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26 de julio de 2026

La migración de la mariposa - Parte II

TW: Este es un relato de Cendra y, como tal, hay menciones a insectos, muertes, heridas, amputaciones, suicidio. En resumen, no es agradable.

La última vez que Cendra pisó la civilización fue idéntica a todas las otras veces en las que ya había intentado dejarla atrás. Se dejó ver por última vez en un pueblo pequeño del sur, animado por las cosechas de otoño y poco habituado a los foráneos, que recibió la visita de la médico ambulante una semana antes de su desaparición. Sus pacientes comentaban que rara vez aceptaba dinero por sus servicios, que su actitud era severa y tosca y que sus prótesis de cobre y madera chirriaban con un sonido espantoso que se escuchaba incluso calle abajo. Había comprado una novela en un mercadillo de segunda mano, que dejó abierta boca abajo en la mesilla del hostal; y el pequeño monedero de terciopelo que había adquirido dos pueblos antes también había sido abandonado en la parte trasera de un carro. Cada vez que Cendra regresaba a los bosques esperaba que fuera la última y por eso dejaba todo atrás. Solo volvía a los pueblos cuando sus pies encontraban un sendero, o le agotaban las inclemencias del tiempo, y solo entonces se resignaba a vivir unos días más. A escuchar el rumor de la guerra en cada voz, a soportar el agudo dolor en sus huesos, hasta que el anhelo le desgarraba por dentro y lo único que podía hacer era marchar de nuevo.
Siempre que recorría los bosques lo hacía del mismo modo: a ciegas, avanzando a tientas por caminos intransitados y vadeando riachuelos que morían antes de llegar al mar. Seguía las hileras de hormigas, leyendo la ruta con la yema de los dedos, y buscaba los rastros que dibujaban los insectos en la arena. Dormía bajo la luz de las estrellas, envuelta en un manto de alas vidriosas, y en verano soñaba bajo el arrullo de las cigarras.
Aquella noche, como todas las otras noches en las que Cendra recorría los bosques, miles de ojos de insectos la observaban vagar sin rumbo. Una hora antes del amanecer, antes de que la luna se ocultara entre las copas de los árboles, cuando el cielo se hubo teñido de un índigo intenso, los grillos ahogaron su canto y Cendra encontró la tumba.
Se encontraba en el centro de un claro, bajo un sauce lánguido y ennegrecido por el moho. Las ramas desnudas se retorcían contra el cielo oscuro y su sombra se dibujaba en el suelo, entrelazándose como la tela de una araña. Y entre las redes de sombras, enclavado en las raíces del árbol, estaba el cadáver. Las raíces habían crecido a su alrededor, atravesándole el torso y aferrándole las muñecas al suelo. Lo envolvían, como manos plegándose alrededor de un ave herida.
Cendra se arrodilló ante el cuerpo, dejándose caer sobre la broza seca. No reconocía el rostro que aguardaba entre la maleza, pero sí su sonrisa. El cadáver tenía los labios quebrados y el rocío se acumulaba entre las grietas de su cuerpo como vetas de sangre cristalina. Extendió la mano y deslizó la yema de los dedos sobre la mejilla. Fría. La cara estaba tirante y deshidratada, y los músculos que la sostenían era delgados e imprecisos. En algunas zonas del cuerpo la piel se ceñía directamente sobre los propios huesos. Con el dedo índice recorrió el contorno del cráneo hasta bajar al cuello. No encontró pulso, ni tampoco sangre que lo portara, pero la tráquea temblaba bajo una respiración errática.
—Kafka —llamó.
Y el cadáver despertó. Sus ojos opacos se movieron recorriéndole el rostro y de sus labios entreabiertos brotó un leve suspiro. Cendra sonrió mientras le retiraba las hojas secas de la frente.
—Hola. Me alegra saber que estás vivo.
—Que respiro —corrigió el cuerpo con voz escabrosa.—. ¿Qué haces aquí?
—Solo quería despedirme de ti.
—Entonces no hacía falta que vinieras —repuso el cadáver, incorporándose todo lo que se lo permitieron las raíces—. Sabes que para mí no hay distancias. Puedo encontrarte en cualquier parte. Podrías irte ahora mismo, todo lo lejos que quisieras, y vivir tranquila. Cuando llegue el momento, lo sabré. Tiraré de la anilla.
—Ya. A eso he venido. —Cendra retiró la mano y la secó en los coloridos patrones de su tela—. Quiero hacerlo yo sola.
Kafka sonrió, y Cendra reconoció de inmediato la expresión satisfecha y empalagosa aunque llevara años sin verla.
—Claro. Cómo no.
La brisa sacudió las ramas y arrancó hojas secas al sauce, que lloviznaron a su alrededor y se dispersaron por el claro. Cendra contempló la muerte, la piel podrida y las ramas marchitas, y también la vida que brotaba de ella. Los escarabajos removían la tierra y las hormigas caminaban sobre la hojarasca. Las arañas reconstruían las telas que había dañado el viento. Los gusanos que se enroscaban entre sus dedos, las larvas que encontraban refugio en sus huesos, los ácaros que habitaban en los tallos secos. Todo latía a un ritmo inconexo que, de alguna forma, resonaba con su propio corazón. Kafka observó con interés un ciempiés que trepaba por su muñeca y tanteaba la piel con las antenas.
—¿Así que esta es tu silla? ¿Tu torre?
—No. Me buscaré un lugar más... adecuado. —Cendra habló mientras se envolvía en la fina capa—. Estoy nerviosa, Kafka. Espero no perder tu anilla.
—No hay nada que perder. Nunca la tuviste, ¿recuerdas?
Cendra resopló. La notaba en sus huesos, el hilo tirante que la había llevado hasta ahí. Su presencia incrustada en lo más profundo de sus entrañas. Quiso tirar de él, buscar cualquier resquicio de su alma que pudiera quemar, sentir de alguna forma que tenía de nuevo su vida en sus manos. En vez de eso, rebuscó en su maletín y sacó un papel meticulosamente doblado. Estaba amarillento por el tiempo y la humedad, y las polillas habían mordisqueado los bordes, pero se habían cuidado de mantener intacto el mensaje en su interior.
—¿Recuerdas esto? —Cendra desdobló el papel para revelar en su interior una caligrafía apresurada que rezaba: "Ha sido más fácil de lo que creía".— Lo dejaste en tu habitación. Supongo que es de aquella noche. No sé por qué lo he guardado todo este tiempo —mintió—. Pero siempre me he preguntado si lo escribiste porque de verdad lo pensabas, o porque sabías que yo iba a encontrarlo.
—Hmm. —Kafka recorrió las letras con ojos entornados y dejó escapar un suspiro pesado—. Creo que tienes razón. Creo que quería que me leyeran. Supongo que antes tenía sentido.
Cendra volvió a mirar el papel, que arrugó con sumo cuidado, y luego de vuelta a Kafka. Su rostro había cambiado tanto estos años que no estaba segura de que él mismo recordara cómo era. Veía en sus ojos una bruma ausente, como si su consciencia apenas rasgara la superficie.
—Sabes, te estuve esperando. Durante años, cada vez que estaba sola, miraba por el rabillo del ojo por si te veía aparecer. Te buscaba cada vez que terminaba de rezar un rosario, cada vez que... —en cada hueso que entregaba, en cada gota de sangre derramada. Cendra tragó saliva—. Dijiste que vendrías a buscarme. Que te vengarías. Que impondrías justicia por todo lo que ocurrió.
¿Por qué nunca viniste?, quiso preguntar. Pero veía la respuesta ante sus ojos. El cadáver reposaba en paz, como si siempre hubiera pertenecido al bosque.
—Así que un día dejé de rezar —confesó Cendra en un hilo tembloroso de voz—. Y lo dejé todo atrás.
Kafka sonrió débilmente.
—Nada de eso importa ya.
Cendra cerró los ojos e inspiró hondo, conteniendo a duras penas el borboteo de emociones que amenazaba con desbordarse en su interior. Se deshizo uno a uno de cada sentir y entre los huecos deshilachados de su mente empezó a brotar algo nuevo. Escuchaba a los insectos zumbando a su alrededor. Los sentía en todas partes; en su piel, en las ramas del árbol, en la tierra, en sus vísceras. Cuando abrió los ojos, Kafka la observaba con la misma expresión indiferente, con la sonrisa entreabierta y la mirada casi perdida. Se inclinó sobre él y, aferrándole el rostro con la mano, posó sus labios sobre los de Kafka. Notó el aire anudarse en su garganta mientras lo besaba con un anhelo desmedido. Se aferró con ansia a su aliento, aunque no sintiera deseo, aunque le dolieran los pulmones, aunque fuera demasiado tarde. Cuando se separó del cuerpo, a Cendra le temblaban los labios y una lágrima se le deslizaba hasta la comisura. Habló, a escasos centímetros de su boca, como si temiera deshacer el aire que los unía.
—Descansa, Kafka.
—Eso es todo lo que necesito.
Dejó caer la mano y, muy despacio, recorrió con la yema de los dedos el espacio entre la clavícula y el antebrazo. Buscó por última vez un pulso inexistente en su muñeca, y después trazó el contorno de los dedos. Todos los huesos estaban mal. Algo dentro de ella sintió lástima.
—Adiós —murmuró Cendra, con lo último que quedaba de su voz.
—Nos vemos luego —respondió el cadáver.
Se puso en pie cuando le empezaron a pitar los oídos. Se tambaleó colina arriba, con el pesado rumor de su corazón nublándole la vista. Un ansia acuciante crecía en su interior, y caminaba como si tuviera que esforzarse para mantenerse entera. Se llevó la mano al pecho, buscando un rosario que no recordaba haber perdido.
—Cendra.
Se dio la vuelta para mirarlo por última vez. La luz del amanecer hacía brillar las gotas de rocío sobre su cuerpo, que reposaba entre las raíces del sauce como si formara parte de la misma tierra. Los huesos sobresaliendo, las cicatrices abiertas, los labios quebrados. Su voz es lo último que escuchó antes de regresar al bosque, atravesando esa sonrisa endemoniada que le partía en rostro en dos.
—Disfrútalo.



