quieres que meta la mano ahí? —alzó la cabeza con expresión angustiada, y Antonio asintió.

Agarró el papel más cercano a regañadientes y sacó un sobre de papel ligeramente polvoriento. Miró al sobre unos instantes, luego a Antonio (que aún parecía impasible) y luego otra vez al sobre. Lo abrió con cautela. En su interior había dos billetes de avión.

—Feliz aniversario, cariño —rió Antonio, acariciando con cariño la espalda encorvada de Benito—. Y haz las maletas ya, que el vuelo sale esta noche. De verdad, no me puedo creer que hayas tardado tres días en buscar los adornos...




49-Haz una historia en la que haya un árbol de Navidad al que cada día le desaparece un adorno y los dueños tratan de atrapar al culpable.

¡Felices fiestas a todo el mundo! Hoy os dejo este relato rapidito, porque me quedan dos retos y tan solo una semana de año para terminar... Me niego a perder este desafío después de tantos días de esfuerzo, así que aprovecharé estas "vacaciones" de Navidad para terminarlo :3

¿Qué os ha parecido? La verdad es que he cambiado completamente el final del relato. Pensaba hacer que la pareja discutiera un rato y luego se desvelara que un gatito callejero estaba robando los adornos... pero conforme avanzaba la conversación se me ocurrió que sería más interesante que todo fuera idea de Antonio. ¿Hubierais reaccionado así? A mí se me da fatal pillar las sorpresas así que me identifico mucho con Benito, habría tardado en darme cuenta...

Por cierto, tengo una pequeña sorpresita para vosotros. Pero la he anunciado en mi twitter, así que id a echadle un vistazo si os interesa ;3

¡Un saludo! Cada vez queda menos. 

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7 de noviembre de 2020

Interludio

—¡Imaginad la situación! —clamó la directora, girando dramáticamente en mitad del escenario—. Es una noche lluviosa y oscura, y la luz se ha ido por culpa de la tormenta. Un relámpago ilumina el centro de la escena —una leve pausa, un foco intenso parpadea—, y poco después un trueno resuena en la habitación. ¡Bruuum! Y esa es tu señal.

—Entonces salgo cuando suene el trueno, entendido —. Una joven de pelo negro recogido en trenzas salió desde detrás del decorado—. ¿Y empiezo el monólogo?

—Y empiezas el monólogo.

—Vale, uhh, ejem —se aclaró la garganta antes de comenzar—. ¡Oh, profunda desdicha la que mis ojos albergan! Si tan solo un corazón como el mío pudiera...

—Bueno, que sí, veo que ya te lo sabes, bla bla bla y entonces es cuando entra Ágata.

—Espera, ¿cuándo entro exactamente?

—Cuando Jessica acabe el monólogo.

—Y eso es...

—"Y si Dios de verdad perdona a los arrepentidos, sin duda será benevolente con mi alma" —Jessica terminó su diálogo y corrió hacia la ventana de cartón—. Acabo aquí, así que tú tienes que entrar por el otro lado.

—¿Por aquí? —caminó hacia su puesto y se pellizcó la barbilla—. Pero yo siempre estoy en el otro lado del escenario. ¿Cómo quieres que llegue hasta aquí sin que me vean?

—Pues por detrás del decorado, claro está.

—Uf, qué pereza. Tendría que venir a gatas.

—¡Por el teatro hay que sufrir, querida!

—Está bien, como sea —Ágata suspiró antes de erguirse con orgullo—. Salgo por aquí. ¿Me da tiempo a decir mis líneas?

—¡No, casi no hay tiempo! —la directora miró el reloj en su muñeca y se sacudió, nerviosa—. Tan solo habla mirando al público, proyectando la voz, y poco a poco te giras hacia Jessica.

—Y entonces... —alzó la pistola de atrezzo y la movió como si hubiera disparado—. ¡Pum! "Pues aquí tienes tu justicia."

—¡Perfecto, chicas, es perfecto! —la directora aplaudió en el sitio durante unos segundos antes de recomponerse—. Lo vais a hacer genial. ¡Todos a sus puestos! ¡Enciendan los micros! ¡Abran el telón!




44-Escribe un relato que integre cinco onomatopeyas.

¡Buenos días! Con este reto número 44 por fin nos ponemos al día. También es el reto más corto que he escrito hasta ahora (de hecho lo he terminado en en tan solo media hora), pero tiene su explicación. No sabía cual era la forma más natural de colar las onomatopeyas en este relato, y llegué a la conclusión de que un diálogo era la mejor opción.

También tenía ganas de escribir un texto que fuera todo diálogo (sin contar las acotaciones, claro está), ¿y qué mejor situación para meter un diálogo largo que en una obra de teatro? Así que busqué cinco onomatopeyas que me gustaran y me puse a improvisar una escena con ellas. Pensé "acabaré el relato cuando meta las cinco", ¡y al final me quedó bastante corto! Pero creo que es más fácil de leer así.

¿Encontráis todas las onomatopeyas? ¿Cual es la que os parece que está más escondida? :3

Un saludo y hasta la próxima <3

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21 de septiembre de 2020

Querida Leyre:

¡Hola! ¿Qué tal todo? Espero que estés leyendo esta carta antes de comerte los dulces del paquete. Hazme caso, es importante que entiendas por qué te los mando. Que ya sé que eres muy golosa, pero te sabrán mucho mejor una vez conozcas la historia... Pon agua a hervir, y así tendrás té recién hecho para cuando termines de leer. 

¿Se siguen fabricando los hervidores? Son como jarras que se enchufan y calientan el agua de dentro, aunque no me extrañaría que tú tuvieras uno de esos cacharros modernos que la hacen hervir en segundos. Bueno, como sea: no te pregunto cómo estás porque ya me lo cuentas cada vez que llamo. Esto es algo especial, un regalito por tus buenas notas... y porque sé que nos echas de menos. No hay nada mejor para la morriña que dulces caseros, créeme. Eso, y una buena historia. 

¿Te he contado alguna vez cómo conocí a tu madre? Fue hace muchos años, en la capital, cuando aún no era la capital. Eras muy pequeña cuando la viste por última vez, así que no creo que te acuerdes. Por aquel entonces ni siquiera era la ciudad más grande del país, pero estaba llena de vida y de oportunidades a punto de florecer. Jóvenes de todas partes nos reuníamos en sus calles y lo compartíamos todo: nuestras casas, nuestros coches, nuestros sueños... y de una forma u otra todos estábamos conectados, como una telaraña pequeña y compacta que enredaba poco a poco nuestras vidas.

Seguro que sabes de lo que hablo. Cuando tropiezas en la calle con un extraño, cuando te llevas el último paquete de galletas del supermercado, cuando bajas del bus y dejas un asiento libre... de manera invisible tu presencia se cuela en la vida de los demás, y ellos hacen lo mismo contigo. No lo sabíamos entonces, pero tu madre y yo nos conocimos mucho antes de empezar a hablarnos. Aquella noche de otoño, minutos antes de echarle el cierre mi pastelería, una mujer joven y guapa entró a comprar dulces de almendra. Pagó por dos, pero dejó uno de ellos en el mostrador. Y yo me comí el otro.

Probablemente nos viéramos más veces después de aquella, en bares o en colas del súper, nuestras huellas guiándonos el uno hacia el otro... pero pasaron años hasta que le preparé aquellos dulces como regalo de aniversario y ella recordó aquella vez que, apurada, entró a una pastelería a última hora y se olvidó de llevarse un pastel.

No me enrollo más, que el té debe de estar a punto. Prueba ahora los dulces, la receta es la misma que era entonces. Ah, y por cierto, te he preparado más de la cuenta, en caso de que quieras dejar alguno atrás. Quién sabe, quizá en unos años te sorprenda. Este mundo está cada día más y más conectado, créeme. No subestimes el poder de un dulce casero.

Con cariño, papá.



38-Tu protagonista escribe cartas a una niña de otro continente. Escribe un relato epistolar con esta correspondencia.

A ver, os explico: Esta semana ha sido muuuy larga, y han pasado muchas cosas. Para empezar el relato que publiqué en Lektu, La serpiente que devoró la luna, está pegando fuerte. Ha llegado al top 8 en tendencias, y estoy recibiendo un montón de apoyo y críticas positivas... no sabéis lo mucho que os lo agradezco, en serio. Lo que en un principio parecía un fracaso se ha convertido en una de mis mayores motivaciones para seguir escribiendo. 

Y precisamente por eso... he tenido muy poca energía para seguir con los Retos de Literup. No me malinterpretéis: me parecen geniales y me han ayudado muchísimo. Gracias a los retos he conseguido una rutina más o menos estable de escritura (mejorable, ¡pero es una rutina!) y he practicado con géneros e ideas que no pensé que sería capaz de desarrollar. Pero creo que es hora de pasar página, y de empezar a escribir por mi cuenta. 

¿Voy a detener los retos? Por supuesto que no. A cabezonería no me gana nadie. A falta de 14 relatos para cumplir con el reto, y teniendo en cuenta que ya he completado casi el 75% del desafío... no me apetece rendirme. Será una tontería, pero quiero la medallita. Quiero poder decir "eh, que sepas que durante un año hice un reto de escribir un relato por semana, y lo terminé".

Lo que sí quiero decir es que, seguramente, le dedique mucho menos tiempo y esfuerzo a partir de ahora. Pongo por ejemplo este relato. No me gusta, no estoy conforme con él, lo escribí anoche medio dormida y mientras veía streamings en Twitch... pero ahí está, terminado. Por supuesto, si alguno de los temas restantes me llama mucho la atención haré un relato más trabajado, pero creo que este reto se basa más en ganar constancia que en sacar 52 obras de arte. 

