4/11/2026

La migración de la mariposa - Parte I

Aquel día el viejo Kristán viajaba incómodo en su carro, y no porque fuera un mal día. El camino estaba seco y despejado, y la clara luz de otoño iluminaba el paisaje sin llegar a deslumbrar los ojos. Las sombras del bosque danzaban entre la hojarasca verde y roja, la brisa mecía suavemente las copas de los árboles. El verano había sido indolente con sus lluvias, el barro estaba seco, y las temperaturas habían bajado lo justo para que la fina camisa de lino no se pegara al torso del sudor. Incluso su burro estaba más manso de lo habitual. A todas luces era un buen día, y en un buen día como este Kristán viajaría con una sonrisa de oreja a oreja. Se quitaría el sombrero para que la luz del mediodía le calentara el rostro, cantaría canciones obscenas a voz en grito e incluso se hubiera echado una siesta mientras dejaba que el burro, que hacía ese camino a diario, se detuviera a pastar los brotes tiernos a los lados de la carretera. Pero no era un día cualquiera. Aquel día Kristán avanzaba en silencio y sin desviarse, porque no viajaba solo. 

En la parte trasera del carruaje, entre las cajas de manzanas, huevos y paja, se acurrucaba una mujer menuda y silenciosa que observaba las lindes del bosque como un depredador oportunista. Tenía el pelo negro trenzado hasta la coronilla, donde los rizos empezaban a caer en cascada hasta cubrirle los hombros, y su cuerpo estaba envuelto en una manta gruesa, así que lo único que veía de su figura era el rostro apoyado contra la madera y sus ojos ambarinos examinando el bosque. No pronunció palabra desde que se había subido al carro y Kristán tampoco intentó darle conversación. Había hecho ese trayecto a solas durante años y así esperaba que fuera durante el resto de sus días, pero aquella vez no fue capaz de negarse a llevar a la pasajera.

El día anterior Kristán hizo su habitual ronda por los pueblos cercanos, vendiendo mercancía y transportando cargas ajenas a cambio de un puñado de monedas. Los caminos eran seguros, pero los pueblos brotaban donde podían, entre los huecos entre los valles y las laderas menos empinadas, así que los viajes entre las localidades eran largos y sinuosos. La gente pagaba bien por ahorrarse el tedio del trayecto, y así se ganaba Kristán la vida desde que alcanzó la mayoría de edad y su padre le regaló el burro. Los días se acortaban cada vez más y la noche cayó temprano, así que se refugió en la taberna de siempre, la misma en la que había pasado cada séptimo día desde que empezó a hacer sus rondas. Cerveza fría, estofado de liebre y un bardo al que le pesaban los años en los hombros, mas no en la voz. Aquella tarde no escuchó música alguna. En su lugar se encontró con un silencio extraño, el de un alboroto convertido en susurros, como si las palabras fueran brasas después de un incendio. En la puerta, dos mujeres fumaban mientras charlaban.

—Seguro que es una bruja —susurró una de ellas, mirando de reojo a Kristán mientras este pasaba a su lado—. Tiene un pacto siniestro con algún demonio. A mí me da mala espina.

—No seas estúpida, ¿no le has visto el familiar? —respondió la otra, señalándose la frente—. Esa chica tiene pinta de hechicera. O erudita, incluso.

Kristán entró sin mediar palabra y se encontró con un cerco de parroquianos que murmuraban entre ellos. Rodeaban al bardo local, al que Kristán conocía como Caleb el Cascotes por un accidente que sufrió en su juventud y del que se negaba a hablar, pero cuya cicatriz irregular en la frente delataba sin necesidad de palabras. Yacía de rodillas en el suelo y lloraba ante una mujer que no había visto jamás. El instinto le llevó la mano al cinto y posó los dedos sobre el pomo del cuchillo.

La mujer, que estaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, tenía una expresión indiferente en el rostro. Vestía ropas oscuras y holgadas, cubiertas de manchas secas, y de su cuello colgaba un pesado rosario de cuentas rojas y espinas. Parte de su cara estaba cubierta por una mariposa anaranjada, tan inmóvil que por un instante la confundió con un elaborado broche. El bardo lloraba y tartamudeaba, pero Kristán se dio cuenta de que, entre las muecas compungidas y los ojos rojizos, sus labios se estiraban para formar una amplia sonrisa. Se acercó para escuchar la conversación.

—De verdad, no sé como podríamos pagarle semejante milagro —balbuceó Caleb, al que nunca había escuchado con la voz tan quebrada—. Permítame que al menos le entregue algo.

—Y le vuelvo a repetir que no es un milagro —respondió la mujer en un tono que denotaba una ligera irritación—. Su afección era completamente curable en manos de un profesional adecuado, no hay más. Ahórrese sus ahorros.

—¡Aún así! Que mi dulce Cecilia pueda ver... ¡Kristán, amigo mío! Coincidirá usted conmigo en que esto es un milagro.

—¿Ceci...? —Kristán buscó con la mirada a la rechoncha mujer del bardo, que también era una de las taberneras. La encontró sentada en una de las sillas de la barra, rodeada de mujeres sollozantes a las que miraba embelesada. El velo opaco que había cubierto sus ojos años atrás había desaparecido. Cruzaron miradas. Por supuesto, ella no lo reconoció a él, pero le dedicó la misma sonrisa incrédula que al resto. Se rascó detrás de la oreja—. Milagro o tratamiento, sea como sea: si ha curado usted a Cecilia, se lo agradecemos. Es una buena mujer.

Kristán aprovechó la ocasión para observar más detenidamente a la desconocida. Se dio cuenta de que uno de sus brazos no era de carne, sino de cobre y madera. Sus falsos dedos estaban ligeramente flexionados sobre la tela, sin llegar a sujetarla del todo. Por la forma en la que el jersey se hundía en sus hombros, parecía que le faltaba todo el brazo izquierdo. También se fijó en el colgante del rosario y reconoció la figura de una pequeña Dama de Hierro.