He tardado meses en terminar este relato porque Kafka es un personaje prácticamente imposible de abarcar. Espero haberle hecho justicia.

14 de octubre de 2024

Monarca

TW: Cadáver, sangre, autopsia, amputación.

El cadáver abotargado encontró su lugar de descanso en el sótano de una zapatería. Por fortuna su alma ya se encontraba muy lejos y, abierto desde la garganta hasta la pelvis, se dejaba examinar por tres pares de ojos curiosos y las hábiles manos de un zapatero experto en remiendos. Los órganos estaban siendo cuidadosamente retirados y limpiados, algunos de ellos aguardando la sangre de su nuevo dueño, y otros eran descartados con no más utilidad que la de ser carnaza para los perros. Los cortes, rápidos y precisos, eran más semejantes al despiece de un animal que a la disección de ser humano. El zapatero detuvo su labor en el hígado, que aún permanecía unido al cuerpo, y lo trazó con la yema de sus dedos.
— ¿Y bien? ¿Qué me podéis contar sobre esto?
Cendra separó los labios para responder, pero otra voz se adelantó.
— Cirrosis —respondió con firmeza Yebedel—. No parece grave, pero se aprecian algunas cicatrices en la superficie. Eso, y un exceso de grasa notable
 — No parece que tenga mucha grasa abdominal —señaló Cendra, mirando la capa de piel, músculo y grasa que reposaba a los lados del cadáver—. Es decir, no más de lo habitual.
— Le daría a la bebida, seguro —. Irah echó un vistazo por encima del hombro—. Por suerte parece que no afectó mucho al corazón. Aún se puede usar.
El zapatero no intervino en la conversación, y siguió diseccionando con pericia el resto de órganos. Uno a uno, sus estudiantes clasificaron las vísceras, y las piezas más correctas terminaron depositándose en una cámara con hielo. Irah miró con tristeza el rostro del fallecido, que ahora carecía de ojos y cuyos párpados se hundían sobre las cuencas como frágiles despojos de tela.
—¿Cual cree que fue la causa de la muerte, señor?
—No es relevante —replicó Fujimoto, cubriendo el cuerpo ya vacío con una lona limpia—. Aquí no se diagnostican muertos, ni se le hacen preguntas de más a los pacientes. Solo se zurcen o se descosen.
Irah asintió y devolvió la mirada a sus compañeras, cohibida. Yebedel habló de todas formas.
—Tormento, seguro. Tiene los pulmones encharcados.
—O le metieron la cabeza en un barreño durante una pelea de bar—añadió Cendra encogiéndose de hombros—. No hay forma de saberlo.
—Pero murió ahogado.
—Sí, eso sí. Ahogado y olvidado, porque de otro modo no hubiera acabado aquí.
Los estudiantes charlaban en voz baja mientras se retiraban las batas y se lavaban las manos, desprendiéndose de cualquier rastro de su oficio. El ambiente, aunque animado, aún seguía bajo la influencia del solemne silencio de la clínica clandestina. El repicar de la lluvia se escuchaba lejos, en la superficie, y el ruido de las alcantarillas abastecidas por la lluvia creaba un suave rumor que serpenteaba por las paredes. El sótano olía a humedad, antiséptico, y un leve sabor metálico a sangre fresca.
—Cendra, la mesa.
Al escuchar su nombre Cendra dejó caer sus bártulos y giró sobre sus talones. Ni siquiera se despidió de Irah y Yebedel, que marchaban por las escaleras entre susurros livianos. Hoy le había tocado a ella recoger. Mientras ordenaba las tijeras y desinfectaba la mesa, se preguntaba qué criterio usaría Fujimoto para decidir cuál estudiante se quedaba atrás. Algunos días no llamaba a nadie, incluso si la clínica se encontraba hecha un desastre, y cuando lo hacía parecía ser una cuestión de azar. Aun así, le extrañaba que alguien como Fujimoto dejara algo a suertes, incluso las cuestiones más mundanas.
—Ya está, señor —. Cendra se colocó junto a las escaleras, con los brazos cruzados a sus espaldas—. ¿Algo más?
—Las manos.
Un ligero rastro de exasperación en su voz. Cendra chasqueó la lengua y se dirigió cabizbaja al lavadero, donde el mismo Fujimoto se encontraba limpiando los bisturíes. Cendra se colocó a su lado y se remangó el grueso jersey hasta el codo, sumergiendo las manos en el agua fría y jabonosa.
Entonces la atrapó un gesto rápido, preciso. Quizá demasiado firme para un cirujano.
—¿Qué me puedes contar sobre esto?
Fujimoto sostenía la mano izquierda de Cendra por el contorno de la muñeca. Pequeñas burbujas de jabón se atrapaban entre los pliegues de la palma y entre los nudillos. Restos de sangre teñían la punta de las uñas, todas excepto aquella que ya no estaba. El dedo meñique se interrumpía un par de centímetros por encima de la base.
—Accidente de cocina.
Cendra no miraba su mano, sino que mantenía los ojos impasibles en el rostro abstraído de Fujimoto.
—No te he preguntado qué ha pasado. Examina la herida. ¿Qué ves?
Giró la muñeca aún bajo el agarre del doctor y dobló los dedos en su dirección.
—Un corte limpio, reciente. Parece que atravesó la articulación y cercenó el dedo de un solo gesto. Un objeto bien afilado. —Titubeó un instante antes de continuar—. Es una herida que hubiera sanado mejor con puntos, pero parece que la desinfectaron correctamente y pudo curarse sin problema.
—¿Daño en los nervios?
—No tengo. Quiero decir —carraspeó—, podría afectar al nervio cubital. Es posible que el paciente experimente dolores y hormigueo fantasma unas semanas después de la amputación.
Fujimoto alzó una ceja y finalmente soltó la muñeca. Cendra volvió a introducirla en el agua, escondiéndola bajo la superficie cubiera de espuma, y concluyó.
—Le recetaría analgésicos si fueran necesarios, y una pauta de antiinflamatorios. Y recomendaría más cuidado en la cocina.
—No está mal.
Cendra dejó escapar un suspiro profundo y terminó de limpiarse las manos. Fujimoto siguió hablando sin mirarla, como lo hacía cuando impartía lecciones al resto de sus alumnos.
—Sabes, para la próxima vez también tienes que fijarte en los detalles que rodean la herida. Por ejemplo, por la forma en que ha cicatrizado e´ muñón, yo diría que el corte se hizo de dentro hacia fuera —Fujimoto continuó la explicación colocando la mano izquierda en el borde de la pila, con la palma hacia arriba, y tomando un bisturí en su mano derecha—. Es decir, como si tuvieras la mano apoyada en su dorso. ¿No es una forma algo incómoda de cortar verduras, Cendra?
Imitó el gesto de un cuchillo con el bisturí, y poco a poco lo aproximó a su mano. Cerró el puño como si sostuviera algo entre sus dedos, y extendió el meñique de forma extremadamente antinatural. Conforme el bisturí se acercaba era evidente que no había forma de cortar el contenido de la mano y el meñique al mismo tiempo. Incluso si el cuchillo resbalaba de forma estrepitosa, el ángulo de corte seguía sin ser el correcto.
—Entiendo —Cendra se secó las manos con un pedazo de tela limpia, de nuevo mirando fijamente a los ojos de su tutor en vez de al bisturí peligrosamente cerca de su mano, que seguía ondeando en el aire como si fuera un cuchillo—. ¿Es importante saber en qué dirección se ha producido la amputación para su tratamiento?
—En este caso, no. Pero podría llegar serlo. Fíjate en ello de aquí en adelante
 —Lo haré, señor.
Cendra regresó a las escaleras y tomó su faltriquera. De nuevo se colocó con los brazos a la espalda, acariciando suavemente el tosco relieve del jersey. Ahora el silencio era aún más evidente, solo interrumpido por el constante siseo del agua en el suelo, en las paredes, y al fondo de la sala donde Fujimoto aún lavaba sus utensilios.
—¿Algo más?
—Nada más. Buenas noches. Y pide a tus padres que te den un cuchillo romo la próxima vez.
Cendra subió las escaleras y se introdujo en la trastienda de la zapatería, que esperaba a oscuras a que el último turno de enfermeras dejara de perturbar su inocencia. Aquí el aroma era distinto, a cuero y polvo; la humedad era fresca y goteaba en los goznes de las ventanas. Cendra alzó la mano izquierda hacia el delicado broche de mariposa que le decoraba el pelo. El insecto agitó las alas, feliz de ser liberado de su inmóvil labor, y trepó entre sus dedos, deteniéndose en aquel al que ya le faltaban dos fragmentos. Susurró, y sus labios aletearon a pocos centímetros de su anular, haciendo temblar los finos huesos.
—Más nos vale que el cuchillo esté afilado.