Voy a parar ya, que al final voy a escribir más comentario que relato... ¡nos vemos la semana que viene (técnicamente esta) con el siguiente Reto Literup! 

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6 de agosto de 2020

La bruja de Sanabria

El valle había amanecido cubierto de niebla, una bruma densa y pesada que se enredaba entre las zarzas secas y se acumulaba en el suelo formando de charcos de humo blanco. Y aún así la mañana transcurría serena, pues incluso con las inclemencias del mal tiempo el mercado de los sábados había permanecido abierto. Viajeros y comerciantes se arremolinaban en la pequeña plaza para exponer sus mercancías en tenderetes improvisados: los más lujosos tenían una pequeña estructura de madera con techo de paño, otros usaban repisas instaladas en el lateral de su carro de caballos, y los más humildes paseaban por la plaza ofreciendo sus productos en una cesta de mimbre. Todo era normal excepto la pegajosa humedad en el ambiente, la extraña niebla que no había dejado rocío sobre las flores.

Con los mercaderes también suelen llegar individuos peculiares, forasteros en busca de aventuras o almas errantes mendigando caridad, así que la visión de aquella mujer no despertó curiosidad alguna. Parecía un fantasma de piel morena, con el rostro arrugado y el cabello castaño, y caminaba arrastrando sus ropajes descoloridos por el barro. Ninguna mirada se posaba en ella y todo vecino pasaba de largo; tan solo su voz cascada y sus afilados ojos oscuros eran capaz de reclamar su existencia.

— Disculpe, buen hombre — anunció ella frente al puesto del comerciante de telas —. ¿Le sobran algunos paños para cubrir mi achacoso cuerpo? Esta humedad se me cala hasta los huesos, y del dolor casi no puedo caminar.
— Vieja mugrienta, márchese — replica el mercader sacudiendo la mano —. ¿No ve que me espanta a la clientela?

La mujer marchó y avanzó al siguiente puesto, una vendedora errante que llevaba en su carro vinos de distintas procedencias. A su alrededor se agrupaban los aldeanos con vasijas vacías, intercambiando monedas de plata por vino recién escanciado.

— Perdona, buena mujer — llamó ella, posando sus manos huesudas sobre la madera oscura —. Hace semanas que no bebo más que del barro y de charcas estancadas, ¿haría el favor de saciar mi sed con su vino más humilde?
— Lo siento mucho, anciana — responde la dama con gesto titubeante —, pero el vino es costoso y no lo puedo desperdiciar. Beba usted del abrevadero, allá donde esperan mis caballos.

La mujer caminó entonces hacia donde le indicaban, junto al lodo y el ganado, pero antes de llegar una chiquilla le interrumpió el paso. La había visto antes en la plaza, portando un cesto de caña trenzada que había equilibrado con cuidado sobre su cabeza.

— Señorita, tome usted un poco —. La niña inclinó el cesto y dejó ver varios bollos de pan blando, con hierbas y semillas en su superficie —. Están deliciosos, y seguro que tras su largo viaje le viene bien comer.
— Eres un encanto, criatura — la mujer sonrió dejando al descubierto dientes torcidos y de un brillo extraño—. ¿Por qué eres tan bondadosa?
— Mis padres me enseñaron a ser amable, señorita. Somos gente humilde y entendemos los tormentos del hambre y la sed.
— Entonces, dulce niña, escucha bien —. La mujer se inclinó sobre su oído y le sujetó el rostro con sus manos ásperas —. Tú y tus padres, marchad del pueblo antes de que caiga el sol.

Y entonces colgó en su cuello un amuleto de madera que tenía tallado un símbolo de herradura. La niña lo sujetó con manos temblorosas.

— Confía en mí, pequeña. Esto te traerá suerte allá donde vayas, y hallaréis la riqueza donde sea que queráis asentaros.
— Está bien, marcharemos temprano. Repartiré mis panes entre los vecinos y partiremos antes del ocaso.

La mujer sonrió satisfecha y desapareció del pueblo, sin beber agua y sin llevarse el pan que le ofrecieron, caminando con pasos que no dejaron huella alguna. A la mañana siguiente el pueblo desapareció bajo las aguas, pues una gran tormenta de pronto había colmado el valle. Pocos testimonios quedan de aquellos que saben del pueblo que allí existió, pues ahora todos lo conocen como el lago de Sanabria.



32-Haz una historia ambientada en el entorno rural de un pueblo de Castilla. Recoge alguna de sus leyendas e intégralas.

¡Hola! Menuda metedura de pata tuve con este relato al principio de semana. Leí el reto demasiado rápido y me emocioné con lo de leyendas castellanas, así que me puse a hilar una historia ambientada en Ávila, porque estuve viviendo allí durante varios años y conozco bien la ciudad. Ávila tiene muchas leyendas, sobre todo relacionadas con su muralla, con su catedral o con la figura de Santa Teresa... y me disponía a escribir cuando leí el reto de nuevo: ¡tenía que estar ambientado en un pueblo, no en una ciudad! Así que busqué por internet la primera leyenda que encontré y me puse a improvisar.

No conocía la leyenda del Lago de Sanabria, pero se cuenta que bajo sus aguas hay un pueblo sumergido por su egoísmo. La historia me parecía perfecta para escribirlo como moraleja, así que tomé la base y creé el personaje de la bruja. Aún así entiendo que está poco inspirado... me hubiera gustado encontrar una leyenda más oculta y darle algunas vueltas más. Si tan solo no hubiera perdido el tiempo en crear otra historia... ¿creeis que debería escribirla de todas formas? A lo mejor la aprovecho para el próximo reto.

En fin, ¿qué os ha parecido? ¿Conocíais alguna leyenda de Castilla? ¿Habéis visitado la zona? A mí me gusta la zona sur de Castilla, hay muchísimas montañas y por tanto muchas rutas de senderismo... y seguro que muchas leyendas por descubrir.

¡Un saludo y hasta la próxima!

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P.D: ¡He cambiado mi cuenta de twitter! Ahora existe una cuenta especial para el blog, sin memes y sin cosas personales, que la tengo única y exclusivamente para difundir arte y relatos. ¡Dadme follow si os interesa! La tenéis en la barra lateral, tan solo hay que pulsar el botón de twitter.

21 de julio de 2020

Verdugo

El sol de la mañana me despierta implacable, una fina rendija de luz que acierta en brillar directamente sobre mis ojos. Las persianas, anoche se me olvidó echar las persianas, y ahora me toca lidiar con las consecuencias de este despiste. Son tan solo las diez de la mañana y la temperatura en este roñoso cuarto ya comienza a ser insoportable. Intento paliarlo abriendo las ventanas, pero lo único que recibo es una bocanada de aire caliente. Las vuelvo a cerrar y bajo las persianas. No importa, me daré una ducha y pondré un rato el ventilador. Con eso debería bastar.

Camino perezosamente al baño, arrastrando los pies descalzos por un pasillo lleno de polvo y pelusas. Aquí nunca llega la luz del sol, y al ser un lugar de paso la decoración es frívola y escasa. Solo hay un cuadro en la pared que juraría que ya venía con la casa; como el resto de los muebles, la vajilla y la ropa de cama. A veces me sorprende lo poco de mí que hay en este piso.

Y el baño es más de lo mismo, gel familiar del supermercado y toallas que debería echar a lavar más a menudo. Hoy me ducho con agua fría, despegando el pegajoso sudor de mi cuerpo, y aunque ahora me resulta agradable tampoco es como si tuviera otra opción. La bombona se acabó hace una semana y el butanero hace tiempo que no aparece por el barrio. Un día de estos debería pasarme por la gasolinera. Quizás mañana.

Al que hace mucho que no veo, o más bien que no oigo, es al afilador. Y mira que durante unos meses hizo un montón de negocio por la zona, pero supongo que ya no le interesa. Es una pena, ¿verdad? La de oficios que se pierden en estos tiempos. ¿Qué será lo próximo en desaparecer? ¿Los cerrajeros, los conserjes, la policía? La tecnología poco a poco se lleva todo lo que nos hace ser humanos. Es una pena, pienso, mientras me deslizo hacia la cocina y empiezo a cerrar las bolsas de basura. Eso sí, no dudaría ni un momento en dejar que esta tarea la hiciera un robot o algo de eso. Supongo que eso me convierte en alguien hipócrita.

Pero aquí no hay robots ni mayordomos, así que me toca bajar la basura en chanclas y pijama. Tomo uno de los cuchillos de la encimera y pienso en lo útil que sería si estuviera bien afilado. Bajo las escaleras con la bolsa en una mano y el cuchillo en la otra, haciéndolo repiquetear por la barandilla sin mayor inquietud. Con algo me tengo que entretener mientras bajo. Vivo en un quinto sin ascensor.

Cuando llego a la calle me recibe la flama del mediodía, el olor a humo y a basura. Camino con cuidado de no pisar los cristales rotos. Aquí al lado, acurrucada en el portal, una mujer llora con su hijo muerto en brazos. Ha dejado un reguero de sangre en la acera. Qué mal está todo últimamente, pienso mientras lanzo la bolsa de basura al contenedor más cercano. Ya no limpian por el barrio, y durante la revuelta de anoche se ha roto la vidriera del rellano. ¿A quién tendré que llamar para que lo arreglen? ¿Podrá acercarse el cristalero al repararlo?