—Caleb, no seas asno. —Le ayudó a levantarle y señaló con el mentón el rosario—. Seguro que una mujer de fe como ella preferiría que ese dinero se donara a la caridad. Hay una parroquia de la Dama de Hierro en las Tres Líneas que seguro que lo aprecia.

—Puede hacerlo si lo desea, pero no es necesario. —La mujer esbozó una sonrisa humilde mientras se llevaba la mano al pecho y cubría el rosario con los dedos, como si se hubiera acordado de pronto de que estaba ahí—. Su gratitud es más que suficiente. Si quiere compensarme, puede invitarme a cenar.

La multitud empezó a dispersarse en pequeños grupos y poco a poco regresó la normalidad a la taberna, aunque sin música en directo y con muchas más miradas de reojo de las que Kristán estaba dispuesto a tolerar. Llevó a Caleb y a la desconocida a la mesa más apartada del local, junto a una estupefacta Cecilia que no hacía más que sonreír, y mientras la pareja se abrazaba y lloraba aprovechó para pedir la cena para los cuatro y una cerveza para él. La mujer, que se presentó a ellos tan solo usando su nombre de pila, explicó que era una médico ambulante que viajaba de pueblo en pueblo prestando sus servicios. Su acento revelaba que era del norte. Mencionó que llevaba un largo tiempo viajando, pero no especificó mucho más. Luego se quejó de lo difíciles que eran los caminos por la zona. Kristán se dio cuenta de que sus pies también eran de madera. Sintiéndose obligado a corresponderle de algún modo, y ante la vehemente insistencia de Caleb, se ofreció a llevarla al próximo pueblo. En cuanto accedió, la mujer se despidió de ellos y se fue a dormir. Al día siguiente se la encontró sentada en su carro, acomodada entre los fardos de paja. Salieron del pueblo al alba, en silencio, y en silencio hicieron casi la mitad del camino. Pasaron horas hasta que escuchó por fin su voz.

—Me bajo aquí —habló de pronto la mujer—. Detén el carro.

—¿D-disculpe?

Se giró para mirarla mientras tiraba de las riendas y el burro aminoraba su paso. La encontró observando un pequeño escarabajo que se había posado entre los dedos de su mano diestra. El insecto, de un color verde brillante, echó a volar en cuanto ella sacudió la mano. La mujer le devolvió la mirada con una sonrisa serena.

—Sí, aquí. No hace falta que me lleves al pueblo.

—Señorita, no hay nada en millas a la redonda. —Kristán se rascó la barbilla mientras ojeaba el bosque a su alrededor—. A pie y en su condición tardaría días en encontrar el siguiente pueblo. Si quiere ir a otro lugar...

— No se preocupe.

Kristán dejó caer los hombros y suspiró. Había un motivo por el que se negaba a viajar acompañado y es que, de todas las virtudes de las que podía jactarse, el don de gentes no era una de ellas. El equipaje no le hablaba ni le hacía peticiones absurdas, y tampoco tenía paciencia para convencer a una desconocida de que sería pasto para los lobos si no llegaba al siguiente pueblo antes de que cayera la noche. Se tomó unos segundos para inspirar hondo antes de bajarse del carro y ayudar a descender a la mujer. Esta se puso en pie con paso inseguro, apoyándose en su bastón.

— Muchas gracias por el viaje. —Esbozó una sonrisa de disculpa y sacó una pequeña bolsa de oro. Comenzó a contar monedas, las volvió a echar todas en la bolsa y le entregó el monedero lleno a Kristán—. Tenga. Por las molestias.

Kristán extendió la mano para tomar la bolsa. No entendía mucho de gentes, pero sí de oro. Con el peso de esa bolsa se podrían comprar unas cuantas semanas de viaje, o una mula nueva. Desde el otro lado del carro, su burro pifió con desagrado. Guardó el monedero sin discutir. Aún así, era inevitable que encontrara toda la situación algo siniestra, como si estuviera siendo partícipe de algo mucho más lúgubre que una mera transacción. A plena luz del día, meciéndose con el bastón de madera y con las pesadas ropas ocultando las extremidades cortadas, la mujer parecía un espectro. La mariposa en su frente le cubría la mitad del rostro.

— Señorita, disculpe la pregunta, pero la gente en el pueblo habla mucho y a mí me gusta ser cauto. —Kristán tragó saliva y afiló la expresión, pero no llevó la mano a la espada—. ¿Es usted una bruja?

— Últimamente me lo dicen mucho —se rió, dejando ver el hueco entre sus dientes en el que debería haber un colmillo—. Pero no. Solo sé algunos trucos.

La mujer se despidió con la mano de madera antes de adentrarse en el bosque y perderse entre la maleza. Kristán la vio marchar y no regresó al carro hasta que el ruido de sus pasos irregulares se desvaneció por completo. Retomó el camino, aún en silencio. No se dio cuenta, pero los insectos que moraban la paja desaparecieron lentamente, y también las moscas que se posaban en los párpados del burro. Las termitas abandonaron las grietas de madera, la tela de araña en la esquina del carro también quedó desierta. Incluso las pulgas de sus calcetines estaban dándole una tregua. El día era claro, el camino estaba seco, el bosque bailaba con las primeras brisas de otoño. Aquel era, sin lugar a dudas, un buen día. Aún así, Kristán no se atrevió a cantar hasta bien entrada la noche.




Para conmemorar el fin de la campaña de Cien Sueños, y por tanto el fin de Cendra como personaje jugable, he decidido escribir una serie de relatos para contar lo que fue de ella después de las aventuras. En total son tres relatos, sucesivos cronológicamente, pero cada uno con su propio estilo y punto de vista. Este es el primero.

