4/11/2026

La migración de la mariposa - Parte I

Aquel día el viejo Kristán viajaba incómodo en su carro, y no porque fuera un mal día. El camino estaba seco y despejado, y la clara luz de otoño iluminaba el paisaje sin llegar a deslumbrar los ojos. Las sombras del bosque danzaban entre la hojarasca verde y roja, la brisa mecía suavemente las copas de los árboles. El verano había sido indolente con sus lluvias, el barro estaba seco, y las temperaturas habían bajado lo justo para que la fina camisa de lino no se pegara al torso del sudor. Incluso su burro estaba más manso de lo habitual. A todas luces era un buen día, y en un buen día como este Kristán viajaría con una sonrisa de oreja a oreja. Se quitaría el sombrero para que la luz del mediodía le calentara el rostro, cantaría canciones obscenas a voz en grito e incluso se hubiera echado una siesta mientras dejaba que el burro, que hacía ese camino a diario, se detuviera a pastar los brotes tiernos a los lados de la carretera. Pero no era un día cualquiera. Aquel día Kristán avanzaba en silencio y sin desviarse, porque no viajaba solo. 

En la parte trasera del carruaje, entre las cajas de manzanas, huevos y paja, se acurrucaba una mujer menuda y silenciosa que observaba las lindes del bosque como un depredador oportunista. Tenía el pelo negro trenzado hasta la coronilla, donde los rizos empezaban a caer en cascada hasta cubrirle los hombros, y su cuerpo estaba envuelto en una manta gruesa, así que lo único que veía de su figura era el rostro apoyado contra la madera y sus ojos ambarinos examinando el bosque. No pronunció palabra desde que se había subido al carro y Kristán tampoco intentó darle conversación. Había hecho ese trayecto a solas durante años y así esperaba que fuera durante el resto de sus días, pero aquella vez no fue capaz de negarse a llevar a la pasajera.

El día anterior Kristán hizo su habitual ronda por los pueblos cercanos, vendiendo mercancía y transportando cargas ajenas a cambio de un puñado de monedas. Los caminos eran seguros, pero los pueblos brotaban donde podían, entre los huecos entre los valles y las laderas menos empinadas, así que los viajes entre las localidades eran largos y sinuosos. La gente pagaba bien por ahorrarse el tedio del trayecto, y así se ganaba Kristán la vida desde que alcanzó la mayoría de edad y su padre le regaló el burro. Los días se acortaban cada vez más y la noche cayó temprano, así que se refugió en la taberna de siempre, la misma en la que había pasado cada séptimo día desde que empezó a hacer sus rondas. Cerveza fría, estofado de liebre y un bardo al que le pesaban los años en los hombros, mas no en la voz. Aquella tarde no escuchó música alguna. En su lugar se encontró con un silencio extraño, el de un alboroto convertido en susurros, como si las palabras fueran brasas después de un incendio. En la puerta, dos mujeres fumaban mientras charlaban.

—Seguro que es una bruja —susurró una de ellas, mirando de reojo a Kristán mientras este pasaba a su lado—. Tiene un pacto siniestro con algún demonio. A mí me da mala espina.

—No seas estúpida, ¿no le has visto el familiar? —respondió la otra, señalándose la frente—. Esa chica tiene pinta de hechicera. O erudita, incluso.

Kristán entró sin mediar palabra y se encontró con un cerco de parroquianos que murmuraban entre ellos. Rodeaban al bardo local, al que Kristán conocía como Caleb el Cascotes por un accidente que sufrió en su juventud y del que se negaba a hablar, pero cuya cicatriz irregular en la frente delataba sin necesidad de palabras. Yacía de rodillas en el suelo y lloraba ante una mujer que no había visto jamás. El instinto le llevó la mano al cinto y posó los dedos sobre el pomo del cuchillo.

La mujer, que estaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, tenía una expresión indiferente en el rostro. Vestía ropas oscuras y holgadas, cubiertas de manchas secas, y de su cuello colgaba un pesado rosario de cuentas rojas y espinas. Parte de su cara estaba cubierta por una mariposa anaranjada, tan inmóvil que por un instante la confundió con un elaborado broche. El bardo lloraba y tartamudeaba, pero Kristán se dio cuenta de que, entre las muecas compungidas y los ojos rojizos, sus labios se estiraban para formar una amplia sonrisa. Se acercó para escuchar la conversación.

—De verdad, no sé como podríamos pagarle semejante milagro —balbuceó Caleb, al que nunca había escuchado con la voz tan quebrada—. Permítame que al menos le entregue algo.