La mujer murmura algo que no me esfuerzo en entender, pero calla de inmediato al ver el reflejo plateado del cuchillo en mi mano. Ves, ya sabía yo que alguna utilidad tendría, por poco afilado que esté. Vuelvo al portal y cierro la puerta a mi paso, sacudiendo las zapatillas en el felpudo y pensando, siempre pensando. Subo las escaleras muy despacio, casi con pereza, deslizando con suavidad el cuchillo por la barandilla. "¡Verdugo, asesino!", escucho gritar desde la calle. Y yo que tan solo bajaba a tirar la basura. Si es que esta gente se queja por vicio...



30-Utiliza las palabras “bombona”, “afilador” y “revuelta” en tu relato.

¡Estoy en racha! Cómo se nota que ya no tengo que estudiar y que estoy más relajada, porque he sido capaz de escribir esto en tan solo dos días... ¡Y estoy bastante contenta con el resultado! No es lo mejor que he hecho, pero sí que estoy bastante conforme.

¿Qué os ha parecido? ¿Un poco confuso? La verdad es que la inspiración de este relato es muy específica: La escena undécima de Luces De Bohemia, de Valle-Inclán. Si la habéis leído -es lectura obligatoria en institutos, así que más os vale- seguro que sois capaces de ubicar la escena. Le tengo especial cariño a ese fragmento por el mensaje tan potente que lleva, una crítica social muy cruda sobre cómo afectan los conflictos sociales dependiendo de la clase económica. Eso es lo que he intentado replicar en el relato.

Por otra parte "bombona" y "afilador" me daban un aire costumbrista y de típica mañana andaluza, así que de ahí he sacado el resto de la inspiración. Podría haber hecho algo más original y trastear un poco más con estas tres palabras... ¡pero es que lo tenía muy claro desde el principio! Este es mi pequeño homenaje a Valle-Inclán, y espero que os guste.

¡Un saludo y hasta la próxima! Como he acabado el relato de esta semana tan pronto, quizá me ponga a preparar el siguiente o a enviar algún relato a concurso... quién sabe. ¡Disfrutad del verano!

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3 de julio de 2020

Sedentario

¿A dónde van las horas que se pierden? ¿A dónde marchan sus segundos rotos? Son como migajas que se sacuden del mantel, poco más que un festín para las ratas; pero aquí siento que no son sobras las que se desperdigan por el suelo. Son banquetes enteros. Días festivos, horas extra, veinte minutos para el almuerzo y cada segundo en que pierdo la mirada: todo es tiempo que se escapa y que sé que no volverá. ¿Dónde queda todo ese tiempo? ¿También se lo comen las ratas?

¿Cómo es posible que en este mundo de suma cero haya algo que no se puede ganar, que solo puede perderse más despacio? ¿Dónde hallo justicia en un universo que no tiene balanza? En esta oficina el tiempo parece que no avanza, y aún con todo no sé qué pensar. ¿Acaso no gano momentos si estos se alargan más y más? ¿O lo único que obtengo es una pérdida prolongada?

Las agujas del reloj se sacuden suavemente, y mis ojos se deslizan por la sala buscando algo que observar, cualquier cosa que me rescate de la monotonía del trabajo. La luz que se filtra por la persianas es gris y moribunda -sé que fuera está lloviendo, sé que frío mece los árboles- pero ni siquiera atisbo a ver el cielo desde aquí. El cubículo no está compuesto por paredes completas pero ellas solas bastan para separarme del resto de vida. Solo escucho el suave rasgar de los bolígrafos y repiqueteo de teclas: arrítmico, sordo e incoherente; un suave susurro que chirría en mi mente y consume el aire a su alrededor.

De vez en cuando la pantalla cambia a negro y me devuelve un reflejo que no reconozco, ojeras que no recuerdo y mejillas hundidas que envejecen mi rostro. ¿Es esto lo que deseaba cuando era pequeño? ¿Dejarme la vida en tránsitos y ascensores, entregar mis esfuerzos a la bolsa de un dueño? Es como si solo existiera para sobrevivir, para mantenerme despierto y en pie en un mundo que no me merezco.

Nadie me obliga a seguir viviendo, pero sigo aquí. Quizá es pereza o quizá osadía, porque albergo esperanza y no quiero marchar. Quizá llegue el día en que añore este sitio, sus muertos relojes y sus horas perdidas; y recuerde en nostalgia sus ásperas teclas y rotos segundos. Quizá sobreviva un poquito más, latiendo y dejando que el mundo me arrastre, admirando el paisaje de espiral decadente y quizá, algún día, me gane una vida que acabar satisfecho.

Hasta entonces solo puedo escribir.



27-Escribe un relato que tenga lugar en una oficina muy muy aburrida.

¡Buenas noches! Hoy os traigo el reto número 27, un relato facilito y... perezoso, la verdad. Tengo mi último examen la semana que viene y ahora mismo tengo la cabeza llena de transformadas y ecuaciones diferenciales, con que casi no queda espacio para hacer un relato con una historia decente... ¡Lo siento mucho!

He querido abordar un poquito el tema del "artista frustado", esa imagen que nos venden de un pobre oficinista al que han cortado las alas y que no disfruta en su aburrido trabajo... Y aunque este relato parezca pesimista (porque no niego que tiene que ser bastante aburrido) quería arrojar un poquito de esperanza. Creo que se idealiza demasiado la figura del artista que abandona su vida y vive en una buhardilla de París, escribe poemas a la luz de las farolas y se gana la vida mendigando cafés... ¡Y es que no hay nada de malo en tener un trabajo aburrido! Puedes ganarte el pan por un lado y aprovechar esos "segundos rotos" que te quedan para dedicarte al arte. A estas alturas, ¡cualquier persona que te cruzas por la calle puede ser un verdadero artista! Incluso el aburrido oficinista que duerme la siesta en el metro. Me parece un pensamiento bonito.

La verdad es que con la universidad he llegado a sentirme así muchas veces... ¡Así que aquí sigo! Hasta que alcance una vida que me llene por completo, solo me queda escribir. Muchas gracias por leerme y hasta la próxima <3.

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P.D: Jeje, ¿os gusta mi nuevo nombre? Espero que no os haya despistado mucho el cambio tan repentino de identidad, ¡soy la misma de siempre! Resulta que a este reino lo reinaba un gato... 

15 de mayo de 2020

La luna y el mar

Demasiado tarde, demasiado rápida. Pensé que podría esperar un poco más y atacar por la espalda, pero de algún modo ha vuelto a encontrarme. Tuve que salir corriendo en cuanto escuché sus pasos en la lejanía. Ese es su único problema, que camina por el bosque como si no le importara que la escucharan, como si no le hiciera falta ser sigilosa. Joder, cómo la odio. 

Cualquier persona se hubiera agazapado en su escondite confiando en haber escogido un buen sitio, pero así es como acaban con la daga al cuello. Subestiman el sonido de su respiración, de su corazón acelerado, del viento curvándose de maneras extrañas a su alrededor. No sé cómo, pero ella lo siente. Así que cuando la escuché acercarse y detenerse durante un instante supe que ya me había encontrado. Y empecé a correr.

Es rápida pero no demasiado ágil, así que escojo una ruta complicada. Sé que no podrá seguirme el ritmo por un terreno accidentado, o si intento cerrarle el paso tras un obstáculo escarpado... pero eso significa no puedo fallar. Corro intentando no tropezar, usando la inercia para hacer quiebros veloces y así ralentizarla. Me engancho en los árboles y en las zarzas y empiezan a brotar cortes por mi cuerpo, se rasgan mis ropas y mis manos. Casi no la escucho avanzar porque mi respiración entrecortada lo inunda todo, pero sé que está ahí. Sé que me persigue. Y juraría que la escucho reir. ¿Por qué...?

Tengo que frenar de golpe para no caer. No sé cómo no lo he visto, pero el bosque acaba abruptamente en un precipicio con hermosas vistas al mar. De espaldas al atardecer, de espaldas a ella. Me inclino sobre el borde y sopeso la altura, ¿me seguirá si me dejo caer? ¿Podré deslizarme por la pared hasta el suelo y entonces huir? Me haré daño, seguro, pero no creo que sea capaz de seguirme. 

- ¿No estarás pensando en tirarte, verdad? Sabía que eras estúpido, pero no creía que fuera para tanto.

Me giro y la veo ahí, en la linde del bosque, sonriendo mientras el aire se le escapa entre los dientes. Tiene el pelo enmarañado y las ropas tan destrozadas como yo, pero mantiene una postura amenazante. Elegante, fiera, confiada. Tras unos segundos de silencio levanta el bastón y lo apunta en mi dirección.

Tengo que moverme rápido, porque sé que es capaz de tirarme por el precipicio si le doy la oportunidad. Me abalanzo hacia ella con el bastón contra el pecho, pero en el último momento me inclino hacia la izquierda y lo desplazo hacia el costado. Ella lo golpea con firmeza y me hace trastabillar hacia delante. Parece un error, pero al menos ya no estoy de espaldas al precipicio. Desde el suelo deslizo el bastón para asestarle un golpe en los tobillos y escucho un gruñido de dolor. 

