TW: Este es un relato de Cendra y, como tal, hay menciones a insectos, muertes, heridas, amputaciones, suicidio. En resumen, no es agradable.
La última vez que Cendra pisó la civilización fue idéntica a todas las otras veces en las que ya había intentado dejarla atrás. Se dejó ver por última vez en un pueblo pequeño del sur, animado por las cosechas de otoño y poco habituado a los foráneos, que recibió la visita de la médico ambulante una semana antes de su desaparición. Sus pacientes comentaban que rara vez aceptaba dinero por sus servicios, que su actitud era severa y tosca y que sus prótesis de cobre y madera chirriaban con un sonido espantoso que se escuchaba incluso calle abajo. Había comprado una novela en un mercadillo de segunda mano, que dejó abierta boca abajo en la mesilla del hostal; y el pequeño monedero de terciopelo que había adquirido dos pueblos antes también había sido abandonado en la parte trasera de un carro. Cada vez que Cendra regresaba a los bosques esperaba que fuera la última y por eso dejaba todo atrás. Solo volvía a los pueblos cuando sus pies encontraban un sendero, o le agotaban las inclemencias del tiempo, y solo entonces se resignaba a vivir unos días más. A escuchar el rumor de la guerra en cada voz, a soportar el agudo dolor en sus huesos, hasta que el anhelo le desgarraba por dentro y lo único que podía hacer era marchar de nuevo.
Siempre que recorría los bosques lo hacía del mismo modo: a ciegas, avanzando a tientas por caminos intransitados y vadeando riachuelos que morían antes de llegar al mar. Seguía las hileras de hormigas, leyendo la ruta con la yema de los dedos, y buscaba los rastros que dibujaban los insectos en la arena. Dormía bajo la luz de las estrellas, envuelta en un manto de alas vidriosas, y en verano soñaba bajo el arrullo de las cigarras.
Aquella noche, como todas las otras noches en las que Cendra recorría los bosques, miles de ojos de insectos la observaban vagar sin rumbo. Una hora antes del amanecer, antes de que la luna se ocultara entre las copas de los árboles, cuando el cielo se hubo teñido de un índigo intenso, los grillos ahogaron su canto y Cendra encontró la tumba.
Se encontraba en el centro de un claro, bajo un sauce lánguido y ennegrecido por el moho. Las ramas desnudas se retorcían contra el cielo oscuro y su sombra se dibujaba en el suelo, entrelazándose como la tela de una araña. Y entre las redes de sombras, enclavado en las raíces del árbol, estaba el cadáver. Las raíces habían crecido a su alrededor, atravesándole el torso y aferrándole las muñecas al suelo. Lo envolvían, como manos plegándose alrededor de un ave herida.
Cendra se arrodilló ante el cuerpo, dejándose caer sobre la broza seca. No reconocía el rostro que aguardaba entre la maleza, pero sí su sonrisa. El cadáver tenía los labios quebrados y el rocío se acumulaba entre las grietas de su cuerpo como vetas de sangre cristalina. Extendió la mano y deslizó la yema de los dedos sobre la mejilla. Fría. La cara estaba tirante y deshidratada, y los músculos que la sostenían era delgados e imprecisos. En algunas zonas del cuerpo la piel se ceñía directamente sobre los propios huesos. Con el dedo índice recorrió el contorno del cráneo hasta bajar al cuello. No encontró pulso, ni tampoco sangre que lo portara, pero la tráquea temblaba bajo una respiración errática.
—Kafka —llamó.
Y el cadáver despertó. Sus ojos opacos se movieron recorriéndole el rostro y de sus labios entreabiertos brotó un leve suspiro. Cendra sonrió mientras le retiraba las hojas secas de la frente.
—Hola. Me alegra saber que estás vivo.
—Que respiro —corrigió el cuerpo con voz escabrosa.—. ¿Qué haces aquí?
—Solo quería despedirme de ti.
—Entonces no hacía falta que vinieras —repuso el cadáver, incorporándose todo lo que se lo permitieron las raíces—. Sabes que para mí no hay distancias. Puedo encontrarte en cualquier parte. Podrías irte ahora mismo, todo lo lejos que quisieras, y vivir tranquila. Cuando llegue el momento, lo sabré. Tiraré de la anilla.
—Ya. A eso he venido. —Cendra retiró la mano y la secó en los coloridos patrones de su tela—. Quiero hacerlo yo sola.
Kafka sonrió, y Cendra reconoció de inmediato la expresión satisfecha y empalagosa aunque llevara años sin verla.
—Claro. Cómo no.
La brisa sacudió las ramas y arrancó hojas secas al sauce, que lloviznaron a su alrededor y se dispersaron por el claro. Cendra contempló la muerte, la piel podrida y las ramas marchitas, y también la vida que brotaba de ella. Los escarabajos removían la tierra y las hormigas caminaban sobre la hojarasca. Las arañas reconstruían las telas que había dañado el viento. Los gusanos que se enroscaban entre sus dedos, las larvas que encontraban refugio en sus huesos, los ácaros que habitaban en los tallos secos. Todo latía a un ritmo inconexo que, de alguna forma, resonaba con su propio corazón. Kafka observó con interés un ciempiés que trepaba por su muñeca y tanteaba la piel con las antenas.
