Mostrando entradas con la etiqueta Suspense. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Suspense. Mostrar todas las entradas

26 de julio de 2026

La migración de la mariposa - Parte II

TW: Este es un relato de Cendra y, como tal, hay menciones a insectos, muertes, heridas, amputaciones, suicidio. En resumen, no es agradable.

La última vez que Cendra pisó la civilización fue idéntica a todas las otras veces en las que ya había intentado dejarla atrás. Se dejó ver por última vez en un pueblo pequeño del sur, animado por las cosechas de otoño y poco habituado a los foráneos, que recibió la visita de la médico ambulante una semana antes de su desaparición. Sus pacientes comentaban que rara vez aceptaba dinero por sus servicios, que su actitud era severa y tosca y que sus prótesis de cobre y madera chirriaban con un sonido espantoso que se escuchaba incluso calle abajo. Había comprado una novela en un mercadillo de segunda mano, que dejó abierta boca abajo en la mesilla del hostal; y el pequeño monedero de terciopelo que había adquirido dos pueblos antes también había sido abandonado en la parte trasera de un carro. Cada vez que Cendra regresaba a los bosques esperaba que fuera la última y por eso dejaba todo atrás. Solo volvía a los pueblos cuando sus pies encontraban un sendero, o le agotaban las inclemencias del tiempo, y solo entonces se resignaba a vivir unos días más. A escuchar el rumor de la guerra en cada voz, a soportar el agudo dolor en sus huesos, hasta que el anhelo le desgarraba por dentro y lo único que podía hacer era marchar de nuevo.
Siempre que recorría los bosques lo hacía del mismo modo: a ciegas, avanzando a tientas por caminos intransitados y vadeando riachuelos que morían antes de llegar al mar. Seguía las hileras de hormigas, leyendo la ruta con la yema de los dedos, y buscaba los rastros que dibujaban los insectos en la arena. Dormía bajo la luz de las estrellas, envuelta en un manto de alas vidriosas, y en verano soñaba bajo el arrullo de las cigarras.
Aquella noche, como todas las otras noches en las que Cendra recorría los bosques, miles de ojos de insectos la observaban vagar sin rumbo. Una hora antes del amanecer, antes de que la luna se ocultara entre las copas de los árboles, cuando el cielo se hubo teñido de un índigo intenso, los grillos ahogaron su canto y Cendra encontró la tumba.
Se encontraba en el centro de un claro, bajo un sauce lánguido y ennegrecido por el moho. Las ramas desnudas se retorcían contra el cielo oscuro y su sombra se dibujaba en el suelo, entrelazándose como la tela de una araña. Y entre las redes de sombras, enclavado en las raíces del árbol, estaba el cadáver. Las raíces habían crecido a su alrededor, atravesándole el torso y aferrándole las muñecas al suelo. Lo envolvían, como manos plegándose alrededor de un ave herida.
Cendra se arrodilló ante el cuerpo, dejándose caer sobre la broza seca. No reconocía el rostro que aguardaba entre la maleza, pero sí su sonrisa. El cadáver tenía los labios quebrados y el rocío se acumulaba entre las grietas de su cuerpo como vetas de sangre cristalina. Extendió la mano y deslizó la yema de los dedos sobre la mejilla. Fría. La cara estaba tirante y deshidratada, y los músculos que la sostenían era delgados e imprecisos. En algunas zonas del cuerpo la piel se ceñía directamente sobre los propios huesos. Con el dedo índice recorrió el contorno del cráneo hasta bajar al cuello. No encontró pulso, ni tampoco sangre que lo portara, pero la tráquea temblaba bajo una respiración errática.
—Kafka —llamó.
Y el cadáver despertó. Sus ojos opacos se movieron recorriéndole el rostro y de sus labios entreabiertos brotó un leve suspiro. Cendra sonrió mientras le retiraba las hojas secas de la frente.
—Hola. Me alegra saber que estás vivo.
—Que respiro —corrigió el cuerpo con voz escabrosa.—. ¿Qué haces aquí?
—Solo quería despedirme de ti.
—Entonces no hacía falta que vinieras —repuso el cadáver, incorporándose todo lo que se lo permitieron las raíces—. Sabes que para mí no hay distancias. Puedo encontrarte en cualquier parte. Podrías irte ahora mismo, todo lo lejos que quisieras, y vivir tranquila. Cuando llegue el momento, lo sabré. Tiraré de la anilla.
—Ya. A eso he venido. —Cendra retiró la mano y la secó en los coloridos patrones de su tela—. Quiero hacerlo yo sola.
Kafka sonrió, y Cendra reconoció de inmediato la expresión satisfecha y empalagosa aunque llevara años sin verla.
—Claro. Cómo no.
La brisa sacudió las ramas y arrancó hojas secas al sauce, que lloviznaron a su alrededor y se dispersaron por el claro. Cendra contempló la muerte, la piel podrida y las ramas marchitas, y también la vida que brotaba de ella. Los escarabajos removían la tierra y las hormigas caminaban sobre la hojarasca. Las arañas reconstruían las telas que había dañado el viento. Los gusanos que se enroscaban entre sus dedos, las larvas que encontraban refugio en sus huesos, los ácaros que habitaban en los tallos secos. Todo latía a un ritmo inconexo que, de alguna forma, resonaba con su propio corazón. Kafka observó con interés un ciempiés que trepaba por su muñeca y tanteaba la piel con las antenas.