Aprovecho para levantarme y le coloco la punta del bastón en el pecho, y así consigo que retroceda lo suficiente como para darme espacio. Los dos sabemos sabemos que es mejor combatir a distancia, así que ambos nos beneficiamos de las nuevas posiciones. Los bastones chocan y se deslizan sobre sí mismos, generando un sonido hueco que se dispersa en el aire. Su estilo de combate es más agresivo y fiero, buscando siempre golpear en el cuerpo, mientras que yo tiendo a hacer bloqueos y estocadas para mantenerme a una distancia segura. Pero ella no parece tener ganas de alargar el combate mucho tiempo. Hace un barrido amplio a la altura de mi cabeza, así que me agacho para evitarlo en el momento exacto en el que me propina una patada en la nariz.

Intento recuperar la postura, pero entonces desliza el bastón hacia dentro y lo golpea con fuerza contra mi muñeca. La escucho crujir y un dolor intenso me recorre el brazo, y no me queda más remedio que soltar arma. Intento pensar, pero el dolor me nubla la mente, ¿podré alcanzar de nuevo el bastón? ¿blandirlo con una sola mano? Estoy de espaldas al precipicio, así que debería rodar hacia el lateral para volver a colocarme en una posición ventajosa, y entonces atacar cuerpo a cuerpo...

Pero entonces ella me embiste y caemos los dos al suelo, a tan solo unos centímetros de precipicio. Grito de terror, pero ella tan solo se ríe entusiasmada. Deja caer todo su peso en mi pecho y presiona el bastón contra mi cuello, cortando mi respiración e inmovilizándome por completo. De pronto todo vuelve a ser silencio. 

- Gané. 
- Has tenido suerte - replico, intentando no perder el poco aliento que aún conservo -. Si no hubiéramos encontrado este precipicio no hubieras podido seguirme. 
- ¿Suerte? - Umeko ríe mientras me retira el bastón del cuello -. He sido yo quien te he traído hasta aquí. Vi que el bosque se cortaba a esta altura y te perseguí en esta dirección, porque sabía que te ibas a acobardar al ver la caída. Eres precedible, Yukio. Y estúpido. 

Se incorpora y me deja libre al fin, usando el bastón para mantener el equilibrio. Está cansada y se le nota, pero le brillan los ojos de victoria, y lo peor de todo es que aún parece tener fuerzas para lanzarme reproches de camino a la aldea. Yukio, en este árbol casi te enganchas, ten más cuidado. Podrías haberte escondido con el viento a favor. La próxima vez no salgas corriendo como un cobarde, Yukio, la próxima vez dá la cara y sal a combatir como lo haría un guerrero de verdad. Como lo haría yo. Mientras camino en silencio a su lado, a duras penas mordiéndome la lengua, pienso en que probablemente no se vaya a callar nunca. ¿Y la voy a tener que aguantar toda mi vida? Joder. Cómo la odio.




20-Haz una historia que contenga una lucha con unos bō.

¡El reto número 20 ya está aquí! Y me parecen pocos, la verdad, es como si hubiera empezado ayer mismo. Tengo muchas ganas de llegar al ecuador del reto, pero parece que falta muuucho para eso...

Esta vez se pedía una escena de acción usando un arma poco convencional, un bō o bastón de combate. He decidido hacer algo sencillo y espolvorear un poquito de tensión o química entre los personajes... nunca he escrito un rivals to lovers y este relato ha hecho que me entren ganas. Hay algo muy embriagador en ver a dos personajes que se odian tener que soportarse el uno al otro, y que poco a poco vayan aclarando sus sentimientos.

En fin, ¿qué os ha parecido este relato? Estoy recibiendo muchas menos visitas, así que no sé si es que estoy bajando el nivel, que las circunstancias actuales no nos dejan tiempo para leer, o una combinación de ambas. Creo que es lo último. Este reto me está ayudando mucho a mejorar mi disciplina y a escribir incluso cuando no estoy inspirada; pero creo que entre la pandemia, la universidad y la presión para sacar un relato nuevo cada semana está mermando mi creatividad. 

En fin, ¡intentaré no rendirme! Espero que las cosas vayan a mejor para todos. ¡Hasta el próximo relato!

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8 de mayo de 2020

Girasoles

La casa de Mercedes era la última de la calle, la que estaba alzada contra la pared de la montaña. Siempre me pareció que aquello, más que una casa, era un amasijo de tablones y cortinas estampado contra la ladera y que a duras penas se mantenía en pie. Era tan pequeña que ni siquiera tenía habitaciones, así que el salón era tan solo el espacio que había entre la cama y la pequeña cocina de gas. Pero a pesar de todo Mercedes siempre conseguía que aquello pareciera un hogar. Era una excelente anfitriona.

Todos los niños del pueblo conocían a Mercedes, pero no muchos se atrevían a pasar por su casa. Por aquel entonces ella aún era joven (con arrugas en las manos, el pelo canoso y manchas del sol en la piel, pero joven de todas formas), pero ya se había ganado fama de vieja bruja. En aquella época una mujer soltera no era de fiar, y poco a poco la comidilla del pueblo empezó a convertirse en burla, luego en desprecio, finalmente en espanto. Mercedes no solo era soltera, sino que también era feliz así. Eso les aterrorizaba.

Pero mi madre nunca me advirtió sobre Mercedes, al contrario, me instaba a ir a visitarla a menudo. Todo prejuicio que pudo haberse formado en mí se desvaneció en cuanto me abrió la puerta y, sin conocerme en absoluto, me invitó a pasar y me ofreció galletas de canela. Tenía la sonrisa torcida y los dientes inclinados hacia dentro, la nariz fina y aguileña, las ropas manchadas de harina. Casi nunca estaba sola, y con el tiempo llegué a trabar amistad con los niños que también visitaban a Mercedes. En invierno nos dábamos calor unos a otros, cubiertos por una manta de gruesa lana; y en verano nos refugiábamos bajo su sombra y compartíamos risas y rodajas de sandía. Mercedes sonreía y cocinaba, nos pedía ayuda para alcanzar trastos o barrer el suelo, y cuando era hora de volver a casa nos despedía con un beso en la mejilla y un bocata de chacina.

Pero eso no ocurría siempre. Al principio no me di cuenta, pero algunos niños dormían en la casa de Mercedes. Lo supe la noche en la que me harté del olor a vómito y alcohol, de los moratones en las muñecas; y cuando me vi en la calle lleno de rabia no se me ocurrió otro sitio al que acudir. Ella estaba allí, aún despierta, y algunos de los niños que había visto al mediodía dormían acurrucados en su cama. Me ofreció leche y una manta, un hombro sobre el que llorar, un confidente para escuchar mis palabras dolientes, hablando a baja voz para no despertar a los niños. Los dos dormimos en el suelo. Aquella no fue la última noche que pasé en su casa, y todas las veces había niños durmiendo en su cama. No siempre eran los mismos.

Con los años cada vez la visitaba menos. Mi padre se fue, y durante un tiempo mi madre tuvo que luchar para mantenerse a flote en el pueblo. Yo también empecé a trabajar, así que tuve pocas oportunidades de volver a casa de Mercedes, de regresar a esos días tranquilos de rodajas de sandía y galletas de canela. Tan solo me pasaba a saludar y ahí estaba, como siempre, rodeada de niños que no eran suyos y con el delantal raído y amarillento. Cada vez más mayor y más gastada, pero con la misma sonrisa de antaño.

Nos marchamos a la ciudad poco después, con una breve despedida y una cesta de perrunillas en el asiento de atrás, así que no sé cómo pasó sus últimos días. Me contaron que murió en el ambulatorio del valle, aquejada de dolores y sin fuerzas para poder hablar. Murió sola y la enterraron sola, derribaron su casa maltrecha para ampliar la que estaba a su lado, y así sin más en unos meses Mercedes ya no estaba con nosotros. Sus niños crecieron y también marcharon, dejando en su memoria un recuerdo lejano de la hospitalidad de aquella mujer. A veces me acuerdo de ella, durante las tardes de verano en las que mis hijos juegan y comen helado, y entonces pienso en la fortuna que tuve de conocerla, de tenerla ahí para cuidar de mí cuando el resto del mundo no pudo hacerse cargo. Pienso en todas las noches en las que durmió en el suelo con el estómago vacío y una sonrisa amable en el rostro.

Una vez le pregunté por qué hacía todo aquello. Era una noche de invierno y los niños dormían, compartíamos almendras y licor de bellotas a la tenue luz de una única bombilla. La curiosidad pudo conmigo. Mercedes se retorció en la manta y señaló una caja del altillo, y sin mediar palabra la alcancé y la deposité en el suelo entre ambos. Ella la abrió con las manos temblorosas, y entre los cachivaches y chucherías sacó una pequeña fotografía que retrataba a dos mujeres. A ella se la reconocía fácilmente, misma nariz y misma sonrisa, como una versión más joven y lozana de Mercedes. Y aún más feliz si cabe. A su lado otra mujer, de pelo corto y hombros anchos, que la abrazaba y la besaba en la mejilla pero muy, muy cerca de los labios. En aquel momento no supe que responder, así que Mercedes recuperó la fotografía y la sostuvo unos instantes. Sonreía débilmente, con un rastro de dolor viejo en la mirada.

«Ay, hijo mío» susurró, con la voz quebrada de nostalgia. «Porque es lo que ella hubiera querido.»



19-Trabaja el trasfondo de tus personajes para explicar por qué tu protagonista es un buen samaritano que daría su vida por los demás.

Madre de dios, no sabéis lo mucho que me ha costado este reto. Estoy acostumbrada a crear trasfondos para personajes de rol, o para historias mucho más largas... Nunca para un relato corto. Además quería ponerme mucho más ambiciosa e ir mostrando poco a poco el pasado del personaje y crear un trasfondo más completo, pero no me ha dado para más.