—Y le vuelvo a repetir que no es un milagro —respondió la mujer en un tono que denotaba una ligera irritación—. Su afección era completamente curable en manos de un profesional adecuado, no hay más. Ahórrese sus ahorros.

—¡Aún así! Que mi dulce Cecilia pueda ver... ¡Kristán, amigo mío! Coincidirá usted conmigo en que esto es un milagro.

—¿Ceci...? —Kristán buscó con la mirada a la rechoncha mujer del bardo, que también era una de las taberneras. La encontró sentada en una de las sillas de la barra, rodeada de mujeres sollozantes a las que miraba embelesada. El velo opaco que había cubierto sus ojos años atrás había desaparecido. Cruzaron miradas. Por supuesto, ella no lo reconoció a él, pero le dedicó la misma sonrisa incrédula que al resto. Se rascó detrás de la oreja—. Milagro o tratamiento, sea como sea: si ha curado usted a Cecilia, se lo agradecemos. Es una buena mujer.

Kristán aprovechó la ocasión para observar más detenidamente a la desconocida. Se dio cuenta de que uno de sus brazos no era de carne, sino de cobre y madera. Sus falsos dedos estaban ligeramente flexionados sobre la tela, sin llegar a sujetarla del todo. Por la forma en la que el jersey se hundía en sus hombros, parecía que le faltaba todo el brazo izquierdo. También se fijó en el colgante del rosario y reconoció la figura de una pequeña Dama de Hierro.

—Caleb, no seas asno. —Le ayudó a levantarle y señaló con el mentón el rosario—. Seguro que una mujer de fe como ella preferiría que ese dinero se donara a la caridad. Hay una parroquia de la Dama de Hierro en las Tres Líneas que seguro que lo aprecia.

—Puede hacerlo si lo desea, pero no es necesario. —La mujer esbozó una sonrisa humilde mientras se llevaba la mano al pecho y cubría el rosario con los dedos, como si se hubiera acordado de pronto de que estaba ahí—. Su gratitud es más que suficiente. Si quiere compensarme, puede invitarme a cenar.

La multitud empezó a dispersarse en pequeños grupos y poco a poco regresó la normalidad a la taberna, aunque sin música en directo y con muchas más miradas de reojo de las que Kristán estaba dispuesto a tolerar. Llevó a Caleb y a la desconocida a la mesa más apartada del local, junto a una estupefacta Cecilia que no hacía más que sonreír, y mientras la pareja se abrazaba y lloraba aprovechó para pedir la cena para los cuatro y una cerveza para él. La mujer, que se presentó a ellos tan solo usando su nombre de pila, explicó que era una médico ambulante que viajaba de pueblo en pueblo prestando sus servicios. Su acento revelaba que era del norte. Mencionó que llevaba un largo tiempo viajando, pero no especificó mucho más. Luego se quejó de lo difíciles que eran los caminos por la zona. Kristán se dio cuenta de que sus pies también eran de madera. Sintiéndose obligado a corresponderle de algún modo, y ante la vehemente insistencia de Caleb, se ofreció a llevarla al próximo pueblo. En cuanto accedió, la mujer se despidió de ellos y se fue a dormir. Al día siguiente se la encontró sentada en su carro, acomodada entre los fardos de paja. Salieron del pueblo al alba, en silencio, y en silencio hicieron casi la mitad del camino. Pasaron horas hasta que escuchó por fin su voz.

—Me bajo aquí —habló de pronto la mujer—. Detén el carro.

—¿D-disculpe?

Se giró para mirarla mientras tiraba de las riendas y el burro aminoraba su paso. La encontró observando un pequeño escarabajo que se había posado entre los dedos de su mano diestra. El insecto, de un color verde brillante, echó a volar en cuanto ella sacudió la mano. La mujer le devolvió la mirada con una sonrisa serena.

—Sí, aquí. No hace falta que me lleves al pueblo.

—Señorita, no hay nada en millas a la redonda. —Kristán se rascó la barbilla mientras ojeaba el bosque a su alrededor—. A pie y en su condición tardaría días en encontrar el siguiente pueblo. Si quiere ir a otro lugar...

— No se preocupe.