3/15/2026

Hyperēphania

Dos días después de la muerte de Ireena Kolyana, bajo la hiriente luz de la luna llena, una sombra desciende sobre Barovia. El caballo alazán se posa ante las desvencijadas puertas de la Abadía de la Santa Markovia, y su jinete desmonta dejando a su paso un rastro oscuro de ceniza sobre la nieve. La capa gruesa y ornamentada barre sus huellas, que se detienen a escasos palmos de la verja entreabierta. No anuncia su nombre ni su presencia, ni toca los barrotes que le cortan el paso, pero mira con interés la tenue llama que se asoma desde la garita de guardia. El monje que custodia las puertas duerme hasta que el caballo relincha de impaciencia, y solo entonces se despierta con un gruñido, alza la cabeza y observa al visitante con ojos entreabiertos. Después corre sin mirar atrás. El vampiro no puede evitar sonreír. En su lugar, unos minutos más tarde, regresa una mujer esbelta, de pelo negro y facciones angulosas, que cruza los brazos con una resignación desafiante. Esto le hace sonreír aun más.
— ¿Y bien? —habla la mujer, que se coloca justo detrás de la verja.
— No nos conocemos —responde el vampiro con voz melosa—, pero creo que no es necesario que nos presentemos. Usted ya sabe quién soy yo, y yo no necesito saber quién es usted. Cortesías aparte, le traigo un regalo.
El hombre toma de su bolsillo un pequeño saco de terciopelo con delicadas flores bordadas y lo deposita en la palma de su mano. Con un gesto teatral, deshace el lazo que lo mantiene cerrado y la tela se desborda entre sus dedos. En el centro, acomodado entre el grueso paño, resplandece una gema blanca y brillante.
— Ha llegado a mis oídos una historia terrible, una tragedia que ha devastado la paz en vuestra congregación —susurra, haciendo rotar el diamante con la yema de los dedos—. Una joven e inocente mujer ha muerto a manos de un monstruo, pero su alma aún yace atada a su cuerpo. Una piedra como esta bastaría para devolverle la vida. Bendito sea el señor de la mañana por este milagro.
La mujer examina el diamante a través de los barrotes, aunque sus ojos no pueden evitar recorrer los demás detalles que componen la figura del vampiro. La espada que porta en su cadera, que oculta a medias bajo la capa, la plétora de joyas que decoran su cuello y sus dedos, su piel deslucida y sin arrugas. Algo en él emana un poder antinatural, como si todos y cada uno de sus rasgos estuviera maldito.
— No pienso llegar a ningún trato con usted.
— Oh, joven, creo que me ha malentendido —el vampiro ríe mientras guarda el diamante en el saco—. No espero nada a cambio. Sé muy bien que mi reputación me precede, y que es difícil acallar todos los rumores que hay sobre mi persona... pero soy un hombre honesto y, como todos ustedes, quiero lo mejor para Ireena. No hay nada que me pese más que la injusticia de la muerte.
Se arrodilla y deja el saquito en el suelo, a meros centímetros de la línea que dibuja la cancela. Después se incorpora y da un paso atrás, con una sonrisa dolida dibujada en los labios.
— Tan solo pido que lo usen para salvar la vida de una mujer inocente.
La monja sostiene su mirada unos instantes más, estudiando con cuidado la expresión afligida del caballero, y finalmente se agacha para recoger la joya. La nieve ha humedecido el exterior del terciopelo, pero la piedra sigue intacta y refleja la luz de la luna con un brillo casi extraordinario. La mujer vuelve a cerrar el saco, lo sopesa con una mano, y lo aprieta con tanta fuerza que la propia gema amenaza con cortar la tela.
Y entonces lo lanza al vacío. La bolsa describe un arco en el aire antes de caer por el precipicio, golpeando rocas y raíces rotas a su paso. El viento de la montaña consume de inmediato su eco, y la piedra se pierde en la oscuridad. El hombre no puede evitar esbozar una mueca de disgusto, que rápidamente reemplaza por una sonrisa torcida.
— Creo que está usted tomando una mala decisión. Puedo comprender que no quiera aceptar mi ayuda, pero ha despreciado un objeto muy valioso. ¿Quién sabe cuántos más hay en esta tierra?
La monja se encoge de hombros. El vampiro sonríe aún más, y la piel alrededor de sus labios se tensa.
— No se preocupe, no me ofendo con suma facilidad. Les enviaré un nuevo diamante, sin ningún tipo de compromiso, y confiaré en que lo usen para sus buenos fines. 
— Prefiero dejar que esa niña muriera antes que aceptar el regalo de un demonio.
El aire silba alrededor del vampiro, que sorbe el aire entre los afilados dientes, y a duras penas mantiene alzada la sonrisa condescendiente. Se frota los dedos. El chirrido de la piel resuena como guantes de cuero.
— ¿Y vosotras os decís sucesoras de la Santa Markovia...? —escupe las palabras con cuidadoso desprecio—. Tendréis las mismas agallas, pero también el corazón podrido y carente de bondad. Quiero hablar con el abad. Él es un hombre de moral recta, y entenderá que resolver este asunto cuanto antes nos conviene a todos.
— El abad ha dicho que se niega a hablar con una repugnante rata como tú — replica la mujer, riendo—. Por eso estoy yo aquí. En esta abadía casi todo el mundo te teme, majestad. Pero absolutamente nadie te respeta.
El vampiro deja de frotarse los dedos, y en un instante el cielo se resquebraja con un estallido que ilumina la noche y se clava a sus pies. La monja cae al suelo y se hace el silencio. El ambiente empieza a oscurecerse con el velo de una lluvia fina, que poco a poco va ganando intensidad. A lo lejos, el primer trueno repica como una campana funesta.
El hombre deshace su camino con postura tensa e ira vagamente contenida, y vuelve a montarse en el caballo. Se aleja de la abadía de la Santa Markovia, dejando atrás la lluvia, el viento, y el cadáver carbonizado de una mujer a sus puertas. Dos días después de la muerte de Ireena Kolyana, se desata la tormenta en Barovia.