Tenía una idea completamente distinta para este relato, pero literalmente ayer decidí que no me gustaba y me puse a escribir esto. Es más realista y un poco más sencillo de escribir... y es que llevo unas semanas con un bloqueo de escritor que no me lo puedo quitar de encima. Estoy algo desanimada, pero en fin, hay que seguir trabajando.

¿Qué os parece a vosotros? ¿Creeis que he cumplido bien el tema? Creo que tiene muchísimo más potencial y no lo he aprovechado del todo, pero bueno, en estos tiempos es complicado hacer algo más.

Un saludo a todos, y hasta la próxima.

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P.D: No me preguntéis por qué el título de este relato es Girasoles. Creo que es algo subconsciente debido a Los girasoles ciegos de Alberto Méndez. No tengo otra explicación. 

30 de abril de 2020

Los amos del campo

Los días sin nubes son repugnantes, por mucho que los terratenientes se deleiten con ellos. Sus mujeres se pasean por las fincas con parasoles de encaje y caros zapatos, recogiéndose con remilgo el dobladillo del vestido; sus hijos se bañan en el río y juegan a la sombra que regalan los árboles. Y ellos, "los dueños", se sirven cerveza y fruta fresca, conversan y aguardan a la caída de la noche. Tienen el descaro de llamarlo buen tiempo mientras se ocultan bajo sombras privadas, mientras alivian el calor con bebidas y abanicos. Digan lo que digan, los días sin nubes son repugnantes.

Y hoy era un día de esos, de sol incansable y sudor pegajoso brotando desde cada poro de mi cuerpo. Sin viento, al menos, el polvo no se mete en los ojos, pero de poco sirve cuando cada jornada se te hace eterna y despiadada. En días como estos tierra es lo único que me consuela. Labrar el suelo seco, desmenuzar cada terrón y raíz muerta, las suaves espigas del trigo arañándome la piel. Ellas, las mujeres de los terratenientes, se cubren las manos con guantes de seda y se liman las uñas en delicados patrones, pero las mías están cubiertas de callos y heridas que nunca cicatrizan del todo. Y no negaré que sus manos son hermosas, tan sutiles y tan finas, pero las mías... Mis manos guardan una belleza distinta, como cruda e inherente. Mis manos demuestran vida.

Pero me avergüenza decir que siempre fui demasiado complaciente. Falso orgullo, honor corrupto o simplemente miedo, pero demasiadas son las veces en las que agaché la cabeza, azuzada por los gritos de los terratenientes. Me creía rebelde y victoriosa, criticando a baja voz y riendo las bromas de mis compañeros; me escudé en el amor al trabajo y en la honra del obrero. Me daba fuerzas sin saberlo, como quien se ahoga en el mar y recibe en cada sátira una bocanada de aire.

Es el amor a la tierra lo que hace que hierva por dentro. Poco a poco su desprecio calaba más hondo, se filtraba por las grietas de mi piel endurecida. Eran sus gestos, sus miradas, su innecesaria altanería. Se sacuden con indiferencia el barro que tanto se aferran por controlar, que aún reclaman como suyo. Nos despojan nuestro sudor y nuestro esfuerzo, le arrebatan a la huerta su fruto y lo acumulan con gula, dejando que se pudra en cajones de madera. Nos lo quitan de las manos y nos lo niegan, alegando pobreza. Alegando que no es nuestro.

Se equivocan, pues nosotros somos los amos del campo. Nosotros nutrimos la arena y la hacemos fértil, la amamantamos y cuidamos para que ella, benévola, nos devuelva la vida que nosotros le entregamos. Nos sustenta para seguir sirviéndola, como un señor a su vasallo; así es que yo no sigo más autoridad que la suya, más ley que la ley que impone su presencia. Ella me enseñó a ser paciente y fiel, a cuidar de los míos sin esperar nada a cambio, pero también a no doblegarme ante dueños falsos. Ella me habla y yo la escucho, con las manos hundidas en el suelo yermo.

Toda revolución comienza con un sacrificio. El mío es mi vida, pues dudo que me traten con clemencia cuando los guardias me encuentren. Sé que me están buscando. Escucho a los perros aullando a lo lejos, y todos conocen el castigo por deslealtad al terrateniente. Mi vida será un ejemplo, un mártir, la chispa que prende la mecha de las revueltas; y aunque la historia borre mi nombre sé que mi pueblo no olvida los actos.

Su sacrificio es la muerte. Ella se deja morir, se entrega sumisa y silenciosa, la tragedia que levanta el corazón de la guerra. Se ofrece valerosa a perder su entereza, agoniza bajo los pies de aquellos que la amaron, se hunde en las cenizas que conllevan su olvido. Yo soy quien le inflige ese dolor, pero la tierra es justa y compasiva. Lo hago por el bien de nuestra unión, y ella lo entiende. Ella misma lo ha pedido.

A lo lejos, en el horizonte, veo el fulgor rojizo del incendio. Las llamas se extienden, bailan alrededor de la casa del terrateniente, consumen el campo que siempre fue nuestro. Duele, pero no le importa. La tierra me perdona. La tierra no puede morir.




18-Escribe un relato en el que la tierra sea un elemento muy relevante de la historia.

¡Tachán tachán, el reto número dieciocho! ¿Qué os ha parecido? En comparación al de la semana pasada creo que es algo más interesante, pero quiero saber vuestra opinión. ¿Os parece demasiado recargado? Ya sabéis que le tengo gusto a estos relatos dramáticos.

Sabéis, para este reto tenía pensado un relato completamente distinto, pero cuando lo estaba empezando iba ya por las mil palabras y pensé "vaya, creo que esta historia da para más", ¡así que voy a hacer un relato largo! Le he cogido cariño y creo que puede quedar algo muy chulo, con que permaneced atentos al blog que a lo mejor prontito os aparece un relato algo más largo.

En fin, hasta aquí por hoy, que tengo que empezar una partida de rol.

¡Cuidaos mucho y hasta la próxima!

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15 de abril de 2020

"...even death may die."

La primera ventisca del año había llegado fuerte y sin avisar, cubriendo la ciudad con un manto blanco y brillante que poco a poco se enturbiaba bajo el tránsito de los coches. Era como si un viejo conocido de pronto se presentara en la ciudad, alguien a quien nadie desea recibir pero al que debes invitar a un café de todas formas. Cerrar los ojos, pasar la tarde, perder el tiempo y despedirlo antes de que ponga el sol. Matthew se sentía así con las tormentas de nieve, como un anfitrión forzado a soportar su visita y a conformarse con sus besos fríos azotándole las mejillas. Caminaba por la ciudad hundiendo sus botas en la nieve, con el dobladillo de la gabardina empapándose lentamente. Inconveniente. Esa era la palabra que estaba buscando.

Llegó a la estación veinte minutos antes de la hora de salida, pero casi tres horas antes de que su tren fuera a salir en realidad. Retrasos por la nieve, cómo no. Un empleado le explicó que se había formado hielo en las vías y que tardarían un tiempo en retirarlo. Era mejor esperar a que escampara. Al menos, pensó Matthew, podría esperar dentro de la terminal. Dar una vuelta, comprar algún detalle... e incluso picar algo. Le habían hablado bien de un restaurante de marisco de la estación, pero acabó conformándose con unos dulces de la pastelería de la esquina. Buscó un sitio donde sentarse mientras le arrancaba pequeños pedazos a un bizcocho de limón.

Al final decidió esperar en el vestíbulo principal, escogiendo un asiento orientado hacia el enorme reloj central. Observó durante unos minutos el ir y venir de la gente, el ajetreo, la extrañeza del momento. Un lugar como aquel estaba diseñado para el tránsito, para que nadie pasara más de media hora vagando por la estación, pero la nieve había perturbado el orden natural de las cosas. Así, mientras que lo habitual era ver rostros apresurados y abrigos que se olvidan, el vestíbulo empezaba a llenarse poco a poco con gente aletargada y semblantes hastiados. Todos reunidos bajo el mismo techo azul turquesa, todos con la mirada fija en el reloj. Aún quedaban horas.

- ¿Drácula? ¿Es que no tenías dinero para comprarte algo mejor?

Matthew se sobresaltó cuando una voz cascada apareció de pronto frente a él. Pertenecía a un hombre de tez oscura y pelo canoso que vestía un traje de tweed gastado y una bufanda verde descolorida.

- ¿Qué? Ah, esto - Matthew estiró el brazo para alcanzar el libro que sobresalía de su maletín -. Es mi favorito. Me gusta llevarlo conmigo para releerlo, por si me aburro en el tren.
- Bah, yo nunca lo he leído. No me interesan las novelas sensacionalistas.

El hombre tomó asiento a su lado y sacó una caja de papel de fumar y una lata de tabaco. Empezó a liar el cigarro casi sin mirar, mientras observaba distraído el reloj y los detalles del techo. Cuando lo terminó se lo tendió a Matthew.

- Gracias, pero no fumo.
- Bien hecho, chaval - asintió satisfecho mientras se llevaba el cigarro a los labios -. Esto te deja los pulmones hechos una porquería, pero lo peor es que luego ni siquiera puedes cumplir con la señora. Ya me entiendes. ¿Te molesta que fume a tu lado?
- Uh, no, para nada. Puede estar tranquilo.

El hombre prendió el cigarrillo y exhaló el humo, viendo cómo las volutas ascendían y se dispersaban en el aire.