—¿Así que esta es tu silla? ¿Tu torre?
—No. Me buscaré un lugar más... adecuado. —Cendra habló mientras se envolvía en la fina capa—. Estoy nerviosa, Kafka. Espero no perder tu anilla.
—No hay nada que perder. Nunca la tuviste, ¿recuerdas?
Cendra resopló. La notaba en sus huesos, el hilo tirante que la había llevado hasta ahí. Su presencia incrustada en lo más profundo de sus entrañas. Quiso tirar de él, buscar cualquier resquicio de su alma que pudiera quemar, sentir de alguna forma que tenía de nuevo su vida en sus manos. En vez de eso, rebuscó en su maletín y sacó un papel meticulosamente doblado. Estaba amarillento por el tiempo y la humedad, y las polillas habían mordisqueado los bordes, pero se habían cuidado de mantener intacto el mensaje en su interior.
—¿Recuerdas esto? —Cendra desdobló el papel para revelar en su interior una caligrafía apresurada que rezaba: "Ha sido más fácil de lo que creía".— Lo dejaste en tu habitación. Supongo que es de aquella noche. No sé por qué lo he guardado todo este tiempo —mintió—. Pero siempre me he preguntado si lo escribiste porque de verdad lo pensabas, o porque sabías que yo iba a encontrarlo.
—Hmm. —Kafka recorrió las letras con ojos entornados y dejó escapar un suspiro pesado—. Creo que tienes razón. Creo que quería que me leyeran. Supongo que antes tenía sentido.
Cendra volvió a mirar el papel, que arrugó con sumo cuidado, y luego de vuelta a Kafka. Su rostro había cambiado tanto estos años que no estaba segura de que él mismo recordara cómo era. Veía en sus ojos una bruma ausente, como si su consciencia apenas rasgara la superficie.
—Sabes, te estuve esperando. Durante años, cada vez que estaba sola, miraba por el rabillo del ojo por si te veía aparecer. Te buscaba cada vez que terminaba de rezar un rosario, cada vez que... —en cada hueso que entregaba, en cada gota de sangre derramada. Cendra tragó saliva—. Dijiste que vendrías a buscarme. Que te vengarías. Que impondrías justicia por todo lo que ocurrió.
¿Por qué nunca viniste?, quiso preguntar. Pero veía la respuesta ante sus ojos. El cadáver reposaba en paz, como si siempre hubiera pertenecido al bosque.
—Así que un día dejé de rezar —confesó Cendra en un hilo tembloroso de voz—. Y lo dejé todo atrás.
Kafka sonrió débilmente.
—Nada de eso importa ya.
Cendra cerró los ojos e inspiró hondo, conteniendo a duras penas el borboteo de emociones que amenazaba con desbordarse en su interior. Se deshizo uno a uno de cada sentir y entre los huecos deshilachados de su mente empezó a brotar algo nuevo. Escuchaba a los insectos zumbando a su alrededor. Los sentía en todas partes; en su piel, en las ramas del árbol, en la tierra, en sus vísceras. Cuando abrió los ojos, Kafka la observaba con la misma expresión indiferente, con la sonrisa entreabierta y la mirada casi perdida.
Se inclinó sobre él y, aferrándole el rostro con la mano, posó sus labios sobre los de Kafka. Notó el aire anudarse en su garganta mientras lo besaba con un anhelo desmedido. Se aferró con ansia a su aliento, aunque no sintiera deseo, aunque le dolieran los pulmones, aunque fuera demasiado tarde. Cuando se separó del cuerpo, a Cendra le temblaban los labios y una lágrima se le deslizaba hasta la comisura. Habló, a escasos centímetros de su boca, como si temiera deshacer el aire que los unía.
—Descansa, Kafka.
—Eso es todo lo que necesito.
Dejó caer la mano y, muy despacio, recorrió con la yema de los dedos el espacio entre la clavícula y el antebrazo. Buscó por última vez un pulso inexistente en su muñeca, y después trazó el contorno de los dedos. Todos los huesos estaban mal. Algo dentro de ella sintió lástima.
—Adiós —murmuró Cendra, con lo último que quedaba de su voz.
—Nos vemos luego —respondió el cadáver.
Se puso en pie cuando le empezaron a pitar los oídos. Se tambaleó colina arriba, con el pesado rumor de su corazón nublándole la vista. Un ansia acuciante crecía en su interior, y caminaba como si tuviera que esforzarse para mantenerse entera. Se llevó la mano al pecho, buscando un rosario que no recordaba haber perdido.
—Cendra.
Se dio la vuelta para mirarlo por última vez. La luz del amanecer hacía brillar las gotas de rocío sobre su cuerpo, que reposaba entre las raíces del sauce como si formara parte de la misma tierra. Los huesos sobresaliendo, las cicatrices abiertas, los labios quebrados. Su voz es lo último que escuchó antes de regresar al bosque, atravesando esa sonrisa endemoniada que le partía en rostro en dos.
—Disfrútalo.
He tardado meses en terminar este relato porque Kafka es un personaje prácticamente imposible de abarcar. Espero haberle hecho justicia.