Kristán dejó caer los hombros y suspiró. Había un motivo por el que se negaba a viajar acompañado y es que, de todas las virtudes de las que podía jactarse, el don de gentes no era una de ellas. El equipaje no le hablaba ni le hacía peticiones absurdas, y tampoco tenía paciencia para convencer a una desconocida de que sería pasto para los lobos si no llegaba al siguiente pueblo antes de que cayera la noche. Se tomó unos segundos para inspirar hondo antes de bajarse del carro y ayudar a descender a la mujer. Esta se puso en pie con paso inseguro, apoyándose en su bastón.

— Muchas gracias por el viaje. —Esbozó una sonrisa de disculpa y sacó una pequeña bolsa de oro. Comenzó a contar monedas, las volvió a echar todas en la bolsa y le entregó el monedero lleno a Kristán—. Tenga. Por las molestias.

Kristán extendió la mano para tomar la bolsa. No entendía mucho de gentes, pero sí de oro. Con el peso de esa bolsa se podrían comprar unas cuantas semanas de viaje, o una mula nueva. Desde el otro lado del carro, su burro pifió con desagrado. Guardó el monedero sin discutir. Aún así, era inevitable que encontrara toda la situación algo siniestra, como si estuviera siendo partícipe de algo mucho más lúgubre que una mera transacción. A plena luz del día, meciéndose con el bastón de madera y con las pesadas ropas ocultando las extremidades cortadas, la mujer parecía un espectro. La mariposa en su frente le cubría la mitad del rostro.

— Señorita, disculpe la pregunta, pero la gente en el pueblo habla mucho y a mí me gusta ser cauto. —Kristán tragó saliva y afiló la expresión, pero no llevó la mano a la espada—. ¿Es usted una bruja?

— Últimamente me lo dicen mucho —se rió, dejando ver el hueco entre sus dientes en el que debería haber un colmillo—. Pero no. Solo sé algunos trucos.

La mujer se despidió con la mano de madera antes de adentrarse en el bosque y perderse entre la maleza. Kristán la vio marchar y no regresó al carro hasta que el ruido de sus pasos irregulares se desvaneció por completo. Retomó el camino, aún en silencio. No se dio cuenta, pero los insectos que moraban la paja desaparecieron lentamente, y también las moscas que se posaban en los párpados del burro. Las termitas abandonaron las grietas de madera, la tela de araña en la esquina del carro también quedó desierta. Incluso las pulgas de sus calcetines estaban dándole una tregua. El día era claro, el camino estaba seco, el bosque bailaba con las primeras brisas de otoño. Aquel era, sin lugar a dudas, un buen día. Aún así, Kristán no se atrevió a cantar hasta bien entrada la noche.




Para conmemorar el fin de la campaña de Cien Sueños, y por tanto el fin de Cendra como personaje jugable, he decidido escribir una serie de relatos para contar lo que fue de ella después de las aventuras. En total son tres relatos, sucesivos cronológicamente, pero cada uno con su propio estilo y punto de vista. Este es el primero.