El primer relato que terminé sobre Cendra, mi "druida" de los invertebrados y fuente de inspiración y ansiedad favorita. Se trata de una escena ficticia con su maestro donde imaginé que le preguntaría sobre el dedo que le falta. Mi idea era escribir una continuación cuando que se amputara algo más, pero Fujimoto está muerto y a Cendra le faltan ya un par de extremidades. Ya escribiré sobre ello en otra ocasión.

PD: La mariposa que siempre lleva Cendra en el pelo es una mariposa monarca, de ahí el título.

31 de diciembre de 2020

El fin

Éramos una decena al llegar a Finne, pero solo regresamos nueve. Y ninguno queríamos abrir el pico. Nos interrogaron a todos y todos dijimos lo mismo: que no sabemos qué ocurrió, que de repente Niko ya no estaba y que nos dimos la vuelta sin más. Y siempre hacen las mismas preguntas. ¿Por qué no le buscamos? ¿Qué vimos allí? ¿Por qué guardamos silencio? Pero la respuesta nunca cambia.

Vosotros haríais lo mismo.

Las teorías sobre aquel viaje a Finne se esparcieron igual que la luz se dispersa sobre una habitación oscura: de forma caótica, veloz y sujeta a libre interpretación. Algunos decían que se trataba de un accidente vergonzoso, otros que le asesinamos entre todos, y una vez llegué a escuchar que en realidad todo era una conspiración más del gobierno. Pero todos tenían clara una cosa, y es que la única manera de hallar respuestas era regresar a Finne.

Aquella vez mandaron ocho, pero solo volvieron siete. Y su silencio era aún mayor, pues ninguno de los integrantes fue capaz de pronunciar ni una sola palabra. Era como si aquel viaje les hubiera robado la voz, la conciencia y el leve brillo en los ojos que demuestra que aún sigues con vida. La situación empeoró, las revueltas brotaron y al final decidieron probar algo nuevo. 

Mandaron a seis personas. Cinco de ellos eran altos cargos del gobierno, gente de bien, y un periodista afortunado al que permitieron documentar la expedición. El otro era yo. Supongo que creyeron que una vez allí les contaría la verdad. Así que accedí a guiarles y me volví a encaminar a Finne.

Y en cuanto llegamos al planeta arenoso y rojizo ocurrió otra vez, aterrizamos la nave y la gobernadora ya no estaba. Y aunque la buscaran por todas partes y me amenazaran con partirme las piernas todos sabían que no iba a aparecer. Tras deliberarlo decidieron salir de la nave y buscar por los alrededores, por si la mujer se encontraba fuera, pero yo me negué.

Salid si queréis respuestas. Pero yo no puedo ayudaros.

Los cuatro salieron con toda la determinación que pudieron reunir, y al cabo de un rato solo regresaron... tres. Y los tres volvieron con el mismo rastro de horror en sus ojos, el rostro contorsionado en una extraña expresión inerte. Nos miramos en silencio, entendiendo en la ausencia más de lo que podríamos entender con palabras, y se dirigieron al interior de la nave. 

Pero yo me quedé atrás. No se puede pisar Finne dos veces; o sales vivo y no regresas jamás, o sucumbes al misterio que guarda su nombre. Así que salí de la nave y hundí mi cuerpo en la arena, solemne, dejando que el cálido abrazo de la tierra me envolviera suavemente. La nave despegó y durante unos instantes yo fui el único habitante de Finne, hasta que un tentáculo monstruoso surgió de las profundidades del desierto y me ahogó en la arena. Igual que había visto morir a Niko. 

Y no quedó nadie en Finne.



52-Última semana del año. Haz un relato en el que se intercale una cuenta atrás desde diez.

Entre gambas y uvas, apurando el último día del año y preparándome para despedirlo, os dejo, por fin, el reto 52. Y hoy más que hablar del relato quiero ponerme ñoña un momento.

Este año ha sido terrible en muchos aspectos, pero a nivel literario es como si hubiera vuelto a nacer. Me abrí el blog a finales de 2019 sin saber muy bien por qué, con la única intención de intentar que la gente leyera mis cosas y de motivarme a escribir un poco más. Poco después encontré los retos Literup, y a partir de ahí he comenzado un viaje en el que he descubierto que puedo escribir con constancia (casi todas las semanas del año, al menos), que alguna idea buena me queda, y que a la gente le gusta lo que escribo.

He encontrado una comunidad de lectores y escritores que, de verdad, me ha cambiado la vida. He vuelto, después de tantos años de miedo y vergüenza y de esconder mi escritura bajo la almohada, pensando que no merecía la pena. Muchísimas gracias por todo.

Que el nuevo año os traiga todo aquello que pedimos al 2020 y que se nos fue arrebatado. Felices fiestas, y no dejéis que os devore un monstruo de la arena. Porque esto no es el final.

Y por última vez, si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

28 de diciembre de 2020

Veinte metros nada más

Trigger Warning: Descripciones desagradables, vómito, sangre.

La hora se acerca, y con ella el ambiente se enrarece y el escándalo comienza. Escucho gritos a través de las paredes, explosiones a lo lejos y un retumbar extraño que se repite una y otra y otra vez. Lo acompañan cánticos, fuegos dorados y tintineos fugaces. La sensación de horror se incrementa a cada instante, pero sé que no puedo escapar. Hoy no.

Alguien pronuncia mi nombre. Es hora de marchar. Me arrastro por el pasillo y me inunda un olor nauseabundo y grasiento que se impregna en el pelo y la piel. Los ropajes que me han proporcionado son incómodos y antinaturales, tela áspera y fina que se me pega al cuerpo y revela formas que nadie más debería ver. Noto que sus ojos me desnudan, me juzgan, se burlan y se ríen con descaro. Hablan de mí. De sus lenguas viperinas solo surge veneno.

Me sientan en la mesa y un aberrante banquete se despliega ante nosotros. Empiezo a comer con las manos temblorosas —no pararán de molestarme hasta que me llene, hasta que el vómito me llegue a la boca y el estómago se desgarre por dentro—, y mientras tanto sus voces me taladran las sienes. Sonrío, mostrando mis colmillos y contorsionando el rostro en expresiones exageradas para intentar satisfacerles. Me muerdo la lengua con tanta fuerza que el sabor de la sangre se mezcla con el de la carne putrefacta y la grasa que me recorre la garganta. 

Pero poco a poco el disfraz se desvanece y comienzan los gritos. Un aroma amargo y dulzón embriaga el ambiente, nublando la poca bondad de queda en sus corazones; me rasgan la piel y los brazos y sus risas mezquinas me cortan el aire, azúcar y miel pintando sus labios, incendios en el cielo y comida que se pudre entre nuestros dedos. En un despiste consigo escapar todo lo lejos que permiten mi alas aún tiernas, veinte metros nada más, pero la puerta cerrada y la soledad aparente son capaces de estabilizar mi respiración.

No hay silencio ni oscuridad absoluta, pero el horror es más tenue entre sábanas y almohadones. Cierro los ojos y hundo mi rostro en el colchón, procurando no hacer ruido, y sujeto a escasos centímetros de mi rostro la pequeña pantalla del móvil. Me quema la vista, me brotan las lágrimas, pero su fuego es lo único que me reconforta y alienta cada día que paso en este gélido infierno.

"Feliz Navidad", dice la voz de la única persona que me importa en el mundo.

Feliz Navidad, le contesto.



51-Las cenas de Nochebuena pueden ser un horror. Escribe sobre la tortura que padece ese día tu protagonista.

El último relato que hice era más realista y tierno, así que ahora he querido hacer uno con un toque más tétrico y sobrenatural. Me disculpo por lo desagradable y crudo que es, pero quería hacer una metáfora sobre la verdadera tortura que puede ser una cena de este estilo para algunas personas.

Agradeced a la gente buena que tengáis cerca, cuidad de vuestros amigos y seres queridos, y nunca está de más enviar un mensaje amable o chatear con esa persona con la que hace mucho que no habláis. No sabéis lo importantes que pueden ser vuestras palabras.

¡Espero que hayáis tenido unas cenas festivas agradables! Solo queda un reto, y creo que también lo haré de terror... O ya veré. Es la única manera que concibo para acabar este año.

Un saludo, y hasta dentro de unos días. 

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

12 de octubre de 2020

Raíces podridas

He buscado durante siglos a alguien como tú. A alguien que pudiera entenderme, a alguien dispuesto a escuchar, a alguien tan ingenuo e inocente como para tragarse mis mentiras como miel cálida deslizándose por la garganta. Puedes acusarme de perezosa, de querer ir por la vía fácil, y no mentiré. Tienes razón. Pero una víctima tan maleable también tiene sus ventajas.

Un error común y engreído, propio de aquellos que llevan mucho tiempo en esto pero cuyo ego aún no ha sido dañado, es querer someter a una mente fuerte y ondear su cuerpo vacío como un trofeo. Pero aquellos que se resistieron una vez pueden volver a hacerlo, y cuando tienen toda la eternidad para rebelarse algún día también tendrán la fuerza para escapar. Debes luchar contra ellos de forma constante, debilitar su alma sin descanso, pero eventualmente acabarás dejándolo. Los humanos fuertes nunca se rinden. Te destrozan por dentro.