—¿Así que esta es tu silla? ¿Tu torre?
—No. Me buscaré un lugar más... adecuado. —Cendra habló mientras se envolvía en la fina capa—. Estoy nerviosa, Kafka. Espero no perder tu anilla.
—No hay nada que perder. Nunca la tuviste, ¿recuerdas?
Cendra resopló. La notaba en sus huesos, el hilo tirante que la había llevado hasta ahí. Su presencia incrustada en lo más profundo de sus entrañas. Quiso tirar de él, buscar cualquier resquicio de su alma que pudiera quemar, sentir de alguna forma que tenía de nuevo su vida en sus manos. En vez de eso, rebuscó en su maletín y sacó un papel meticulosamente doblado. Estaba amarillento por el tiempo y la humedad, y las polillas habían mordisqueado los bordes, pero se habían cuidado de mantener intacto el mensaje en su interior.
—¿Recuerdas esto? —Cendra desdobló el papel para revelar en su interior una caligrafía apresurada que rezaba: "Ha sido más fácil de lo que creía".— Lo dejaste en tu habitación. Supongo que es de aquella noche. No sé por qué lo he guardado todo este tiempo —mintió—. Pero siempre me he preguntado si lo escribiste porque de verdad lo pensabas, o porque sabías que yo iba a encontrarlo.
—Hmm. —Kafka recorrió las letras con ojos entornados y dejó escapar un suspiro pesado—. Creo que tienes razón. Creo que quería que me leyeran. Supongo que antes tenía sentido.
Cendra volvió a mirar el papel, que arrugó con sumo cuidado, y luego de vuelta a Kafka. Su rostro había cambiado tanto estos años que no estaba segura de que él mismo recordara cómo era. Veía en sus ojos una bruma ausente, como si su consciencia apenas rasgara la superficie.
—Sabes, te estuve esperando. Durante años, cada vez que estaba sola, miraba por el rabillo del ojo por si te veía aparecer. Te buscaba cada vez que terminaba de rezar un rosario, cada vez que... —en cada hueso que entregaba, en cada gota de sangre derramada. Cendra tragó saliva—. Dijiste que vendrías a buscarme. Que te vengarías. Que impondrías justicia por todo lo que ocurrió.
¿Por qué nunca viniste?, quiso preguntar. Pero veía la respuesta ante sus ojos. El cadáver reposaba en paz, como si siempre hubiera pertenecido al bosque.
—Así que un día dejé de rezar —confesó Cendra en un hilo tembloroso de voz—. Y lo dejé todo atrás.
Kafka sonrió débilmente.
—Nada de eso importa ya.
Cendra cerró los ojos e inspiró hondo, conteniendo a duras penas el borboteo de emociones que amenazaba con desbordarse en su interior. Se deshizo uno a uno de cada sentir y entre los huecos deshilachados de su mente empezó a brotar algo nuevo. Escuchaba a los insectos zumbando a su alrededor. Los sentía en todas partes; en su piel, en las ramas del árbol, en la tierra, en sus vísceras. Cuando abrió los ojos, Kafka la observaba con la misma expresión indiferente, con la sonrisa entreabierta y la mirada casi perdida. Se inclinó sobre él y, aferrándole el rostro con la mano, posó sus labios sobre los de Kafka. Notó el aire anudarse en su garganta mientras lo besaba con un anhelo desmedido. Se aferró con ansia a su aliento, aunque no sintiera deseo, aunque le dolieran los pulmones, aunque fuera demasiado tarde. Cuando se separó del cuerpo, a Cendra le temblaban los labios y una lágrima se le deslizaba hasta la comisura. Habló, a escasos centímetros de su boca, como si temiera deshacer el aire que los unía.
—Descansa, Kafka.
—Eso es todo lo que necesito.
Dejó caer la mano y, muy despacio, recorrió con la yema de los dedos el espacio entre la clavícula y el antebrazo. Buscó por última vez un pulso inexistente en su muñeca, y después trazó el contorno de los dedos. Todos los huesos estaban mal. Algo dentro de ella sintió lástima.
—Adiós —murmuró Cendra, con lo último que quedaba de su voz.
—Nos vemos luego —respondió el cadáver.
Se puso en pie cuando le empezaron a pitar los oídos. Se tambaleó colina arriba, con el pesado rumor de su corazón nublándole la vista. Un ansia acuciante crecía en su interior, y caminaba como si tuviera que esforzarse para mantenerse entera. Se llevó la mano al pecho, buscando un rosario que no recordaba haber perdido.
—Cendra.
Se dio la vuelta para mirarlo por última vez. La luz del amanecer hacía brillar las gotas de rocío sobre su cuerpo, que reposaba entre las raíces del sauce como si formara parte de la misma tierra. Los huesos sobresaliendo, las cicatrices abiertas, los labios quebrados. Su voz es lo último que escuchó antes de regresar al bosque, atravesando esa sonrisa endemoniada que le partía en rostro en dos.
—Disfrútalo.