- Pues lo que te decía, ¿Drácula no es una novela de fantasía? Esas cosas son para mujeres. 
- En absoluto - Matthew titubeó, pero finalmente se atrevió a mirar a la cara a aquel hombre -. Es cierto que incluye vampiros, pero la novela tiene muchísima profundidad filosófica. Presenta nuevas perspectivas sobre la condición humana, sobre la muerte y sobre las tentaciones de la carne. Es un placer releerlo y reflexionar sobre pasajes que pasaron desapercibidos la primera vez.

Se detuvo cuando se dio cuenta de que el hombre lo miraba con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. 

- Disculpe, creo que me he emocionado...
- Bah, no te preocupes. Es un placer escuchar a un joven hablar de algo que no sea deporte. Empezaba a pensar que ya no quedaba esperanza para la nueva generación.

El hombre continuó fumando en silencio mientras Matthew intentaba ahogar el tiempo. Miraba a todas partes para ignorar al anciano: las constelaciones dibujadas en el techo, los altos ventanales, la gente que paseaba por los balcones... Pero la presencia de ese hombre no se podía obviar. Intimidante y pesada, una mezcla entre abuelo entrañable y mendigo demente. Era como si absorbiera toda el alma de la estación.

- Entonces, chico... - habló de pronto, con una voz grave y profunda que ensombrecía el ruido a su alrededor -. ¿Te interesa la condición humana? ¿Los horrores que oculta su naturaleza? 

Matthew tensó las manos para desatar el nudo que le atenazaba la garganta. Notaba su corazón latir con fuerza, desbocado sin motivo. Aquel hombre le infundía algo que desconocía, una intimidad que solo se hallaba en las partidas de ajedrez y en debates a la luz de las velas. Quería hablar, pero simplemente asintió con los labios entreabiertos.

- Te propongo un intercambio. Tú me das tu libro de vampiros y yo te entrego otro a cambio - dijo, mientras le daba un toque a su maletín -. Creo que te gustará, y a mí me han dado ganas de comprobar si Drácula es tan interesante como cuentas.
- Yo... - Matthew tartamudeó mientras miraba la portada de su libro, acariciando suavemente el borde de las páginas. La curiosidad le carcomía, le hacía arder el pecho -. Trato hecho. Espero que le guste.

Entregó el libro, depositándolo con suavidad en el espacio entre asientos que quedaba entre ambos. El hombre sonrió satisfecho, tomó el libro y se incorporó mientras rebuscaba en su maletín.

- Chaval, mi viaje no puede esperar más, pero ha sido un placer conversar contigo - sacó del maletín un libro de aspecto antiguo, envuelto parcialmente en un paño de seda verde y brillante, y se lo entregó -. Que lo disfrutes.

El hombre desapareció entonces entre la multitud sin que Matthew llegara nunca a poder preguntarle su nombre. Se quedó solo de nuevo, rodeado de desconocidos y con la vista fija en el reloj. Quedaba casi una hora para la salida de su tren, pero decidió que era momento de estirar las piernas. Terminó el bizcocho de limón, se sacudió las migas y entonces tomó el libro de su regazo. Quería haber esperado a acomodarse en el vagón, pero la curiosidad le azuzaba, impaciente. Antes de guardar el libro deslizó el paño de seda verde, dejando al descubierto una cubierta de piel vieja y unas letras talladas en oro que revelaban el título. No lo había escuchado nunca. Necronomicón.



16-Escribe un relato en el que haya un intercambio de libros.

¡Relato número 16 de los retos! Nos estamos acercando ya a completar un tercio del reto, ¿cómo lo llevais vosotros? Yo estoy convencida de que voy una semana por delante, porque es obvio que este tema está pensado para el día del libro...

Igualmente, no sabía muy bien qué hacer con este tema. Tenía una idea con una bruja y un libro de hechizos, pero se me olvidó. Gente, ¡apuntad siempre vuestras ideas, que no os pase como a mí! Al final decidí seguir un poco con la línea del ocultismo y hacer que uno de los libros del intercambio fuera el Necronomicón. Si no sabéis lo que es, es un grimorio de magia ficticio que creó Lovecraft, y se dice que todos los que lo leen acaban perdiendo el juicio... Pobre Matthew. La otra parte del intercambio es Drácula de Bram Stoker, que uno de mis libros favoritos.

En fin, ¿tenéis una lectura lista para el próximo 23 de Abril? Si no la tenéis os recomiendo Drácula (de verdad, es todo un clásico del terror) y, si os gusta la fantasía, un vistacillo al increíble trabajo de Brandon Sanderson, como El Archivo de las Tormentas. Ay, yo tengo tantas cosas que leer...

¡Un saludo y hasta la semana que viene!

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10 de abril de 2020

Treinta y dos

Plié, relevé. Plié, sauté. Pasos sencillos que ejecuta antes de que la música empiece a sonar. Está calentando. Durante unos instantes mantiene la mano izquierda apoyada en la barra, pero rápidamente alza los brazos. Primera posición, segunda, cuarta. Inspira hondo y su torso se eleva suavemente. Inmóvil. Expectante.

La música comienza y empieza a moverse como una estatua que de pronto hubiera cobrado vida. Adagio, principio, pasos lentos y posiciones sostenidas. Se está luciendo, exhibe el control que tiene sobre cada músculo de su cuerpo. El pelo recogido y la ropa ajustada, maquillaje austero y rostro hierático: nada importa más que su danza. Por eso es así. Por eso baila tan despacio.

Las notas de piano aceleran y el grand allegro comienza. Sissone, glissade, entrelacé. Salta y se adueña de toda la habitación, de cada reflejo que retratan los espejos, de cada golpe sordo sobre el parqué. La emoción le inunda y alimenta sus pasos, le arranca una sonrisa de los finos labios. A su alrededor se descubren ojos de asombro y susurros de envidia, pero solo le importa una mirada: la que observa en silencio y alza las cejas, la que desliza el lápiz sobre el papel. ¿Qué ve en esa mirada? Parece inquieta y vibrante, como si esperara algo. Como si fuera insaciable.

Se detiene. Un instante que parece eterno, la anticipación que despiertan sus gestos, y aunque parece haber terminado la música se enfurece. Los pies planos contra el suelo, los brazos extendidos. Exhala, y entonces gira.

Fouetté en tournant. Como si el viento meciera sus pasos, como si un lazo enroscado le hiciera virar, como si la inercia no dependiera de su propio cuerpo. Todo el salón contiene el aliento. Uno, dos, tres. Cinco, siete, diez. Contiene el orgullo y se deja llevar, ignorando el control que le impone la música, dejando que esta muera mientras aún baila. Sabe cual es el número que busca. Doce, quince, diecisiete, veintitrés. No es suficiente, aún no. Solo cuando alcanza los treinta y dos fouettés clava las puntas de nuevo en el suelo, los brazos alzados, la sala en silencio. El corazón acelerado. 

El mundo a su alrededor se detiene y entonces sonríe con antelación, pero no escucha los aplausos. El silencio se mantiene y las miradas se congelan, algunas con horror y otras con pena, pero ninguna compasiva. Un aire helado le paraliza los músculos mientras baja la cabeza, y entonces lo entiende.

Se ha desplazado. Sus pies, que al principio estaban en el mismo centro de la sala, ahora se encontraban un palmo más a la izquierda. Ha perdido el control. Otra vez.

Corre a la puerta y suplica, reinicia la música, grita para rogar atención mientras se sacude las lágrimas del rostro. Pero el director ya se había marchado. No había nada más que pudiéramos hacer.



15-Haz que tu relato termine con “No había nada más que pudiéramos hacer”.

A ver, lo admito, he escrito un relato bastante rarito para este reto. Y con este tema se me ocurrían un montón de ideas, la mayoría de terror o policiacas, pero... no sé por qué, he querido hacer esto. Ni siquiera sé nada sobre el ballet. Pero al leer la última frase se me venía un sentimiento amargo y frío de desesperación, y creo que quería centrarme en esa sensación en vez de crear una historia.

También creo que es la primera vez que subo aquí un relato más experimental y menos narrativo. Disfruto mucho escribiendo de esta forma tan dramática, pero creo que no es para todos los gustos. ¿Preferís mi forma habitual de contar historias? Normalmente reservo este estilo para momentos emotivos o escenas muy concretas porque creo que es demasiado empalagoso, pero a lo mejor estoy siendo demasiado crítica conmigo misma.

En fin, ¿habéis notado que lo he escrito en género neutro? Hacia mitad del relato me di cuenta de que,  de forma insconciente, no le había dado género a nuestro protagonista, así que decidí seguir con ello. Ha sido interesante, ya que al estar en tercera persona he tenido que evitar todos los pronombres.

Bueno, es tarde y estoy algo cansada, así que me despido aquí. Hasta la próxima.

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27 de febrero de 2020

Mimi

La casa parecía enorme ahora. Todos los muebles habían desaparecido y los rincones, que una vez estuvieron llenos de cajas, también habían quedado vacíos. Lucía canturreó suavemente mientras se paseaba por las habitaciones, escuchando el eco que dejaban sus manoletinas al caminar y admirando las esquinas que hacía tiempo que no veía. Le llamaban mucho la atención las marcas hundidas que dejaban las mesas en el parqué, o los cuadrados de polvo que antes ocultaban las estanterías. Y sobre todo, el espacio. Se sentía pequeña entre tantas paredes vacías.