Por eso actué desde otro punto de vista. Por eso te busqué a ti. Un hombre débil y hastiado, un alma que se cansó de vivir. Yo te ofrecí la vida que aguarda en el interior del cuadro, una vía de escape que te haría eterno y a la vez inexistente. Un prado cubierto de flores silvestres, un respiro salvaje en mitad de un mundo de metal y hormigón. El cálido aroma que desprende la muerte.

¿Sabes cual es la única forma de someter a un humano? Eso es, lo has adivinado: Hacer que no deseen huir jamás. Vuestra voluntad es férrea, quebrantable aunque capaz de sanar; pero vuestras creencias... esas se pueden moldear a placer y se arraigan tan profundo que se convierten en parte de vuestro ser, tan intenso que no eres capaz de dejarlas marchar. A nadie le gusta la derrota, pero os gusta mucho menos tener que admitir un error.

Eres conformista, y eso me gusta. Por eso ahora me perteneces. Y eso te agrada, ¿cierto? No crees que estás maldito, incluso aunque te despoje de los huesos y el dolor sea tan intenso que no puedas respirar; en realidad crees que esto es lo que siempre has querido. Eso es, cierra los ojos. Deja que tu sangre empape el lienzo, alimenta a este viejo demonio con lo poco que te queda de humanidad. Descansa.

¿Ya has asumido que no quieres escapar? Eso fue rápido. Fascinante. Resulta que eres más inteligente de lo que creía en un principio.

Te has dado cuenta de que lo que te espera fuera es mucho peor.



41-Usa un narrador en segunda persona para la historia de un personaje que ha sido maldito.

¡Buenos días! Y sí, estoy subiendo este relato el lunes, pero que conste que lo acabé anoche a las 23:55; es decir, dentro del plazo. Ningún juzgado me condenaría. (?)

¡Me ha encantado este reto! Siempre pensé que la segunda persona sería muy complicada de escribir, pero conforme investigaba me he dado cuenta de que en realidad la llevo usando mucho tiempo. En esencia es una primera persona que está dirigida a alguien en particular. Me parece preciosa y seguro que escribiré más textos con esta persona.

Puede parecer que el argumento de este relato es raro y está incompleto... pues sí, así es. Lo he escrito como complemento a un relato un poco más largo que hice para celebrar un evento de Halloween en el Discord de mi maravillosa amiga Nou, y que por ahora solo he compartido con su comunidad. ¿Queréis que lo suba en Halloween? Si no queréis esperar tanto para leerlo tendréis que meteros en su servidor de discord ;3

En fin, cada vez quedan menos retos. La universidad empieza a echarse encima... Mucho ánimo a todo el mundo, y hasta la semana que viene <3

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

14 de septiembre de 2020

La serpiente que devoró la luna



¡Buenas a todos! En especial a toda la gente nueva que ha venido de Twitter, ¡bienvenidos! Espero que vuestra estancia aquí, en el pequeño palacio de un Gato Condensado, esté siendo agradable. 

Como últimamente hay mucha actividad tanto en mi cuenta de Twitter como en el blog, os he preparado algo especial en agradecimiento. ¡Mi segunda publicación en Lektu! Esta vez se trata de un relato corto de horror cósmico, al más puro estilo Lovecraft, que se desarrolla en torno a la constelación Hidra. Estuvo presentado a convocatoria para un concurso, y aunque no hubo suerte sí que es un relato mucho más pulido y trabajado que los que suelo subir al blog. El terror (y, en concreto, el horror cósmico) es mi género predilecto, y me lo pasé genial escribiendo este relato. ¡Espero que os guste!

Podéis encontrarlo en este enlace, subido a la plataforma de Lektu en formato epub/pdf y disponible bajo pago social. ¡No os preocupéis, es completamente gratis! Tan solo hay que dejar un tweet o un post en facebook antes de descargarlo. La plataforma lo hace de forma automática, ¡más cómodo imposible! Esa pequeña publicidad me ayuda muchísimo <3

Y si queréis un acceso rápido al archivo en pdf podéis buscar el manuscrito en la página Archivo, con un enlace directo al pdf.

¡Nada más que decir! Espero que os guste y, por favor, dejad todas las reseñas o críticas constructivas que se os ocurran. Podéis reseñar el relato en Lektu, y dejarme comentarios en esta entrada o directamente en mi Twitter. ¡Y también podéis echarle un ojo a Ojo de Buey, mi novelette publicada en Lektu! Es un texto más largo y más ameno, de ciencia ficción y fantasía, me haría mucha ilusión que lo leyerais. 

Un saludo y muchísimas gracias por vuestro apoyo <3 ¡Hasta la próxima!

19 de agosto de 2020

La mujer de los ojos verdes

Sé que usted, como muchos otros, siente celos de mi éxito. No se avergüence, es natural; incluso me atrevería a decir que es hasta beneficioso. Porque aunque digan que la envidia es un pecado capital todos sabemos que de cosas peores es capaz el ser humano, y yo misma he obrado con más malicia que esa en contadas ocasiones. Por eso pienso que la envidia es un mal necesario. Si usted tiene esos sentimientos úselos, utilice esa rabia para convertirse en alguien mejor; ya que solo aquellos que no tienen éxito son capaces de sentir envidia. Siéntase agradecido por ello, pues significa que tiene usted la oportunidad de mejorar.

Por eso también entiendo que me acusen de ladrona. Cuando uno carece del milagro que yo poseo es normal que no lo comprenda, que alegue métodos ilícitos ante todo lo que he obtenido con sudor y esfuerzo. La única verdad aquí es que mis niños me adoran, que no pueden vivir sin mí y que yo les proporciono la vida que ninguno de ustedes podría darles. Sé que eso les duele. Anhelan este amor tan suave y tan cálido, el aliento que hunde el pecho al verlos respirar mientras duermen; añoran la alegría de amar y sentirse amados de una forma tan pura e inocente. Se arrepienten de haberlo perdido.

Porque a algunos padres se les marchan los hijos. Se van, desaparecen, se hacen mayores o se mueren antes de llegar a serlo. Algunos parten porque te odian, porque quieren huir de ti o porque creen que el nido que les acoge es en realidad una jaula de afilados barrotes. Y ese es el problema, ¿sabéis? Con vuestras acciones permitís que se marchen, los alentáis a buscar amparo en un mundo que no les protege. Y es que yo nunca dejaría marchar a mis niños. Esa idea ni siquiera existe para ellos.

¿Así que cómo podría yo robar algo que nunca os ha pertenecido? Yo amo a estos bebés más de lo que nunca podríais amarlos, les cuido de la vida que ustedes les dieron sin pensar. Bajo mi techo vivirán y morirán con el único amor de su madre, y sus jóvenes rostros jamás serán dañados por el paso del tiempo. Solo yo soy digna de su milagro. Mi labor es sagrada y, aunque ahora no lo entiendan, en unos años agradecerán que fuera yo quien les criara.

Me envidian porque tengo niños que ustedes no se merecen y jamás se merecerán. Y durante años os he compadecido, pero ahora no hacen más que clamar al cielo por justicia... ¿Por qué no se callan y prueban a tener sus propios hijos? ¿Qué tal si la próxima vez no los dejan a merced de los ladrones?



34-Haz una historia con un narrador poco fiable en primera persona, al que acusan de robar bebés.

¡Tachán! Aquí tenemos el reto de esta semana y da la casualidad de que es uno de los más cortos que he escrito, más corto incluso que Treinta y dos. La verdad es que ando ocupada, tengo un examen importante en dos semanas y estoy luchando con una convocatoria de relato que acaba el 30 y acabo de empezar... Pero por otra parte, ¿creéis que este relato necesitaba más? A veces creo que no merece la pena alargar una historia solo por rellenar, y sin duda mi estilo se presta más a cosas cortas y concisas como esta.

Es la primera vez (creo, porque no confío mucho en mi memoria) que escribo un narrador poco fiable y me ha gustado la experiencia. Siempre me quedo con miedo de que el lector no entienda del todo la historia, ¿cómo os ha ido a vosotros? ¿Necesitaría explicarla mejor? También he de decir que el artículo que cita el reto es muy completo e interesante: habla de los tipos de narradores poco fiables, de las pistas para reconocerlos y de consejos para escribirlo... pero no los he seguido. Se supone que he de escribir una escaleta para este tipo de cosas, pero pensé que si mi propio narrador estaba mintiendo quizás quedaría más natural improvisar.

Que bueno, al final es una excusa para no hacer escaletas. Luego normal que me cueste organizarme... En fin, ¡nos vemos la semana que viene! Hay una pequeña sorpresa y es que ya tengo el siguiente relato completamente acabado. Está pendiente de fallo para concurso y se supone que lo anuncian a final de mes, con que seguramente lo suba cuando confirmen que no ha salido ganador (?)

¡Hasta la próxima!

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6 de junio de 2020

Pétalos de porcelana

No podía apartar la mirada. No solo porque el miedo paralizara mis vértebras o porque la luz brillante mantuviera abiertos mis ojos: es que no podía mover la cabeza. Algo la sujetaba, la mantenía fija y orientada hacia el horror que se desplegaba ante mí, me hincaba las rodillas en el suelo regado de sangre. Los gritos, la daga, lo rápido que se desvaneció su consciencia... todo me pareció tan falso. Sus huesos se rompieron demasiado rápido. Y mientras todo aquello pasaba ese algo me sujetaba las manos y los hombros, se abrazaba a mi garganta y separaba suavemente mis párpados, me mecía en su impotente consuelo: "No puedes salvarla, chico. No puedes hacer nada por ella."