2/09/2026

Fiero y Santo

Posibles spoilers para La Maldición de Strahd, aunque, si os soy sincera, me he inventado la mitad.

Pasos, pasos, pasos. Las pisadas de los visitantes resuenan en las paredes de la abadía, y sus voces trepan por las venas de arcilla que unen los ladrillos de piedra. Patrina escucha, siente el temblor de su presencia entre las muescas de granito, se imagina sus rostros encapuchados y cubiertos de nieve atravesando el claustro. No es habitual recibir visitantes en la abadía de la Santa Markovia, y menos a altas horas de la noche, pero el abad siempre abre sus puertas a los puros y a los valientes, a los fieros y a los santos. Sus palabras se enredan con la música agonizante del arpa, con el baile interrumpido y con el crujir de la madera bajo el peso de las armaduras.

Cuando los visitantes se dispersan, ocupando camas vacías y habitaciones solitarias, la abadía retoma su incompleta y habitual calma. Escucha el murmullo de las hermanas en la misericordia, y la lira de Miguel tañendo los últimos acordes de la noche. Patrina se tiende en el suelo de piedra fría, y sus manos recorren los caminos entre las baldosas. Aquí la paz de la noche no reside en la oscuridad, sino en el silencio que afila el resto de sonidos. El rasgar de las uñas contra relieve de la piedra, el mover de la tela sobre su pecho, el repicar de su propio corazón. Pero hoy la noche se alarga más de lo debido, y pasos recorren un pasillo que solo se visita de día.

Una figura se detiene frente a su puerta. Patrina escucha el roce de la ropa y la respiración contenida, pero nada más. Aun así, y no sabe bien cómo, es capaz de notar sus ojos llorosos, su claro halo verde empañado de dolor. Vasilka no tendrá voz, pero se balancea al caminar y siempre acomoda sus dedos sobre la misma muesca de piedra; y eso la hace tan reconocible como las demás. La anacoreta se arrastra hacia el umbral y se muerde los labios antes de hablar.

— Vasilka —susurra Patrina contra la puerta de piedra—, mi querida hermana. ¿Qué te aflige? ¿Te han hecho daño? ¿Han sido los visitantes?

La respiración de Vasilka es tensa, entrecortada. Emite un gemido angustioso y leve que hace eco en el hagioscopio. Después se apoya contra la abertura en la piedra y, durante un instante, Patrina es capaz de sentir su presencia más allá de la voz. Solo tiene que tirar un poco para que la mente de Vasilka se deshilache ante ella, para sentir lo que ella siente y para ver lo que sus ojos recuerdan.

Ve un rostro hermoso, sin costuras.

— Tatiana —suspira, casi temiendo pronunciar su nombre—. No es ella, pero se parece tanto... ¿Está aquí, querida Vasilka? ¿Son suyos los pasos que atormentan esta abadía?

Vasilka entrega su angustia, la imagen de los visitantes escoltando a la mujer de cabellos rojos y porte firme, y la entremezcla con su propia imagen raída en el espejo. Ojos de un verde cambiante, pelo castaño y cobrizo, la piel fina con marcas dispares que cubren la masa de carne ajena... y el dolor que lo empaña todo, como lágrimas frías en una tormenta de nieve.

Patrina se aleja y regresa la paz. Sus cuencas vacías se acomodan en la oscuridad, deja a Vasilka llorando al otro lado mientras se deja caer en la cama. Ahora entiende la inquietud que acompaña la noche, el zumbido extraño en el aire. La sombra de sus garras alcanza incluso los lugares más puros, piensa, y las oportunidades se arremolinan como hojas en un vendaval. Y sería sencillo atravesar su puerta y blandir la espada, pero tendría que romper el cascarón de piedra y plomo que juró no abandonar jamás. Regresarían las voces, y la luz. Él podría verla.

— Vasilka —murmura con voz queda, casi imperceptible—, baja al cobertizo y trae una de las cabezas. La que parezca más despierta. Déjala frente al hagioscopio, en la bandeja, y échate a dormir.

La figura se agita en el pasillo, insegura. La música cesa. Durante unos segundos el titubeo se hace evidente, y Patrina nota que el hilo se le escurre entre los dedos. La oportunidad brilla y se desvanece como una estrella moribunda. Así que se abalanza contra la ranura en la piedra, uñas clavándose contra la prisión, y se aferra a los últimos instantes de magia antes de que Vasilka pueda dar un paso atrás.

— Vasilka —repite, con una inflexión sofocante que hace temblar el aire y que solo Vasilka puede escuchar—. Tráeme unas manos que pueda manchar con la sangre de Tatiana, y volveremos a dormir en paz.

8/03/2025

Alas negras

Posibles Spoilers para La Maldición de Strahd.