Se apartó en el pasillo para dejar a sus padres pasar, que iban de un lado a otro llevando las maletas desde su habitación hasta la puerta. Se fijó en que su madre había cogido también su pequeña mochila azul con lentejuelas, y que estaba cerrada. Lucía soltó un grito ahogado y salió a correr.

- ¡Mamá, cuidado! - chilló, mientras alcanzaba la mochila y la abría para sacar la cabeza de su conejo de peluche - Que así se agobia.
- Lo sé, cariño, lo sé - su madre suspiró suavemente y cerró la cremallera alrededor del cuello del conejo, dejando le asomara la cabeza. Luego le entregó la mochila a Lucía -. Será mejor que la lleves tú. Nos vamos ya, así que echa un último vistazo, ¿vale?

Lucía se colocó la mochila al hombro y recorrió las habitaciones una a una, desde la entrada hasta el final del pasillo. Lo primero fue la cocina a su izquierda, que era lo que menos había cambiado en toda la casa. La nevera, el microondas y el resto de electrodomésticos seguían en su sitio, e incluso la mesa donde siempre comían también se había quedado allí. Lo único que no veía eran las cortinas blancas, de forma que la luz pasaba directamente por las ventanas y hacían que la habitación fuera demasiado luminosa. Lucía entrecerró los ojos y revisó uno a uno los cajones que podía alcanzar. También estaban vacíos, a excepción de una goma elástica que alguien olvidó en el cajón inferior. La tomó y se la puso en la muñeca izquierda.

Pasó al salón que estaba justo enfrente de la cocina, la habitación más grande de toda la casa. Allí no quedaba ningún mueble, así que no tuvo mucho que revisar. Se asomó a la terraza y comprobó, con tristeza, que sus padres habían dejado ahí las jardineras llenas de flores. Les susurró una pequeña despedida y les aseguró que pronto vendría alguien a cuidarlas. No estaba segura de ello, pero quería consolarlas de alguna manera. Además, pensaba, las plantas no saben reconocer las mentiras.

Lo siguiente fue la sala de estar, que siempre recordaría a rebosar de juguetes y peluches. El sofá de tela roja, el escritorio y la alfombra que antes ocupaban la totalidad de la estancia también se habían desvanecido. Le resultó divertido ver que aún quedaban pequeños rectángulos de cinta adhesiva en la pared, como pequeños chivatos de que ahí antes hubo un póster colgado. Igual que los agujeros de los clavos que habían dejado los cuadros. Era como si esas paredes estuvieran especialmente vacías.

Ya solo quedaban dos habitaciones y el baño. Lucía solo se asomó al cuarto de sus padres, que olía a polvo y oscuridad. Alguien había cerrado las persianas y le daba la impresión de que, de esa forma, la habitación había quedado cerrada para siempre. Se quedó unos segundos bajo el marco de la puerta mientras pensaba, hasta que por fin decidió dirigirse al baño.

Por supuesto, la ducha y el lavabo seguían en su sitio. Por curiosidad abrió el grifo y se sorprendió al ver que el agua seguía corriendo. No estaba segura de por qué, pero había asumido que también se habrían llevado el agua. El único mueble que faltaba era la pequeña estantería de madera que antes sujetaba las toallas, pero todo lo demás seguía igual. Mientras cerraba la puerta se preguntó si en la nueva casa tendrían bañera.

Por último se fue a su habitación. Las cortinas de flores ya no estaban (y menos mal, porque no le gustaban nada) y de la cama solo quedaban los arañazos que dejaban las patas en el suelo. Bajó la persiana con cuidado de que quedara una pequeña rendija de luz y se dirigió al único sitio de interés que quedaba en la habitación, el armario empotrado.

Lo abrió y revisó la cajonera por última vez, pero estaba completamente vacía. Alzó la cabeza y se fijó en las perchas que también habían dejado atrás. Frunció el ceño. Su madre siempre se quejaba de que no había suficientes perchas, ¿por qué no las había cogido? De todas formas no las alcanzaba, así que tuvo que dejarlas ahí. Por último miró la esquina inferior derecha del armario, donde había un pequeño espacio entre la cajonera y la pared.

Mimi estaba allí, esperando. Era una pequeña criatura peluda, alargada y de color verdoso, que se enroscaba suavemente sobre sí misma. Mimi no tenía brazos ni piernas y Lucía ni siquiera sabía si tenía boca, pero sí se le veían los ojos negros y grandes por debajo del pelaje. Parecían brillar de tristeza.

- Hola, Mimi - susurró Lucía, alargando la mano. La criatura se deslizó entre sus dedos, completamente ingrávida pero aún así causando un leve cosquilleo -. Es hora de despedirse.

Lucía la depositó en el suelo y contuvo las lágrimas. La iba a echar tanto de menos. Y le preocupaba que nadie más cuidara de ella. Mamá le había dicho que no se la podían llevar, ¿pero qué iba a saber ella? Ni siquiera había visto nunca a Mimi. Lucía intentó muchas veces demostrarle que vivía allí, enseñándole las pequeñas rocas y chuches que Mimi acumulaba en la esquina del armario, pero su madre sacudía la cabeza y se marchaba sin más. Mimi se escondía ante los extraños y tampoco le gustaba salir del armario, así que ambas pensaron que lo mejor era separarse. Pero le daba tanta pena.

- Mira, te he traído esto - Lucía se quitó la goma elástica y la dejó caer en el hueco -. Para que no te olvides de mí, ¿vale?

Mimi se enroscó dentro del perímetro de la goma y se sacudió, satisfecha. Después se arrastró hacia su rincón de tesoros y sacó una pequeña moneda que empujó con el morro hasta la mano de la niña. Era una moneda que Lucía no había visto jamás, pentagonal y de un intenso color dorado, con un agujero redondo en el centro. La tomó para admirarla y se fijó en el extraño relieve que tenía dibujado, como pequeños símbolos que se ordenaban como si fueran palabras.

- ¿Es para mí? - Lucía miró primero a Mimi y luego a la moneda, que guardó en el bolsillo -. Es preciosa. Gracias.

- ¡Lucía, por favor! - escuchó a su madre gritar desde el rellano - ¡Que nos vamos ya!

- Lo siento, Mimi. Me tengo que ir. - Inspiró hondo y habló, con voz temblorosa -. Te quiero.

La criatura giró sobre sí misma y desapareció en el rincón. Lucía se secó bruscamente las lágrimas y salió a correr hacia la puerta, con cuidado de que su conejo de peluche no se mareara, y alcanzó a su madre que esperaba con las llaves en la mano. Ya habían llamado al ascensor y todo. Lucía cerró la puerta y se marchó para siempre de aquel lugar, sabiendo que no volvería jamás. Se fue con el corazón encogido, sintiendo el relieve de la moneda entre la yema de sus dedos.




9- Escribe un relato que ocurra en la casa de tu infancia.

El relato de esta semana es sencillito, lo sé, ¡pero es que estoy agobiada con la universidad! Y me apetecía escribir algo ameno y cuqui para este tema, para endulzar un poquito el paladar después de la crudeza de El Rey de Amarillo.

La verdad, este tema me resultaba extraño porque yo como tal no tengo casa de la infancia. He vivido en muchas casas distintas, y que se puedan considerar "de infancia" son al menos 3 de ellas. He decidido escoger la última (porque no recordaba tan bien las otras), y además representar un poco la experiencia de tener que marcharte de tu hogar. Por desgracia yo no tenía un pequeño amigo peludo, pero sí había un hueco en ese armario que siempre me resultó extraño.

En fin, ¡espero que os haya gustado! ¿Qué os ha parecido esta vez? Podéis dejármelo en un comentario, además de darme vuestro feedback o hablarme un poco de vuestra casa de la infancia. Soy todo oídos. O todo ojos, más bien.

¡Hasta la próxima!

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25 de enero de 2020

Ratas y ceniza

El sonido de los fuegos artificiales hacía retumbar toda la estancia, incesante, de forma que en cuanto podías pensar que por fin había unos segundos de silencio el cielo volvía a incendiarse de color. Los destellos se filtraban por las ventanas, así que aunque todas las lámparas estaban apagadas se podían diferenciar fácilmente los bordes de los objetos. Zhi Ruo estaba en la terraza mirando al cielo, y los fuegos artificiales también se reflejaban en sus ojos vidriosos. La luz rojiza parecía engancharse en cada arruga y cada marca de la piel, revelando sin tapujos el paso de los años y a la vez enmarcándolo de una belleza extraña y antigua. Toda la escena dejaba ver, en esencia, lo que era Zhi Ruo: una mujer que había vivido lo suficiente como para gozar de una sana sabiduría. 

Hui Yin se inclinó silenciosamente para barrer unas migas que habían caído bajo la mesa.

- ¡Deja eso! - Zhi Ruo la miraba a contraluz, e incluso entre las sombras se apreciaba su ceño fruncido -. Ya lo limpiarás mañana. 
- Pero mamá, atrae a las ratas. 
- Exacto. Y las ratas traen abundancia. 
- A veces pienso que se la llevan. 

Hui Yin suspiró y dejó caer el cepillo justo al lado de las migas, sin deseos de discutir con su madre. En vez de eso se incorporó y se dirigió a la terraza, pequeña pero que podía albergar a dos personas si apartaban trastos y macetas, y se sentó con la espalda contra el marco de la puerta. Hacía frío, como cabría esperar, pero no se podía negar que con los años el clima se había vuelto cada vez más cálido. Hui Yin recordaba estar en esa misma terraza cuando era niña, envuelta en mantas y tiritando, pero ahora sólo necesitaba una fina rebeca para soportar el frío. No sabía si era porque los tiempos cambiaban o porque el tiempo la había cambiado a ella.