Por eso mismo tampoco fui capaz de gritar. Algo dentro de mí sabía que no tenía sentido hacerlo, que mi madre estuvo muerta desde el momento en el que comenzaron los alaridos de súplica. Así que lo presencié todo, en silencio y aterrorizado: pude ver en primer plano el momento en el que mi abuelo le quitaba la vida a su propia hija. Primero un maza entre las cejas que hizo brotar la sangre como un clavel escarlata desplegándose en la frente, y luego su cuerpo inerte desplomándose en el suelo. Una muñeca, mi madre parecía una muñeca: una marioneta con las cuerdas rotas, ojos opacos y ropa descolorida colgando de las extremidades. Así la describía el abuelo, acariciándole con mimo las mejillas; y así le susurraba mientras clavaba la daga. La primera puñalada fue en el cuello, rasgando la yugular y derramando lo que le quedaba de vida, las siguientes ornamentales por el resto de la piel. Simétricas y finas, siguiendo el contorno de su cuerpo, retirando lentamente sus rasgos. Sus ojos, su nariz y sus labios, la piel que recubre las clavículas; como un artista esculpiendo el barro. Y lo observé, preso de su minuciosa obra, hasta que empezó a desollarle los dedos. Eso fue lo único que pudo devolverme al presente.

Cuando se deshizo el embrujo me regresó el olor a sangre seca, las frías luces fluorescentes sobre las baldosas de la cocina y la certeza de que algo horrible estaba ocurriendo ante mí. Aquello no solo era muerte, era un asesinato premeditado, un ritual macabro del que me querían hacer partícipe. Mi abuelo trabajaba en el cuerpo canturreando una melodía ligera, una nana dulce que llevo escuchando desde que era pequeño. 

Duerme, mi flor
de pétalos de porcelana.
Duerme tranquila, mi niña
que yo te traeré el mañana...

Y la cantaba siguiendo el ritmo de mi respiración.

Salí corriendo porque entonces supe que yo sería el siguiente, porque aquel hombre estaba loco y su locura estaba empezando a filtrarse en mis pensamientos. Dejé la cocina atrás de un torpe portazo y giré la esquina hasta el recibidor, aporreando la puerta principal y pidiendo auxilio. ¿Cómo es que la vecina de enfrente no había escuchado los gritos? Ni siquiera se oía aullar a su perro, el que siempre ladra cuando hay voces en el pasillo... Las llaves tampoco estaban en el gancho ni en el pomo. ¿Dónde las tendría mamá? ¿En su bolso?

En la cocina la canción había cesado y ahora tan solo se escuchaba una respiración lenta y pesada, como piedras que se hunden en el agua y retumban cuando alcanzan el fondo. Era profunda y fatigada, lo único que enturbiaba el silencio que rodeaba mis gritos, y aún así me di cuenta cuando paró de repente. A la pausa la siguieron los pasos, un gruñido frustrado, el chirrido de las bisagras de la puerta de la cocina. Pisadas que arrastraban los pies.

Dejé de chillar y me inundó un impulso distinto, el de esconderse y desaparecer como si la tierra pudiera tragarme, convencido de que si huía de él también podría escapar de su oscura pesadilla. Un fantasma, si mi madre era una muñeca yo debía ser un fantasma, y así me deslicé pasillo abajo buscando sombras entre las que pudiera desvanecerme. Mi cuarto era una elección obvia y además la puerta más cercana a la cocina, así que en vez de eso llegué al final del pasillo y me metí en la habitación de mis padres. ¿Y ahora qué? ¿Debajo de la cama, en el baño, dentro del armario? Si me escondía en el ropero podría aprovechar alguna distracción y escabullirme de vuelta a la puerta, encerrar a mi abuelo en el cuarto y correr a la cocina para escaparme por la puerta de atrás, que con suerte sí que estaría abierta. Mientras sus pasos lentos y cojos se deslizaban por el pasillo yo me metí en el armario, amortiguando mi peso entre toallas y pantalones planchados, y cerré la puerta dejando tan solo una rendija desde la que mirar.

El abuelo ni siquiera dudó hacia dónde debía marchar. Ni siquiera se paró ante el resto de habitaciones, ni encendió las luces, ni llamó mi nombre. La tranquilidad de sus pasos me llenó los ojos de lágrimas, y por una vez deseé que ese algo siniestro estuviera allí conmigo para quitarme la voz. Me cubrí la boca con las manos y presioné fuerte en la garganta para ahogar los quejidos, pero era inútil. Mi corazón desbocado era lo que le estaba llamando, su sonido retumbando en las paredes del armario como un mudo grito de terror. El abuelo entró en la habitación y entonces llegó el sonido que me congeló la sangre, entonces echó el pestillo. Ya no podía contener las lágrimas y lloré, con la esperanza de dejar mis ojos secos o de quedarme ciego para siempre. Los pasos se arrastraron hasta el armario. Ya solo me quedaba luchar, un golpe en la entrepierna y escurrirme hacia mi libertad... ¿y qué tal clavarle un tacón en los ojos? Era mejor que nada, así que me armé con uno de los caros zapatos de mi madre justo a tiempo de que mi abuelo abriera el armario.

Y no pude moverme. Creo que fue al ver su rostro, a fijarme por primera vez en las facciones que lo componían: sus ojos pequeños y hundidos grises por el tiempo, su nariz bulbosa, la cara cuadrada y las mejillas desinfladas... Pero era su sonrisa lo que lo inundaba todo. Labios finos y dientes separados, gesto tierno y dulce, una amabilidad marchita y familiar que en estas circunstancias resultaba siniestra. No podía moverme, ni siquiera cuando mi abuelo extendió la mano y acarició con suavidad mi frente. Creo que jamás he sentido un terror tan intenso como el que sentí ahí, agazapado en el armario, con la sombra de aquel hombre volviéndome invisible, con la idea de la muerte goteando sobre mi piel.

No recuerdo sus palabras exactas, solo retazos de la conversación. Dijo, riendo que siempre me escondía ahí cuando era pequeño, que si no echaba de menos jugar al escondite con él. Me habló de la nana y de cuando mamá era pequeña, del perro de la vecina, de memorias que se desvanecen y a las que reemplazan otras nuevas. Me preguntó que si le odiaba. Que si sentía rencor por la muerte de mi madre. Con la voz seca y la sangre ardiente le respondí que sí.

Solo recuerdo lo último que dijo. Se arrodilló ante mí y rió de manera demencial, provocando mis sentidos y derrumbando el mismo universo hasta que se volvió de un rojo intenso, hasta que el asco rezumó por cada poro de mi cuerpo. Esos ojos pequeños, los dientes separados, la podrida sonrisa... Ya nada tenía sentido, solo él y yo y los retazos de mi madre que quedaban en la cocina. Entonces me fue cuando entregó la daga.

Y me dijo, ese bastardo me dijo: "Entonces hazlo. Haz conmigo lo mismo que yo he hecho con tu madre."


23-Un niño ve cómo su abuelo mata a su madre. Explica el terror que siente al presenciar todo y por temer que le encuentre.

¡Buenos días a todos! Os presento el reto número 23, un relato de terror con el que, lo admito, me he divertido mucho. Me he esforzado para no hacer terror cósmico o sobrenatural que es el que más me gusta, pero creo que aún así se nota que es mío.

Quería darle un giro al tema, ya que parecía dejarlo todo muy claro: el abuelo mata a su madre y luego le da miedo que le encuentre, presuntamente porque a él también le iban a hacer lo mismo... ¡Por eso quise darle la vuelta y que al final el niño tuviera que matar a su abuelo! Me parecía más interesante jugar con ese concepto, el del rencor y la venganza. Pero también puede ser que me esté motivando demasiado.

En fin, ¿qué os ha parecido este relato? Me ha llevado un poco más de tiempo escribirlo porque he tenido que ir al dentista esta semana para una cirugía, y entre los nervios y los analgésicos no ando yo muy inspirada. Pero puede que precisamente por eso este relato es un poco más gore...

¡Un saludo y hasta la próxima! <3

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15 de abril de 2020

"...even death may die."

La primera ventisca del año había llegado fuerte y sin avisar, cubriendo la ciudad con un manto blanco y brillante que poco a poco se enturbiaba bajo el tránsito de los coches. Era como si un viejo conocido de pronto se presentara en la ciudad, alguien a quien nadie desea recibir pero al que debes invitar a un café de todas formas. Cerrar los ojos, pasar la tarde, perder el tiempo y despedirlo antes de que ponga el sol. Matthew se sentía así con las tormentas de nieve, como un anfitrión forzado a soportar su visita y a conformarse con sus besos fríos azotándole las mejillas. Caminaba por la ciudad hundiendo sus botas en la nieve, con el dobladillo de la gabardina empapándose lentamente. Inconveniente. Esa era la palabra que estaba buscando.

Llegó a la estación veinte minutos antes de la hora de salida, pero casi tres horas antes de que su tren fuera a salir en realidad. Retrasos por la nieve, cómo no. Un empleado le explicó que se había formado hielo en las vías y que tardarían un tiempo en retirarlo. Era mejor esperar a que escampara. Al menos, pensó Matthew, podría esperar dentro de la terminal. Dar una vuelta, comprar algún detalle... e incluso picar algo. Le habían hablado bien de un restaurante de marisco de la estación, pero acabó conformándose con unos dulces de la pastelería de la esquina. Buscó un sitio donde sentarse mientras le arrancaba pequeños pedazos a un bizcocho de limón.