Adrian los vio marchar desde lo más alto del tejado, nada más despuntó el amanecer. Las filas de viñas y ramas secas se habían cubierto de un rocío brillante, y la bruma de la mañana se deslizaba por las colinas como un oleaje lento y tranquilo. El grupo de aventureros había dejado un sendero de hierba aplastada y húmeda al descender por el valle, y sus huellas embarraban el camino allí donde habían tomado el carro para regresar a la ciudad. Además del ocasional graznido de los cuervos y del lejano traqueteo del carromato, los viñedos se encontraban en calma. Adrian esperó a que la silueta de los expedicionarios desapareciera entre los árboles, y solo entonces descendió del tejado y atravesó la ventana de la cocina.
—Ya se han ido, padre.
—Bien. Ya era hora.
Davian Martikov era un hombre grueso, solemne y cascarrabias. Sus hijos se habían acostumbrado a su trato áspero y eran capaces de ver la ternura que escondía bajo los gruñidos y los ceños fruncidos, pero su actitud brusca no le ayudaba a la hora de tratar con desconocidos. La noche anterior había sido un claro ejemplo de ello.
—Revisa el claro donde han acampado esta noche —añadió Davian, sin levantar la mirada de la pila de platos que estaba fregando—. Y que uno de los nuestros los vigile, al menos hasta llegar al Reposo.
Adrian se deslizó desde el alféizar y se sentó junto a su hermane, que le lanzó una mirada de consternación y le hizo un gesto con el mentón en dirección a su padre. Adrian se encogió de hombros, lo que hizo que Elvir suspirara con gesto exagerado y se aclarara la garganta antes de hablar.
—Padre, ¿no crees que es un poco... excesivo?
Davian estampó un cuenco de madera enjabonado sobre la encimera, y las blancas salpicaduras de espuma brotaron a su alrededor.
—Esos niños nos han amenazado, Elvir.
—También han salvado nuestra casa y nos han devuelto nuestras tierras...
—¡Destrozadas y arrancadas de sus raíces! Hay cadáveres en el patio donde juegan mis nietos, muebles y puertas destrozados que a duras penas sirven para leña... ¡Y encima dejáis que se lleven nuestro vino!
Incluso de espaldas se podía apreciar que el rostro de Davian se estaba volviendo rojo de rabia. Elvir pellizcó la oreja de su hermano y le susurró al oído.
—Adrian, di algo, que lleva así toda la mañana...
—Papá —alzó la voz el hermano mayor—, los aventureros nos han ayudado a librarnos de los salvajes y, además, van a entregar a Krezk todos los barriles de vino que les debíamos. Entiendo que sus formas no han sido las mejores, pero tampoco han pedido nada a cambio...
—¿Nada a cambio? —Davian se giró de golpe, y su mueca de disgusto se ocultaba a duras penas bajo la barba blanca y gris —. Niño, no seas ingenuo. Querían el vino porque necesitaban un salvoconducto. Bien saben que la Santa Ciudad Fortificada de Krezk no iba a dejar entrar a semejante panda de maleantes sin una buena excusa bajo el brazo. Ahora viajan bajo nuestro estandarte, y todas las fechorías que hagan en ese pueblo mancharán nuestro nombre.
—Muriel dijo que eran de fiar, que la salvaron de los espantapájaros...
—Muriel es una buena chica, pero alocada, y en ocasiones su criterio flojea por su buen corazón —el rostro de Davian se suavizó de forma casi imperceptible, pero lo suficiente como para que sus hijos lo percibieran—. Es mi obligación, como Guardián de las Plumas, juzgar en última instancia las intenciones de nuestros allegados. Y os digo que ese grupo no se trae nada bueno entre manos.
Adrian bajó la mirada a la mesa. Había ido a recibirles la primera vez, cuando aparecieron entre los árboles con Stephania y su marido, sanos y salvos. Portaban una ilusión y orgullo desmedidos. Los cuervos cantaban, y en sus melodías solo había alabanzas y proezas dignas de héroes. Había ansiado conocer a aquellos que se habían enfrentado al aquelarre de brujas para liberar a unos huérfanos, a los que habían liberado a un niño de su demonio, a los audaces aventureros que habían plantado cara al mismísimo Señor De Las Tierras y habían sobrevivido para contarlo, no sin antes someter al descanso eterno a varios de sus siervos... Y llegaron, con sus armaduras pulidas y sus artes arcanas, prometiendo liberar su hogar. Los cuervos también cantarían sobre aquello.
Pero Adrian los había visto marchar, y entonces solo quedó un rastro de muerte. Se llevaron la gloria, pero dejaron atrás el recuerdo de una ballesta apuntando a su padre, una mirada altiva, unas mentiras veladas bajo sonrisas amables. "No nos respetan", pensó entonces, y de repente la imagen de los héroes se reveló como formas bajo seda mojada. Un borracho impulsivo, una niña hueca y sin corazón, un paladín con el brillo de la venganza en los ojos, una devota de un dios extranjero, y esa criatura de los bosques sobre la que se narraban fábulas a los niños. Hombres y mujeres despreciables, con bendiciones infames sobre sus hombros. Si aquel grupo decidía hacerles su enemigo, no tendrían forma de oponerse a ellos. Si se desviaban del camino del bien, si de algún modo su lealtad cambiara y empezaran a servir al Señor...
Adrian miró por la ventana, a la bandada de cuervos que picoteaba una pila de huesos. Habían dejado ahí, a la intemperie, a los allanadores que los viajeros habían derrotado. Encontraron sus cuerpos con heridas espantosas, quemaduras y cortes supurantes, y de uno aún no habían hallado la cabeza.
—Mandaré algunos cuervos a que sigan a los viajeros —otorgó Adrian, bajo la mirada de ultraje de Elvir—. Solo por si acaso, para que nos avisen si ocurre algo en la ciudad.
—¡Los cuervos no quieren acercarse a la abadía! —replicó Elvir—. Hace frío, y temen que los cacen. He escuchado que ahí arriba se los comen...
—Irán si se lo ordenamos. —El tono severo de Adrian recordaba al de su padre—. Si es necesario, iré yo mismo.
—No será necesario —intervino Davian, con sorprendente calma en su voz—. Manda a los cuervos, hijo. Gracias.
Adrian abandonó la cocina y el silencio regresó, teñido por el suave roce del paño sobre los vasos de cristal. Elvir se frotó las sienes y se sumió en su derrota. "Adrian heredará los Guardianes de las plumas", pensó, "y Stephania tiene a su marido y a sus hijos. Pero yo solo tengo esto".
—Papá, sin las piedras no somos nada. Los viñedos...
—Los viñedos morirán —concedió su padre, con voz suave y débil. Parecía que los años le pesaban de pronto, y sus hombros se hundían del cansancio—. El vino dejará de regar esta tierra, y su magia quedará perdida para siempre. Lo sé, Elvir. Lo siento.
—Ellos nos podrían haber ayudado. Si les hubiéramos explicado la situación, habrían encontrado las piedras.
—No me cabe duda. ¿Y crees que nos las hubieran devuelto?
Elvir se mordió el labio. Había visto la avaricia en sus ojos. La caja fuerte de su habitación tenía la cerradura rota, y sus contenidos habían sido revueltos. No se habían llevado el oro, pero sin duda la habían abierto buscando algo de valor. ¿Se habrían detenido si hubieran encontrado en su lugar alguna reliquia familiar? Algo como unas piedras alquímicas capaces de alimentar de magia la tierra...
—Iré a buscarlas yo misme —Elvir se levantó de golpe, arrastrando la silla contra la madera—. No voy a permitir que os quedéis aquí de brazos cruzados mientras nuestra tierra se muere.
—Elvir, por favor...
Pero Elvir ya se había marchado en un batir de alas negras. Davian le vio alejarse contra las nubes anaranjadas del amanecer, y los demás cuervos graznaron a su paso. No había nada que Davian deseara más que unirse a ellos, gritar y volar tras sus hijos, obligarles a regresar a la calidez del nido y prometerles que no les pasaría nada malo. En vez de eso, se secó las manos en el delantal y terminó de guardar los platos. A lo lejos los cuervos cantaban, devoraban los cadáveres que los héroes habían dejado atrás.