3/15/2026

Hyperēphania

Dos días después de la muerte de Ireena Kolyana, bajo la hiriente luz de la luna llena, una sombra desciende sobre Barovia. El caballo alazán se posa ante las desvencijadas puertas de la Abadía de la Santa Markovia, y su jinete desmonta dejando a su paso un rastro oscuro de ceniza sobre la nieve. La capa gruesa y ornamentada barre sus huellas, que se detienen a escasos palmos de la verja entreabierta. No anuncia su nombre ni su presencia, ni toca los barrotes que le cortan el paso, pero mira con interés la tenue llama que se asoma desde la garita de guardia. El monje que custodia las puertas duerme hasta que el caballo relincha de impaciencia, y solo entonces se despierta con un gruñido, alza la cabeza y observa al visitante con ojos entreabiertos. Después corre sin mirar atrás. El vampiro no puede evitar sonreír. En su lugar, unos minutos más tarde, regresa una mujer esbelta, de pelo negro y facciones angulosas, que cruza los brazos con una resignación desafiante. Esto le hace sonreír aun más.
— ¿Y bien? —habla la mujer, que se coloca justo detrás de la verja.
— No nos conocemos —responde el vampiro con voz melosa—, pero creo que no es necesario que nos presentemos. Usted ya sabe quién soy yo, y yo no necesito saber quién es usted. Cortesías aparte, le traigo un regalo.
El hombre toma de su bolsillo un pequeño saco de terciopelo con delicadas flores bordadas y lo deposita en la palma de su mano. Con un gesto teatral, deshace el lazo que lo mantiene cerrado y la tela se desborda entre sus dedos. En el centro, acomodado entre el grueso paño, resplandece una gema blanca y brillante.
— Ha llegado a mis oídos una historia terrible, una tragedia que ha devastado la paz en vuestra congregación —susurra, haciendo rotar el diamante con la yema de los dedos—. Una joven e inocente mujer ha muerto a manos de un monstruo, pero su alma aún yace atada a su cuerpo. Una piedra como esta bastaría para devolverle la vida. Bendito sea el señor de la mañana por este milagro.
La mujer examina el diamante a través de los barrotes, aunque sus ojos no pueden evitar recorrer los demás detalles que componen la figura del vampiro. La espada que porta en su cadera, que oculta a medias bajo la capa, la plétora de joyas que decoran su cuello y sus dedos, su piel deslucida y sin arrugas. Algo en él emana un poder antinatural, como si todos y cada uno de sus rasgos estuviera maldito.
— No pienso llegar a ningún trato con usted.
— Oh, joven, creo que me ha malentendido —el vampiro ríe mientras guarda el diamante en el saco—. No espero nada a cambio. Sé muy bien que mi reputación me precede, y que es difícil acallar todos los rumores que hay sobre mi persona... pero soy un hombre honesto y, como todos ustedes, quiero lo mejor para Ireena. No hay nada que me pese más que la injusticia de la muerte.
Se arrodilla y deja el saquito en el suelo, a meros centímetros de la línea que dibuja la cancela. Después se incorpora y da un paso atrás, con una sonrisa dolida dibujada en los labios.
— Tan solo pido que lo usen para salvar la vida de una mujer inocente.
La monja sostiene su mirada unos instantes más, estudiando con cuidado la expresión afligida del caballero, y finalmente se agacha para recoger la joya. La nieve ha humedecido el exterior del terciopelo, pero la piedra sigue intacta y refleja la luz de la luna con un brillo casi extraordinario. La mujer vuelve a cerrar el saco, lo sopesa con una mano, y lo aprieta con tanta fuerza que la propia gema amenaza con cortar la tela.
Y entonces lo lanza al vacío. La bolsa describe un arco en el aire antes de caer por el precipicio, golpeando rocas y raíces rotas a su paso. El viento de la montaña consume de inmediato su eco, y la piedra se pierde en la oscuridad. El hombre no puede evitar esbozar una mueca de disgusto, que rápidamente reemplaza por una sonrisa torcida.
— Creo que está usted tomando una mala decisión. Puedo comprender que no quiera aceptar mi ayuda, pero ha despreciado un objeto muy valioso. ¿Quién sabe cuántos más hay en esta tierra?
La monja se encoge de hombros. El vampiro sonríe aún más, y la piel alrededor de sus labios se tensa.
— No se preocupe, no me ofendo con suma facilidad. Les enviaré un nuevo diamante, sin ningún tipo de compromiso, y confiaré en que lo usen para sus buenos fines. 
— Prefiero dejar que esa niña muriera antes que aceptar el regalo de un demonio.
El aire silba alrededor del vampiro, que sorbe el aire entre los afilados dientes, y a duras penas mantiene alzada la sonrisa condescendiente. Se frota los dedos. El chirrido de la piel resuena como guantes de cuero.
— ¿Y vosotras os decís sucesoras de la Santa Markovia...? —escupe las palabras con cuidadoso desprecio—. Tendréis las mismas agallas, pero también el corazón podrido y carente de bondad. Quiero hablar con el abad. Él es un hombre de moral recta, y entenderá que resolver este asunto cuanto antes nos conviene a todos.
— El abad ha dicho que se niega a hablar con una repugnante rata como tú — replica la mujer, riendo—. Por eso estoy yo aquí. En esta abadía casi todo el mundo te teme, majestad. Pero absolutamente nadie te respeta.
El vampiro deja de frotarse los dedos, y en un instante el cielo se resquebraja con un estallido que ilumina la noche y se clava a sus pies. La monja cae al suelo y se hace el silencio. El ambiente empieza a oscurecerse con el velo de una lluvia fina, que poco a poco va ganando intensidad. A lo lejos, el primer trueno repica como una campana funesta.
El hombre deshace su camino con postura tensa e ira vagamente contenida, y vuelve a montarse en el caballo. Se aleja de la abadía de la Santa Markovia, dejando atrás la lluvia, el viento, y el cadáver carbonizado de una mujer a sus puertas. Dos días después de la muerte de Ireena Kolyana, se desata la tormenta en Barovia.

2/09/2026

Fiero y Santo

Posibles spoilers para La Maldición de Strahd, aunque, si os soy sincera, me he inventado la mitad.