Al final decidió esperar en el vestíbulo principal, escogiendo un asiento orientado hacia el enorme reloj central. Observó durante unos minutos el ir y venir de la gente, el ajetreo, la extrañeza del momento. Un lugar como aquel estaba diseñado para el tránsito, para que nadie pasara más de media hora vagando por la estación, pero la nieve había perturbado el orden natural de las cosas. Así, mientras que lo habitual era ver rostros apresurados y abrigos que se olvidan, el vestíbulo empezaba a llenarse poco a poco con gente aletargada y semblantes hastiados. Todos reunidos bajo el mismo techo azul turquesa, todos con la mirada fija en el reloj. Aún quedaban horas.

- ¿Drácula? ¿Es que no tenías dinero para comprarte algo mejor?

Matthew se sobresaltó cuando una voz cascada apareció de pronto frente a él. Pertenecía a un hombre de tez oscura y pelo canoso que vestía un traje de tweed gastado y una bufanda verde descolorida.

- ¿Qué? Ah, esto - Matthew estiró el brazo para alcanzar el libro que sobresalía de su maletín -. Es mi favorito. Me gusta llevarlo conmigo para releerlo, por si me aburro en el tren.
- Bah, yo nunca lo he leído. No me interesan las novelas sensacionalistas.

El hombre tomó asiento a su lado y sacó una caja de papel de fumar y una lata de tabaco. Empezó a liar el cigarro casi sin mirar, mientras observaba distraído el reloj y los detalles del techo. Cuando lo terminó se lo tendió a Matthew.

- Gracias, pero no fumo.
- Bien hecho, chaval - asintió satisfecho mientras se llevaba el cigarro a los labios -. Esto te deja los pulmones hechos una porquería, pero lo peor es que luego ni siquiera puedes cumplir con la señora. Ya me entiendes. ¿Te molesta que fume a tu lado?
- Uh, no, para nada. Puede estar tranquilo.

El hombre prendió el cigarrillo y exhaló el humo, viendo cómo las volutas ascendían y se dispersaban en el aire.

- Pues lo que te decía, ¿Drácula no es una novela de fantasía? Esas cosas son para mujeres. 
- En absoluto - Matthew titubeó, pero finalmente se atrevió a mirar a la cara a aquel hombre -. Es cierto que incluye vampiros, pero la novela tiene muchísima profundidad filosófica. Presenta nuevas perspectivas sobre la condición humana, sobre la muerte y sobre las tentaciones de la carne. Es un placer releerlo y reflexionar sobre pasajes que pasaron desapercibidos la primera vez.

Se detuvo cuando se dio cuenta de que el hombre lo miraba con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. 

- Disculpe, creo que me he emocionado...
- Bah, no te preocupes. Es un placer escuchar a un joven hablar de algo que no sea deporte. Empezaba a pensar que ya no quedaba esperanza para la nueva generación.

El hombre continuó fumando en silencio mientras Matthew intentaba ahogar el tiempo. Miraba a todas partes para ignorar al anciano: las constelaciones dibujadas en el techo, los altos ventanales, la gente que paseaba por los balcones... Pero la presencia de ese hombre no se podía obviar. Intimidante y pesada, una mezcla entre abuelo entrañable y mendigo demente. Era como si absorbiera toda el alma de la estación.

- Entonces, chico... - habló de pronto, con una voz grave y profunda que ensombrecía el ruido a su alrededor -. ¿Te interesa la condición humana? ¿Los horrores que oculta su naturaleza? 

Matthew tensó las manos para desatar el nudo que le atenazaba la garganta. Notaba su corazón latir con fuerza, desbocado sin motivo. Aquel hombre le infundía algo que desconocía, una intimidad que solo se hallaba en las partidas de ajedrez y en debates a la luz de las velas. Quería hablar, pero simplemente asintió con los labios entreabiertos.

- Te propongo un intercambio. Tú me das tu libro de vampiros y yo te entrego otro a cambio - dijo, mientras le daba un toque a su maletín -. Creo que te gustará, y a mí me han dado ganas de comprobar si Drácula es tan interesante como cuentas.
- Yo... - Matthew tartamudeó mientras miraba la portada de su libro, acariciando suavemente el borde de las páginas. La curiosidad le carcomía, le hacía arder el pecho -. Trato hecho. Espero que le guste.

Entregó el libro, depositándolo con suavidad en el espacio entre asientos que quedaba entre ambos. El hombre sonrió satisfecho, tomó el libro y se incorporó mientras rebuscaba en su maletín.

- Chaval, mi viaje no puede esperar más, pero ha sido un placer conversar contigo - sacó del maletín un libro de aspecto antiguo, envuelto parcialmente en un paño de seda verde y brillante, y se lo entregó -. Que lo disfrutes.

El hombre desapareció entonces entre la multitud sin que Matthew llegara nunca a poder preguntarle su nombre. Se quedó solo de nuevo, rodeado de desconocidos y con la vista fija en el reloj. Quedaba casi una hora para la salida de su tren, pero decidió que era momento de estirar las piernas. Terminó el bizcocho de limón, se sacudió las migas y entonces tomó el libro de su regazo. Quería haber esperado a acomodarse en el vagón, pero la curiosidad le azuzaba, impaciente. Antes de guardar el libro deslizó el paño de seda verde, dejando al descubierto una cubierta de piel vieja y unas letras talladas en oro que revelaban el título. No lo había escuchado nunca. Necronomicón.



16-Escribe un relato en el que haya un intercambio de libros.

¡Relato número 16 de los retos! Nos estamos acercando ya a completar un tercio del reto, ¿cómo lo llevais vosotros? Yo estoy convencida de que voy una semana por delante, porque es obvio que este tema está pensado para el día del libro...

Igualmente, no sabía muy bien qué hacer con este tema. Tenía una idea con una bruja y un libro de hechizos, pero se me olvidó. Gente, ¡apuntad siempre vuestras ideas, que no os pase como a mí! Al final decidí seguir un poco con la línea del ocultismo y hacer que uno de los libros del intercambio fuera el Necronomicón. Si no sabéis lo que es, es un grimorio de magia ficticio que creó Lovecraft, y se dice que todos los que lo leen acaban perdiendo el juicio... Pobre Matthew. La otra parte del intercambio es Drácula de Bram Stoker, que uno de mis libros favoritos.

En fin, ¿tenéis una lectura lista para el próximo 23 de Abril? Si no la tenéis os recomiendo Drácula (de verdad, es todo un clásico del terror) y, si os gusta la fantasía, un vistacillo al increíble trabajo de Brandon Sanderson, como El Archivo de las Tormentas. Ay, yo tengo tantas cosas que leer...

¡Un saludo y hasta la semana que viene!

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23 de marzo de 2020

Semper fidelis

Emma se despertó aquella mañana porque no podía respirar. Últimamente algo que no podía ver la perseguía en sus pesadillas, y por mucho que intentara esconderse aquello siempre la encontraba. Y esa noche Emma huyó en sueños al mar pensando que así no podrían apresarla, pero justo cuando se sentía a salvo algo la atrapó desde el fondo del océano. Un pesado tentáculo se enroscó en su piernas y tiró, intentando sumergirla, mientras ella luchaba con todas sus fuerzas por mantenerse a flote. A duras penas conseguía permanecer en la superficie, alternando bocanadas de agua y aire, hasta que al final no tuvo fuerzas para seguir luchando. Emma se hundió y el mar se cerró sobre sí mismo, encerrándola entre paredes opacas de madera. Primero luchó contra la prisión, luego contuvo el aliento, después no tuvo más remedio que inhalar el agua.

Y finalmente, un dolor ardiente en la garganta. Ya no podía respirar.

Así que despertó de pronto tosiendo un agua que no existía, pero por algún motivo el dolor no llegaba a desvanecerse del todo. Se llevó la mano al cuello y notó que había algo ahí, algo que antes no estaba y que tiraba de su garganta cada vez que intentaba respirar. Corrió hacia el espejo del baño sin separar las yemas de los dedos de su piel.

- Joder - masculló, estirando el cuello frente al espejo. Tenía una imponente cicatriz que iba desde el mentón hasta la mitad de la garganta, en forma de estrella irregular y que dolía cada vez que intentaba tragar saliva. Era rugosa y abultada, como si el tejido a su alrededor hubiera crecido con dificultad, pero lo más extraño de todo es que parecía estar completamente curada.

Emma tenía algo muy claro, y es jamás había tenido una cicatriz en la garganta. Así que aquello había aparecido de la noche a la mañana.

De todas formas se preparó como todos los días para ir a trabajar. La ropa que ya tenía doblada sobre la mesa desde la noche anterior, los panecillos dulces con arándanos y mantequilla, el café negro con una cucharada colmada de azúcar. De camino al trabajo encendió la radio, pero no hubo noticias de interés, y también anunciaron el tiempo para aquel día. Nublado, con una leve posibilidad de llovizna. Emma miró al cielo y pensó en que no se necesitaba una carrera de cinco años para poder predecir aquello.

Llegó a la universidad a la hora de siempre. Aquel día era viernes, así que la cantidad de estudiantes que había correteando por los pasillos o cuchicheando por las esquinas era, afortunadamente, menor de lo habitual. Aún así se desvió de su camino para bajar a la cafetería y comprar dos chocolates calientes en la máquina expendedora. Empezó a beberse uno de ellos a pequeños sorbos mientras caminaba hacia el despacho.