Esta última partida que jugamos para la Maldición de Strahd fue... interesante. Los Martikov, que en el libro se conciben como aliados para los jugadores, terminan por enemistarse con el grupo debido a una serie de malentendidos y amenazas mal llevadas. Me apetecía mucho escribir un poco sobre las consecuencias de este evento, y también hacer un relato sobre qué pasa cuando una típica banda de aventureros de D&D termina su misión y se marcha, dejando atrás los restos del combate. ¡Espero que os haya gustado!

5/11/2025

Mercurio

Una sola figura se alza en el centro de una sala rodeada de espejos. La luz, tenue y forzada, ilumina su cuerpo sin que proyecte sombra alguna. Solo las pupilas se desplazan, observando uno a uno los reflejos y ajustando su forma en consecuencia. "Los pies no están simétricos", piensa, y gira el tobillo izquierdo en un ángulo casi imperceptible. "La columna, ligeramente curvada, tensa demasiado la piel", así que inspira y contrae los músculos de los costados para erguirse un poco más. El Barong que decora su espalda se retuerce con el gesto, como si acechara entre las sombras. Una ráfaga de aire le recorre los hombros, haciendo danzar las telas que le adornan el pelo, y el cabello dorado se agita deseando fluir. Pero los lazos los atan con fuerza.

"Control. Dominio. Arte."

Un paso. Firme, rápido, severo como un martillo restallando en la forja, y el cuerpo de Mercurio se arquea para adoptar una pose defensiva. Brazos tensos, rodillas flexionadas. Sus ojos miran al frente, gélidos, conteniendo la respiración para evitar dañar la quieta imagen que se refleja frente a él. Uno de los espejos le susurra que el ángulo de sus dedos no es perfecto. Frunce el ceño y una fina arruga agrieta el maquillaje cuando curva un poco más el meñique. Es casi imperceptible, pero siente que se ve mejor así, y con eso es suficiente.

Segunda pose. Alza las manos al cielo y sus piernas se estiran, gráciles, mientras sostienen todo su peso sobre las puntas de los pies. Su cuerpo ansía flotar, pero Mercurio lo detiene en seco y sus músculos obedecen, resignados. La postura perdería el sentido si pudiera elevarse en el aire, si el peso que comprimiera sus tobillos fuera ingrávido. Una ilusión, no una proeza. Así que mantiene la forma hasta que sus piernas arden, y finalmente se obliga a dejar caer los talones.

Un tercer paso, rápido, desliza sus pies en un arco afilado mientras sus manos rígidas azotan el aire. El golpe seco hace brotar un restallido, que tintinea en el ambiente unos segundos antes de desvanecerse por completo. Mercurio observa con rostro inexpresivo la fina grieta que se ha formado en uno de los espejos frente a él. Suspira, aunque no necesite hacerlo, mientras repite el gesto con su otra mano. El espejo se resquebraja aún más, formando un patrón simétrico que se asemeja a una tormenta impactando en la base. 

— ¿Nuevo truco?

La voz resuena detrás de uno de los espejos, y Mercurio no puede evitar sonreír en respuesta. Cierra los ojos al virar la postura en un gesto lento y controlado, más semejante a una danza ligera.

— Puede ser, puede ser —se ríe, dejando que los lazos giren a su alrededor y se enreden en el cuerpo—. Imagínatelo con cristal tintado, en vez de un espejo. Con luces danzantes que reflejen el patrón en el suelo y en las paredes...

Mercurio extiende los brazos en dirección a la voz, y de sus pies surge una sombra serpenteante que agrieta el suelo con un sonido ensordecedor, dibujando en la madera un abismo más profundo de lo que permitiría el escenario. Una sucesión rápida de pequeñas esferas de luz empiezan a brotar en el margen de los espejos, como frutos en una enredadera, y sus rayos atraviesan el cristal quebrado para deshacerse en arcos de colores que surcan los precipicios. Mercurio sigue la forma con las manos, y finalmente traza el semicírculo con la punta del pie, en una patada rápida que parece cortar el aire. Se detiene sobre uno de los puentes de luz, tenso, casi como si pudiera pisarlo, y se inclina para dejar caer su peso sobre la superficie intangible.

— "Y finalmente, el guerrero destierra la oscuridad y logra atravesar el vacío". ¿Algo así?
— Podrías dibujar lo que sea, con magia y sin ella —responde la voz tras los espejos, que parece contener una sonrisa—. Los puentes, los abismos, el paisaje, el escenario al completo. Se podrían contratar decenas de artistas para que hagan un exquisito decorado, los más capaces de todo el país, y ni aún así...
— ¿No sería tan bonito? —aventura Mercurio, deslizando su cuerpo entre el hueco de los espejos para enfrentarse por fin a la voz, a la que mira con ojos brillantes.
— No sería tan perfecto —responde Argán, antes de entregarse en un beso.