Pasos, pasos, pasos. Las pisadas de los visitantes resuenan en las paredes de la abadía, y sus voces trepan por las venas de arcilla que unen los ladrillos de piedra. Patrina escucha, siente el temblor de su presencia entre las muescas de granito, se imagina sus rostros encapuchados y cubiertos de nieve atravesando el claustro. No es habitual recibir visitantes en la abadía de la Santa Markovia, y menos a altas horas de la noche, pero el abad siempre abre sus puertas a los puros y a los valientes, a los fieros y a los santos. Sus palabras se enredan con la música agonizante del arpa, con el baile interrumpido y con el crujir de la madera bajo el peso de las armaduras.

Cuando los visitantes se dispersan, ocupando camas vacías y habitaciones solitarias, la abadía retoma su incompleta y habitual calma. Escucha el murmullo de las hermanas en la misericordia, y la lira de Miguel tañendo los últimos acordes de la noche. Patrina se tiende en el suelo de piedra fría, y sus manos recorren los caminos entre las baldosas. Aquí la paz de la noche no reside en la oscuridad, sino en el silencio que afila el resto de sonidos. El rasgar de las uñas contra relieve de la piedra, el mover de la tela sobre su pecho, el repicar de su propio corazón. Pero hoy la noche se alarga más de lo debido, y pasos recorren un pasillo que solo se visita de día.

Una figura se detiene frente a su puerta. Patrina escucha el roce de la ropa y la respiración contenida, pero nada más. Aun así, y no sabe bien cómo, es capaz de notar sus ojos llorosos, su claro halo verde empañado de dolor. Vasilka no tendrá voz, pero se balancea al caminar y siempre acomoda sus dedos sobre la misma muesca de piedra; y eso la hace tan reconocible como las demás. La anacoreta se arrastra hacia el umbral y se muerde los labios antes de hablar.

— Vasilka —susurra Patrina contra la puerta de piedra—, mi querida hermana. ¿Qué te aflige? ¿Te han hecho daño? ¿Han sido los visitantes?

La respiración de Vasilka es tensa, entrecortada. Emite un gemido angustioso y leve que hace eco en el hagioscopio. Después se apoya contra la abertura en la piedra y, durante un instante, Patrina es capaz de sentir su presencia más allá de la voz. Solo tiene que tirar un poco para que la mente de Vasilka se deshilache ante ella, para sentir lo que ella siente y para ver lo que sus ojos recuerdan.

Ve un rostro hermoso, sin costuras.

— Tatiana —suspira, casi temiendo pronunciar su nombre—. No es ella, pero se parece tanto... ¿Está aquí, querida Vasilka? ¿Son suyos los pasos que atormentan esta abadía?

Vasilka entrega su angustia, la imagen de los visitantes escoltando a la mujer de cabellos rojos y porte firme, y la entremezcla con su propia imagen raída en el espejo. Ojos de un verde cambiante, pelo castaño y cobrizo, la piel fina con marcas dispares que cubren la masa de carne ajena... y el dolor que lo empaña todo, como lágrimas frías en una tormenta de nieve.

Patrina se aleja y regresa la paz. Sus cuencas vacías se acomodan en la oscuridad, deja a Vasilka llorando al otro lado mientras se deja caer en la cama. Ahora entiende la inquietud que acompaña la noche, el zumbido extraño en el aire. La sombra de sus garras alcanza incluso los lugares más puros, piensa, y las oportunidades se arremolinan como hojas en un vendaval. Y sería sencillo atravesar su puerta y blandir la espada, pero tendría que romper el cascarón de piedra y plomo que juró no abandonar jamás. Regresarían las voces, y la luz. Él podría verla.

— Vasilka —murmura con voz queda, casi imperceptible—, baja al cobertizo y trae una de las cabezas. La que parezca más despierta. Déjala frente al hagioscopio, en la bandeja, y échate a dormir.

La figura se agita en el pasillo, insegura. La música cesa. Durante unos segundos el titubeo se hace evidente, y Patrina nota que el hilo se le escurre entre los dedos. La oportunidad brilla y se desvanece como una estrella moribunda. Así que se abalanza contra la ranura en la piedra, uñas clavándose contra la prisión, y se aferra a los últimos instantes de magia antes de que Vasilka pueda dar un paso atrás.

— Vasilka —repite, con una inflexión sofocante que hace temblar el aire y que solo Vasilka puede escuchar—. Tráeme unas manos que pueda manchar con la sangre de Tatiana, y volveremos a dormir en paz.