Ambrose ya estaba ahí, por supuesto, ya que él jamás llegaba tarde. Estaba sentado en su escritorio y llevaba su característico traje marrón de tweed con coderas, la camisa blanca y los mocasines castaños. Era un hombre entrado en años y con la cara delgada, los ojos pequeños y la nariz alargada. A Emma siempre le parecía que a su rostro le faltaba algo. Unas gafas, quizá.

- Llegas tarde - replicó él sin levantar la mirada de sus papeles.
- Lo sé, es que he parado a por esto - Emma esbozó una sonrisa dulce y teatral mientras depositaba el vaso de chocolate sobre el escritorio -. Con este tiempo tan gris apetece un chocolate, ¿no crees?
- Pues tienes razón, me apetece mucho. Gracias por... - Ambrose tomó el vaso, pero al mirarlo arrugó la nariz con disgusto -. Es demasiado claro. ¿Tiene lactosa? Sabes que soy intolerante a la lactosa, Emma. Te estás bebiendo el mío otra vez.

Ella giró la cabeza como un perro confundido y miró a su propio chocolate, que en efecto era ligeramente más oscuro que el de Ambrose.

- Vaya, tienes razón. No me di cuenta. Una pena - cogió el chocolate de la mesa y comenzó a bebérselo también.
- ¿Cómo no te vas a dar cuenta? - gritó Ambrose, más irritado de lo habitual -. ¿Para qué llevas gafas entonces? Por dios, con lo que me apetecía un chocolate a estas horas...

Emma no contuvo la sonrisa maliciosa que se le escapaba de entre los labios. Ambrose masculló algo entre dientes y volvió a sus papeles con gesto indignado.

- Por cierto - Ambrose le había oído perfectamente la primera vez, pero aún así tuvo que toser varias veces para llamar su atención -. Esta cicatriz del cuello, ¿te suena de algo?
- No es momento para charlas personales, Emma - bufó.
- ¿Pero entonces sabes cómo me la he hecho o no?
- No lo sé, nunca me lo has contado y tampoco me interesa. Así que por favor, regresa al trabajo.

«Tan útil como siempre.» Emma puso los ojos en blanco y se dirigió a su escritorio. Su mesa era mucho más pequeña y menos imponente que la de su compañero, y es que Ambrose seguía tratándola como una simple becaria más. A pesar de que él era un incompetente y un estirado, y toda su carrera profesional había consistido en pisotear las investigaciones de los demás. Emma era otra tanta de sus víctimas, pues había perdido su tesis doctoral por capricho de Ambrose. A veces pensaba que se merecía algo más que pequeñas venganzas con el chocolate.

- Ah, Emma - anunció él desde el otro lado de la sala, arrastrando las palabras con su marcado acento inglés -. Se nos ha asignado un nuevo trabajo de campo. Se ha descubierto un monasterio...

Su mundo se detuvo en ese instante, un potente déjà vu que le nubló los sentidos y que le hizo arder la garganta. Tenía la irracional pero potente certeza de que ya sabía qué iba a pasar, de que ya había vivido eso antes.

- Un monasterio cristiano en Nepal - susurró, casi de forma inconsciente.
- No me interrumpas, Emma - replicó Ambrose. Qué buen oído tenía cuando le convenía -. Pero sí, has debido enterarte ya. Es un edificio antiquísimo y por las fotos parece de principios del siglo IV. Muy intrigante, así que nos han convocado para que vayamos a examinarlo en persona. Y sorprendentemente sigue habitado, así que también nos alojaremos allí. Mañana salimos en avión.
- ¿Me dejas ver las fotos?

Emma saltó de su escritorio y corrió hacia el de Ambrose, que dio un respingo mientras apartaba las fotografías de la mesa,

- Niña, entiendo la efusividad, pero quizá deberías...
- No me vuelvas a llamar niña, viejo inútil - gruñó Emma con frialdad-. Que tengas edad para ser mi padre no te da derecho a ningunearme, ¿está claro?

Ambrose abrió la boca para responder, pero estaba tan sorprendido que no salían palabras de los labios. Su rostro lo decía todo, enrojecido de ira y vergüenza. Emma aprovechó para arrebatarle las fotos de las manos.

Y reconoció lo que veía. Los pasillos le resultaban familiares, como si ya hubiera caminado por ellos antes. El extraño monasterio de piedra clara rodeado de nieve impoluta, los monjes sonrientes de ojos rasgados, cabeza rapada y cogullas medievales. La enorme cruz de madera en la capilla hubiera parecido austera y aburrida en cualquier otro contexto, pero ahí... daba la impresión de estar en el sitio equivocado. Enturbiaba el ambiente, como si el monasterio entero estuviera cubierto por una bruma corrupta.

- Te recomiendo - habló Ambrose, que por fin había recuperado la compostura - que mañana moderes tu lenguaje. Iremos acompañados por profesionales y me niego a que me dejes en ridículo.

Emma hizo un enorme esfuerzo para morderse la lengua y no replicar en el acto, pero la acuciante necesidad de comprender todo aquello le instaba a hablar. Le costó pronunciar las palabras, como si ya supiera que de esa forma iba a desatar algo terrible.

- ¿Quién nos acompaña?
- Ah, pues... - Ambrose pasó el pulgar por la punta de sus dedos, rememorando -. Por supuesto, necesitamos un intérprete. También nos acompaña un traductor, por si las moscas, y una periodista. No me hace gracia lo de la periodista, pero es lo que hay. Ah, y una famosa psiquiatra americana. Parece interesada en el comportamiento de los monjes, creo que su nombre era...

Rox. El nombre resonó en la memoria de Emma antes de que Ambrose lo pronunciara, y con él se trajo muchas cosas. Le vino una profunda sensación de complicidad, de confianza que solo se adquiere con tiempo y experiencia, le vino un sabor cálido en los labios y el recuerdo de lágrimas ardientes deslizándose por su rostro. Una promesa de venganza, un adiós que no llegó a pronunciarse del todo. Conocía a Rox y era capaz de invocar su imagen: el pelo oscuro y liso, los ojos afilados, el porte esbelto y la mirada fría y calculadora. Pero sobre todo recordaba su rostro, normalmente hierático e impasible, contorsionado por el dolor y mancillado por la muerte. Rox había muerto en sus brazos.

- Yo... - Emma respiró agitada, aferrándose con fuerza al escritorio y sintiendo el mundo dando vueltas a su alrededor - Tengo que irme.
- Uh, sí, será mejor que te vayas - Ambrose habló mientras Emma recogía todas sus cosas y se apresuraba en marchar -. Tú haz la maleta para una semana, y recuerda, hace frío. ¿Me oyes? Si ni siquiera sabes dónde hay que ir mañana. Bueno, te pasaré los detalles por email. ¿De acuerdo? ¡Emma!

Ya no le oía. Emma corrió por los pasillos y se metió en su coche, intentando ordenar los recuerdos en su cabeza. ¿Era así como se había hecho la cicatriz, en aquel monasterio? ¿Cómo había sucedido? Demasiadas imágenes se agolpaban en su mente, demasiadas voces distintas que no era capaz de distinguir. Se le venían vagos recuerdos de un viaje en avión, de dormir en un colchón en el suelo, pero no era capaz de comprenderlos ni de comprobar si eran o no ciertos. La cicatriz del cuello palpitaba expectante mientras Emma conducía de vuelta a casa.

Solo tenía una cosa clara, y es la única forma de obtener respuestas era ir a ese viaje. Así que corrió escaleras arribas y tiró su maleta vieja sobre la cama. Casi no tenía aliento, pero empezó a arrancar los jerseys de sus perchas y a lanzarlos hacia la maleta abierta. ¿Que más necesitaba? Cogió camisas y pantalones anchos, medias gruesas, ropa interior para una semana y pico... La anticipación de viajar le tranquilizaba, repasar una lista en su mente e ir tachando poco a poco elementos que completaba. Pensó en que haría frío en Nepal, así que se arrodilló frente al armario y empezó a sacar trastos, buscando sus viejas botas de nieve.

Una de las cajas que sacó hizo que le recorriera un cosquilleo intenso desde el brazo hasta la garganta, y pareció que el mismo universo se quedaba en silencio. Emma arrastró el alargado maletín de madera hasta sus rodillas y abrió el cierre. Ya sabía lo que contenía. Era la escopeta que le había dado su padre, que usaba durante los veranos cuando iban juntos a cazar. Sostuvo el cajón unos instantes, pensativa. ¿Le haría falta en Nepal? ¿Le dejarían meterla en el avión siquiera?

Cuando la rozó con los dedos fue cuando recordó todo, y la verdadera naturaleza del monasterio se desveló ante ella. Recordó, como en un sueño premonitorio, la masacre que se había desenvuelto en aquel maldito templo del Nepal, recordó la sangre naciendo de las paredes y las sonrisas perversas de los monjes mientras deslizaban un cuchillo por su piel desnuda. De pronto recordó las torturas, los monstruos de pesadilla que poblaban los rincones, aquella vez que se escondió en un barril de la bodega para evitar que la atraparan. Recordó que intentó huir con Rox, que el destino las dejó a merced de los demonios con rostro humano y que ellos la asesinaron. Y, por supuesto, también recordó cómo se había hecho la cicatriz.