¡Tachán! Vuelta a la carga con mis relatitos de rol. Ahora que Cendra se ha jubilado (muy a mi pesar, porque sigo pensando en ella, y la echo tanto de menos...) toca quitarle el polvo a este concepto que tenía en mente: de un bardo de artes marciales, un artista volcado en cuerpo y alma a su doctrina, y así nació Mercurio. Solo he jugado una partida con él, en la que pude lucir su arte con todo lujo de detalles, pero el tiempo dirá lo bien que encaja en la partida con el resto del grupo.

2/28/2025

Dama de hierro

No pasó mucho tiempo hasta que se establecieron las primeras capillas de la Dama de Hierro en el subsuelo. Haciendo eco de sus raíces clandestinas, los altares se alzaron alrededor del alcázar al abrigo que otorgaba la piedra, siempre ocultos de la luz del sol. La fe los había hecho brotar en rincones anodinos de las casas, en esquinas vacías de callejones cuestionables; y los más afortunados habían conseguido hacerse con una habitación entera para su devoción. Aunque las imágenes de la Dama de Hierro aún yacían enterradas en el hielo, y los bancos de las iglesias habían ardido al caer el invierno, la nueva ciudad se había hecho con sus propios símbolos y reinaba un consenso de solemnidad en aquellas estancias. En medio de la guerra y atrapados en su propia tumba, el pueblo alentaba más que nunca el culto a la muerte.

Una de esas capillas, la más grande, se encontraba protegida por un caballero al que nunca se le había visto sin la armadura; portando una llama que, como él, jamás parecía apagarse. Su mitificada presencia había ensalzado aquella cabaña destartalada hasta convertirla en la capilla principal de Zulc. Se había vuelto habitual citarla como punto de encuentro para sus habitantes, y a menudo se organizaban comidas y distribuciones de suministros a su alrededor, acogiendo por igual a los fieles como a aquellos no tan involucrados en el culto. Así que no era raro ver a la doctora merodeando por esa misma capilla, intercambiando rápidas palabras con el caballero o saludando a sus pacientes mientras almorzaba en uno de los bancos de la iglesia, despreocupada y de espaldas al altar. Siempre iba con prisas, arrastrando con afán el pie izquierdo como si el bastón que llevaba a todas partes no le sirviera de nada. Tampoco le gustaba que le llamaran doctora. "Enfermera", corregía en un susurro que arrugaba en exceso sus cejas, "trato con pacientes, no con enfermedades, así que soy enfermera". Aun así era la persona a la que se recurría cuando se necesitaba usar un bisturí, y todos los días sus ropas regresaban con manchas de sangre seca entre los pliegues, camufladas entre los coloridos patrones de su falda.

Un día la doctora había empezado a llevar un rosario recubierto de espinas. Ni siquiera se sentaba a rezar, pero portaba aquel ostentoso objeto de devoción con una naturalidad irreverente. Jugaba con las cuentas en sus momentos libres, o mientras charlaba distraída, haciéndolo girar entre los dedos de su mano diestra. A veces hablaba con el caballero Syvos sobre la vida en la capilla, y observaba con interés los ritos que en ella se desenvolvían, pero siempre como una figura distante, desconectada de la liturgia. A su alrededor los habitantes de Zulc rezaban en silencio, lloraban por igual a los vivos y a los muertos, buscaban consuelo y cuidados en todo aquello que la doctora no podía sanar. Ella lo comprendía, y les acompañaba, pero nunca participaba.

Se ausentó durante dos semanas. Cuando volvió, lo hizo en silla de ruedas y con el pelo impecable, recién trenzado. Su voz se tornó quebrada, ronca; quieta y áspera como un arroyo moribundo. Entonces era mucho más común encontrarla en la capilla, aguardando en los rincones sombríos de la estancia hasta que uno de sus ayudantes le imploraba que regresara a la clínica, o hasta que tañía la última campana y Syvos la guiaba de vuelta a sus aposentos. Seguía sin rezar, en el sentido estricto de la palabra. En vez de eso se sentaba en alguno de los bancos, con el rosario enredado entre el pulgar y el corazón, y perdía la vista entre la oscuridad entreabierta de la Dama de Hierro que yacía en el altar. A veces murmuraba hacia sus adentros, mascullando disculpas sin un destinatario explícito. Lloraba, en silencio, inclinando la cabeza para dejar que las lágrimas rodaran a través de sus mejillas, con esa disonante mariposa en su cabello cubriéndole parcialmente el rostro. Y miraba, sobre todo miraba. Sus ojos vacíos se enganchaban en el dolor de los habitantes de Zulc, arrastando incluso su aliento hasta que se obligaba a volver a respirar. Cada vez que escuchaba a un niño llorar, o cuando el estruendo de la guerra le hacía volver la cabeza, la doctora miraba y entonces era incapaz de dejar de ver. Sus pupilas se inundaban de un horror insondable y gélido, el peso de una isla entera condenada a un invierno perpetuo. Pronto sus pacientes aprendieron a guardarse su gratitud, ya que había pasado de recibirla con un desinterés formal a devolverles un rostro encogido por la angustia.