Miró a su madre, que bebía vino especiado en silencio. Todo el mundo decía que se parecían y la semejanza era evidente: El mismo pelo castaño oscuro (con un remolino en la parte superior de la cabeza), la nariz redonda y achatada, el hoyuelo de la mejilla derecha. Pero sus personalidades eran completamente opuestas, ya que su madre era una mujer relajada y de sonrisa dulce y ella un torbellino incansable. De nuevo, se preguntaba si serían cosas de la edad.

- Sabes, ya no me preguntas nada durante las cenas - dijo de pronto Hui Yin, con la mirada perdida entre los tablones de madera. 
- ¿Hm? ¿A qué te refieres? 
- Lo has hecho con los demás. Preguntarles cuándo se van a casar, o cómo les va en el trabajo, o si ya están pensando en tener hijos... 

Zhi Ruo la interrumpió con una pequeña risita.

- ¿En serio? Pero si creía que odiabas esas preguntas. A nadie le gustan, de hecho. Es un derecho que se gana con la edad, poder ser todo lo cotilla que quiera - sonrió, malévola, antes de volver a adoptar una expresión amable -. Entonces, ¿qué te preocupa? 
- No lo sé. Me siento desplazada, quizá. Como si ya no te importara qué hago con mi vida. 
- No digas eso, niña - Zhi Ruo le dio una pequeña palmadita en la mano a modo de reproche -. Estoy muy orgullosa de ti, ya lo sabes. Tan solo es que tú ya tienes la vida resuelta. 
- ¿Seguro? - susurró Hui Yin con un hilo de voz -. Porque a veces creo que no sé qué estoy haciendo con ella. 

Un sonido las sorprendió de pronto, el de calcetines arrastrándose por la madera. Li Ling se movía tanteando los muebles con una mano mientras se frotaba los ojos con la otra, y en cuanto las vio en la terraza salió a correr con una sonrisa de oreja a oreja. Hui Yin soltó un grito ahogado.

- ¡Ten cuidado, te vas a tropezar! 
- Lo siento - susurró Li Ling con gesto pícaro, mientras trepaba al regazo de su madre -. No podía dormir con los fuegos artificiales. 
- Es verdad que están durando mucho, sí - respondió Hui Yin, estrechando a la niña entre sus brazos y dándole un tierno beso en la coronilla. Cada vez estaba más mayor, así que tenía que aprovechar antes de que dejara de ser tan cariñosa. 
- Abu - Li Ling se inclinó para darle un pequeño toque en el brazo a Zhi Ruo -. Te deseo un próspero año nuevo. 
- Ah, que maravilloso. Muchas gracias, pequeña Ling. 

Durante un momento se hizo el silencio entre las tres, e incluso los fuegos artificiales parecían haber cesado por unos instantes. La cara de la niña se deformó lentamente en una mueca, al igual que la de su abuela se volvía más y más traviesa.

- Abuela, por favor... 
- Está bien, está bien - Zhi Ruo rió suavemente mientras rebuscaba en sus bolsillos hasta encontrar lo que buscaba, un sobre rojo cuidadosamente doblado -. Aquí tienes, pequeña. Te deseo mucha suerte este año. 

Li Ling le arrebató el sobre de las manos y le dio un beso en la mejilla a las dos mujeres, para después salir corriendo con ojos brillantes. Hui Yin le reprendió mientras se marchaba.

- ¡Niña, tienes que ser más agradecida! - le gritó, antes de girarse de nuevo hacia Zhi Ruo -. ¿Cuanto le has dado? 
- Lo suficiente y nada más. 
- Mamá, recuerda que es tan solo una niña. Solo tiene doce años. 
- Precisamente, nacida en el año de la Rata, igual que este. Así que hay que tener cuidado, este año llamará la atención de demonios y toda clase de males... 
- Por favor, no des malos augurios durante el año nuevo. 

Zhi Ruo sonrió de esa manera que solo hacen las madres cuando miran a sus hijas y ven en ellas un reflejo de sí mismas. Le ofreció vino y ella aceptó sin rechistar, dejándose caer de nuevo contra el quicio de la puerta. Los fuegos artificiales parecían estar calmándose poco a poco, y Hui Yin ya estaba pensando en irse a dormir.

- Entonces, ¿cómo lleva la niña lo de crecer sin un padre? 
- ¡Mamá! - Hui Yin se sobresaltó y la miró con ojos iracundos -. ¿De verdad crees que es apropiado preguntarme eso? 
- ¿No querías preguntas molestas? - Zhi Ruo seguía sonriendo, pero esta vez se veía algo de tristeza en su mirada -. Pero quiero saber que estáis bien sin un hombre en la casa. No solo la pequeña Ling, tú también. 
- Estoy bien, en serio - respondió bruscamente. 
- Si es así, me alegro. 

Se había formado un silencio incómodo, al menos para Hui Yin. Quería decir algo más pero su madre no parecía interesada en seguir la conversación. Zhi Ruo miró al cielo durante unos minutos más, apurando el vino que le quedaba, y finalmente se incorporó.

- Déjame pasar, niña. Creo que me voy a ir dormir ya. 

Hui Yin salió de la terraza para dejar paso a su madre, agarrándole suavemente del brazo para evitar que tropezara con el borde de la puerta corredera. Zhi Ruo posó su mano sobre la de Hui Yin y le dio un pequeño y cariñoso apretón.

- Buenas noches, cielo. No te vayas a dormir muy tarde. 
- Buenas noches, mamá. 

Zhi Ruo se deslizó despacio por la habitación hasta alcanzar el pasillo. Justo antes de girar la esquina oyó una voz a su espalda.

- Gracias por preocuparte por mí. Te lo agradezco. 

Sonrió y se giró para despedirse de Hui Yin con un pequeño gesto, antes de desaparecer del todo por el pasillo. Hui Yin quedó sola en la habitación, con el fulgor rojizo de los fuegos artificiales cada vez más intermitente, de forma que se podía apreciar mejor el silencio de la noche. Procurando no hacer mucho ruido tomó un pequeño cuenco de la estantería que parecía oscurecido por la ceniza, y lo depositó en la terraza. Volvió a sentarse, esta vez en el lugar que antes había ocupado su madre, y sacó de su bolsillo un fajo de papeles. Eran cuadrados de papel de bambú rojo y dorado con varios caracteres cubriendo su superficie. Hui Yin tomó unos cuantos y empezó a doblarlos, uno a uno, con cuidado de que sus bordes se alinearan. Los iba apilando en el pequeño cuenco de cerámica, y cuando terminó con todos cerró los ojos y rezó.

"Te echamos de menos. Espero que estés bien, allá donde estés."

Mantuvo el silencio unos minutos, sin saber qué más decir, hasta que finalmente se rindió y tomó las cerillas. Nunca se le habían dado bien las plegarias y su marido lo sabía. Confiaba en que él lo entendería y que agradecería el gesto de todas formas, además, ¿qué más podría contarle? ¿Que su hija estaba bien, que no les faltaba el dinero, que gozaban de buena fortuna? ¿Qué pensaría su marido si supiera que, a pesar de todo, sin él se sentía sola y perdida?

Hui Yin le prendió fuego a los papeles. Fuego rojo sobre papel rojo, que eventualmente convirtió todo a cenizas. Dejó que ardiera lentamente hasta que el último borde negro se deshizo de las llamas, pareciendo consumir incluso el mismo rojo del cielo. Tomó los restos quemados, con cuidado de no tocarlos, y los dejó caer en una de las macetas de la terraza. Hacía más frío que antes, así que rápidamente cerró la puerta y se marchó del salón, bordeando con disgusto las migas que habían caído alrededor de la mesa. Reprimió las ganas de sacudir las zapatillas en la puerta, como si ya escuchara a su madre gritar "¡si haces eso, estarás sacudiendo también la buena fortuna!" Cómo si me importaran algo la fortuna o las supersticiones, pensó.

Y aún así, se fue a su habitación arrastrando el polvo de sus zapatillas. 



4-Haz un relato que ocurra durante el Año Nuevo Chino.

Tachán tachán, cuarto relato del reto Literup. Este es algo más largo que los anteriores (concretamente, el doble de largo) y además es el primero que escribo en tercera persona.

Con este tema estaba dudando entre si hacer un relato más costumbrista y humano, o si volverme loca con la mitología china. Hice una encuesta y, a pesar de que ambas opciones estaban igualadas, terminé decantándome por el relato realista. ¿Os gustan este tipo de relatos, o preferís la fantasía?

Eso sí, me he divertido muchísimo investigando sobre la cultura y costumbres chinas, especialmente durante el Festival de Primavera. Siempre me da miedo escribir sobre temas que no controlo, así que a pesar de que me he pasado horas leyendo sobre el Año Nuevo Chino me preocupa no haberle hecho justicia, o haber interpretado mal alguna de sus tradiciones. Si es así, ¡no dudes en corregirme!

En fin, ¡feliz año de la Rata a todos! ¿Cual es vuestro animal del zodiaco chino, por curiosidad? El mío es el tigre, y el de mi hermana el caballo. Por algún motivo de pequeña nos lo memorizamos y solíamos jugar a ver si podíamos recordar el orden y año de todos los animales. No me preguntéis por qué.

¡Hasta el próximo relato! Estad atentos, porque para el quinto reto estoy preparando algo muy guay...

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