Se quedó en silencio. El mundo entero había dejado de tener sentido, y a la vez lo había cobrado de pronto. Ya sabía qué tenía que hacer. Ya sabía cómo salvarse, cómo escapar de sus pesadillas, cómo volver a encontrarse con Rox. Emma cogió la escopeta, se sentó en la cama y cerró los ojos. Inspiró hondo y empezó a cantar London Bridge is Falling Down, repitiendo el estribillo y todas sus variantes hasta que no pudo recordar ninguna más. Su voz era lo único que mecía el aire, pues ni siquiera los pájaros se atrevieron a cantar.

Entonces colocó la escopeta contra su garganta, sintiendo el frío del metal contra su piel, disfrutando de la forma en la que el cañón encajaba perfectamente con el centro de su cicatriz. «No te preocupes, Rox. Ya lo he entendido. Ya sé cómo salir de aquí.»



13-Un personaje se despierta con una cicatriz enorme y no sabe cómo se la ha hecho. Haz que recupere sus recuerdos durante el relato hasta que al final descubra la verdad.

¡Buenas tardes! Pues aquí os traigo el decimotercer reto, que esta vez he decidido aprovechar y escribir sobre Emma, uno de mis personajes de rol más antiguos. Y es que este relato está basado en una campaña que jugué hace años, Semper Fidelis, que como os podéis imaginar tuvo un final... algo sangriento. La forma de escapar del ciclo era morir, cosa que Rox consiguió y que Emma no, así que este relato ha sido mi forma de darle un arco de redención. De esta forma, por fin ha podido escapar.

Por cierto, ¿sabéis que la relación de Emma y Rox es una de las más bonitas que he tenido el placer de rolear? Surgió de la nada, tan solo los personajes encajaban a la perfección y había mucha química entre ellas. En esta relación nunca hubo besos apasionados ni confesiones bajo la lluvia, solo una amistad sólida y una complicidad que no hizo más que crecer durante sus... aventuras. Con el tiempo se dieron cuenta de que no podían vivir sin la otra. ¡Al final se casaron y todo! Es la relación menos romántica que he interpretado, y aún así la más auténtica. Algún día escribiré más sobre ellas.

Bueno, que me motivo. Muchas gracias a la master de Semper fidelis y a la jugadora que llevaba a Emma (perdí contacto con ambas, pero os sigo teniendo cariño y a veces me acuerdo de vosotras <3), ya que sin vosotras Emma no sería más que una pieza guardada en un cajón.

¡Nos vemos en el próximo relato, hasta la próxima!

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20 de febrero de 2020

El Rey de Amarillo

(Content warning: Body horror, un poco de gore)

Yo antes era un rey, ¿lo sabías? Prácticamente un dios. No había ser vivo que no se arrodillara ante mí, ni súbdito que se atreviera a mirarme a los ojos. Hasta la misma tierra clamaba mi nombre, Hastur, como el viento silbando entre zarzas secas y el grave retumbar de las cavernas. Yo fui aquel que posó el destino en la palma de su mano, aquel que esculpió en oro su existencia.

Nací bajo una estrella noble y con la promesa de una profecía atada al cuello. «El Hijo de Reyes, El Perpetuo», clamó el oráculo con tan solo escuchar mi nombre. El día que yo nací el mundo se curvó a mi alrededor, o más bien fue entonces cuando el tiempo empezó a ser tiempo. Todo lo que yo tomaba no me podía ser arrebatado y todo lo que yo vencía jamás volvía a latir de nuevo; pues aquello que llegué a poseer nunca me fue regalado sino ganado con el más puro derecho.

Y el poder es capaz de conseguir todo aquello que deseas, pero atrae a los enemigos como la carroña atrae a las moscas. Y no hay mayor satisfacción que la de humillar a aquel que alguna vez puso en duda tu valía, imbuirse en el temor a la muerte que brota de sus ojos. Les derroté, sin más. Fueron incapaces de seguirme el ritmo, de trazar el intrincado patrón de sombras que se cernía sobre ellos. Pronto el mundo entero estaba subyugado por mi mano. Me temían, me respetaban, como insectos lamiendo la suela de mis sandalias.

Pero he aprendido una cosa. No debes matar si no estás dispuesto a morir, pues la Parca es paciente y sus designios son justos. Y la maldición de ser mortal, de llevar una vida de pecado y poder es que, a veces, se crean rencores tan antiguos que desafían toda lógica y todo plan.

Lo que quiero decir es que si matas, si destruyes y conquistas, la muerte acabará tocando a tu puerta. Y debes contestar, sumirte en su abrazo, recibir el puñal en la espalda y la humillación de ser abatido. Debes mirar a los ojos a tu asesino y comprender su dolor, la fiera determinación en su mirada. Sentir el mundo pesado en tus hombros, tanto oro y opulencia para acabar ahogándote en tu propia sangre... Tuve que ver, en un instante, cómo se me arrebataba mi legítimo reinado, mi derecho a la divinidad, el efímero placer de la vida.

Aquel día morí sonriendo, pues yo maté y la muerte se posó en mí. Pero yo no estaba dispuesto a marchar. Yo soy El Perpetuo y ni la muerte puede vencerme.

Me he arrastrado desde el infierno hasta la tumba y rasgado la tierra con las manos desnudas, dejando jirones de piel entre raíces y ramas secas para inhalar el aire frío de la madrugada. Imbéciles. Creyeron que un cajón de madera podría apresarme por siempre, que arrancarme el corazón dejaría inerte mi cuerpo. Me gané tanto odio que arrojaron mi cadáver a un pozo cualquiera en vez de encerrarme en la cripta de mis padres. Ese fue vuestro primer error. 

Hay sangre corriendo por mis venas, densa y oscura, que gotea despacio a través de las grietas de mi cuerpo. Algo perverso tensa mis músculos y arrastra mis huesos, absorbe la luz que proyectan mis ojos. Un pacto maldito y horrores que no deben ser nombrados conforman mi imagen, me arrastran a través del tiempo.

Salí a reclamar mi reinado, pero este cuerpo... este cuerpo enloquece a todo aquel que lo mira. Y no es el terror que despertaba antaño, los cuerpos encogidos y cabezas gachas: es sangre helada y gritos ahogados, la locura que despliego a cada paso. Incluso aquello que llegué a amar terminó profanado. Jamás podré olvidar sus llantos. 

Y el dolor es inmenso. Cada corte y cada miembro cercenado duele sin entumecerse jamás, y las heridas nunca llegan a sanar del todo. Terminé por huir, horrorizado de mi destino, con la vaga esperanza de evitar los espejos y vivir inmortal, de conservar a duras penas la humanidad que aún creía poseer. Pensé que podría salvarme.

Pero se corrió la voz del monstruo que vagaba por las tierras del Rey, de la bestia que dejaba a su paso un velo de enfermedad y muerte; pues todo lo que yo tocaba se resquebrajaba como hojas secas. Ahí llegaste tú, el Héroe, el Misericordioso, el que tuvo la bondad de abatir al engendro y de entregarle paz a su alma. Tomaste mi cráneo para engarzarlo en oro y mandaste quemar el resto, rezando a la luz de una hoguera negra, pensando que el fuego me desvanecería del universo. Que así el mundo dejaría de estar maldito. Yo también lo pensé, y en la lucidez de la agonía no tuve más que esperar a la Parca. 

Pero sabes, incluso aunque me mates yo jamás podré morir. Aunque me cortes el cuello y desmontes mi cuerpo, aunque pierdas cada harapo y cada vena, aunque mis huesos triturados se los lleve el viento... yo no puedo morir. Siento cada célula de mi cuerpo, dispersa y herida, llamándose unas a otras y pidiendo clemencia. Tu dulce misericordia me ha traído el más infiel de los infiernos, el terror de lo incontable. El universo me ahoga y me somete, me humilla a cada instante, el tiempo se clava en mis entrañas y ni siquiera puedo gritar. ¿Cómo puede vivir un ser con tantas partes, cómo puedo existir siendo cenizas? Cada instante que añoro la muerte es una certeza más de que esta nunca llegará, una condena a la demencia si tan solo un monstruo como yo pudiera estar loco. Al menos me queda el consuelo de ser eterno.

Yo soy El Perpetuo y mi alma se filtra como veneno entre la arena, así que recuerda mi nombre. Cierra los ojos, ¿puedes oírlo? Hastur. Como el susurro del viento que mece los bosques, como el profundo retumbar que canta la tierra...




8- Haz una historia en la que tu protagonista siga el arco emocional de Edipo.

Bueno, lo admito: me he divertido demasiado con este relato. Después de los cuentos de fantasía de las últimas semanas necesitaba algo más indulgente y drámatico, como una válvula de escape. Y es que a veces una necesita escribir lo que le sale del alma, sin más.

El tema era el arco emocional de Edipo, que se describe como una caída, un ligero ascenso y una caída de nuevo. Es un arco que hace mucho hincapié en el destino y en la mala suerte, y sobre todo en las consecuencias negativas que tienen nuestros actos. No sabía si iba a ser capaz de reproducir este esquema, pero creo que más o menos lo he conseguido. ¡Al principio de esta semana ni sabía lo que era un arco emocional!

Además este relato tiene muchas, muchísimas referencias a obras que admiro o que he disfrutado esta misma semana. Además de Hastur, que es un dios Primigenio del universo de Lovecraft, ¿Eres capaz de pillar más referencias?

En fin, hasta aquí el reto de esta semana. ¿Te ha gustado este tipo de relato o es demasiado melodramático? Puedes dejarme un comentario con tu opinión, reviews...

¡Nos vemos en el próximo relato!

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