Solo rezó una vez, en el funeral de aquel niño afectado por tormento. Aquel día el propio mar parecía haber incrementado su lejano rumor a un canto mordaz y siniestro, imponiéndose al recogido silencio de la capilla. Familiares y amigos lloraron, empapando de dolor las oraciones por el alma del joven perdido. La doctora asistió a la misa, su quieta presencia velada entre vecinos y conocidos, y junto a ellos lamentó y rogó por el consuelo de la Dama. Junto a ellos rezó y repartió los pésames, junto a ellos se arrodilló ante el altar y besó el rosario con labios temblorosos. Y cuando todos se fueron la doctora se quedó atrás. Inmóvil, con la mirada fija en la figura de la Dama que reposaba en el centro de la capilla. Las gruesas pisadas del eterno caballero se le acercaron hasta colocarse a su espalda. Ambos mantuvieron el silencio durante varios minutos, hasta que finalmente la doctora dejó escapar un pesado suspiro.

— "Ni cerrada del todo, ni completamente abierta" —citó Cendra, observando el hueco entreabierto que dejaba ver la pequeña estatua—. Es bonito. Poético, incluso.

Syvos asintió levemente, tan solo delatado por el tenue crujir del yelmo, y habló con voz metálica y distorsionada.

—¿Te encuentras bien?

La doctora se giró, rehuyendo la imperturbable mirada de la Dama de Hierro, y en su lugar alzó la vista al techo. Sus ojos buscaban algo más allá de la capilla y de la tierra, un firmamento oscuro y despejado que dejaba ver todas las estrellas. Respondió, con voz queda y una sonrisa dolida.

—Tan solo me preguntaba si alguna vez veré el cielo.

2/20/2025

Lo que no se pudo decir

"Si estáis leyendo esta carta es porque he sido asesinada por Maleneth Anulef."

La pluma tiembla en el punto final y le deja una fina cicatriz al papel. Mientras la tinta sangra más de lo debido, Cendra mira las palabras que ella misma acaba de escribir y parpadea como si le costara entenderlas. Me lo ha prometido. Esto no va a ocurrir. Y aún así, levanta el trazo y continúa escribiendo.

"No me importa quién se vaya a quedar con mis cosas, pero quiero que lo administre Aegnor Kholin. Él tiene la última palabra. Tampoco hace falta que hagáis ningún funeral."

Aunque no creo que quede nada de mi cuerpo. Lo escribe de todas formas. Una hormiga cruza la esquina del papel y empieza a caminar por su superficie, esquivando las letras secas como si atravesara un despropósito laberinto. Cendra dibuja un trazo curvo para guiarla de vuelta a la mesa. Es la primera que ve en días y se mueve adormecida por el frío, llamada por la promesa de la nueva vida que habita en el subsuelo. Piensa que quizás vino escondida en el abrigo de un refugiado, o atrapada entre las pocas provisiones que se pudieron extraer del hielo, y ahora vaga por la torre en busca de un sustento que no podrá llevar jamás a su hogar. Es una pena. Cendra considera escribir sobre la taberna de sus padres, pero se siente incapaz de pensar en ella como algo que no sea un lugar al que regresar. Aunque sabe que no es cierto, aún siente ese hueco bajo la madera de la bodega como su tumba, y la idea de que otros pasos que no sean los suyos vuelvan a pisar ese suelo le atormenta. Deja la pluma un instante para poder repiquetear los dedos sobre la mesa. Los pensamientos se aceleran.

"Espero que estés satisfecho, capullo. Espero que mi muerte te acerque al Gran Esquema. Piensa en mí cada vez que una araña te grangene la piel, cada vez que un mosquito te arrebate la sangre y solo deje tras de sí veneno y dolor. Las avispas corren de mi cuenta. Y también las infectas babosas que recorrerán tus labios por las noches."

Arruga las cejas mientras contiene en su garganta el sentimiento que le despierta la imagen. No puede evitar pensar en el rostro de Maleneth como era antes, desprovisto de cristales y quemaduras, y recuerda que la última vez que lo vio fue con el feroz deseo de arrancarle los ojos. La mano le tiembla y las letras se tuercen.

"Si Kafka sigue con vida decidle que tenía razón, y que espero que disfrute de ese conocimiento con la más fina astilla de alma que aún le permanezca."

Y nada más que decirle a aquella que ya ha muerto dos veces. Considera dejar palabras para el resto, pero de repente se le antoja innecesario escribir despedidas antes de una muerte que no se espera. Hace rodar la pluma entre sus dedos y la tinta llovizna sobre la mesa, dejando pequeñas pecas parduzcas sobre la madera.

"Os quiero muchísimo. No os olvidéis de mí."

Algo en su interior se remueve, informe e inconforme, y el zumbido en sus oídos se desgañita como cigarras anhelando el verano. La pesada presencia del minotauro en esta torre se hace más evidente, y su sombra se filtra desde el firmamento, entre las grietas de los kilómetros de losas de piedra que les separan. Cendra cierra los ojos. No los necesita para sentir la miriada de insectos que le recorren la piel y le atenazan la garganta, la firme presión invisible que le estruja las costillas. Cuando regresa la mirada al techo el silencio se desata, y la carta yace arrugada entre sus dedos. La desdobla y la aparta con calma, y con la muñeca izquierda inmóvil en su regazo alcanza la última hoja de papel que le queda. La tinta se seca bajo la firme caligrafía y la pluma vuela ligera, despreocupada, coronando la impoluta superficie de la hoja con palabras que Cendra tampoco sabe si creer del todo.

"Si estáis leyendo esta carta es porque he asesinado a Maleneth Anulef."



Este relato lo escribí hace MUCHO tiempo, más o menos al poco de que Cendra llegara a la torre (cronológicamente, va antes que el de Kafka que ya está publicado), porque quería desahogar un poco el miedo que ella sentía, procesar el cambio de situación, y hacer canónicas las cartas que tiene guardadas en su escritorio. Y releerlo ahora, después de lo que ha pasado con Maleneth.... uf. Hasta el título parece cruel.

No lo había publicado hasta ahora porque no lo veía muy interesante, pero lo he releído hoy y me parece curioso ver los dos caminos que consideraba Cendra hace unos meses, y lo que realmente pasó después. 

Dato para cotillas: Estas no son las únicas cartas que escribió.