He tardado meses en terminar este relato porque Kafka es un personaje prácticamente imposible de abarcar. Espero haberle hecho justicia.

11 de septiembre de 2020

Agencia de Héroes, II

No veía a nadie más. Creí que estaba sola. Al menos, todo lo sola que se puede estar en una escena del crimen, con un cadáver hinchado y de gesto grotesco postrado en la cama. Pero aún así sentía que algo me observaba, algo siniestro que impregnaba las sábanas y se filtraba entre las persianas cubiertas de polvo. Y es que en este mundo de héroes no te puedes fiar ni de tus sentidos ni de aquello que parece obvio, así que tuve que pedir refuerzos. Por si acaso.

La Agencia de Yamane Emi había abierto recientemente, pero ya se había hecho eco entre los agentes de la ley por su reciente éxito en el atraco de Ginza. Yo ya la conocía de antes, y precisamente por eso me sorprendía tanto su fama: Emi no podía ser una buena jefa. Nunca fue una investigadora de nivel, ni una policía portentosa; y sus poderes, aunque interesantes, se quedaban cortos a la hora de luchar contra villanos. Se hizo evidente cuando Emi apareció en el hotel con el tobillo vendado, riendo y alegando que se lo había torcido al caer mientras trepaba una tubería... pero Emi tenía algo especial, y era su capacidad para toparse con talentos extraordinarios. Así que la razón de su éxito tenía que deberse, sin duda, al resto de su equipo.

Y aún así solo vino con dos de sus héroes. Una muchacha tímida, de cabello rosado y mejillas redondas, que se presentó como Nanami Ayaka; y un chico-gato sin camisa que simplemente usó su nombre de héroe: Magneko. Original, pero algo vulgar. Yo también hice lo propio.

— Mi nombre es Nitta Mayu y soy la forense de este caso — expliqué frente a la entrada del hotel —. Os he convocado aquí por mi seguridad, ya que últimamente hay asaltos violentos por la zona, y para que ayudéis con la investigación. Por favor, seguidme.

Les guié hasta la escena del crimen: La habitación 302 de un Love Hotel de Akihabara. Un hombre de mediana edad, al que habíamos identificado como Ogura Takeru, se encontraba desnudo en la cama con una soga al cuello y sangre en la comisura de los labios. A su lado un montón de toallas limpias y una carátula de un DVD porno. 

— Bueno, parece obvio — dijo el chico gato inclinándose sobre el cadáver —. Quiero decir, tiene pinta de que ha sido un... accidente.
— No tan rápido —. Me puse los guantes y abrí la caja del DVD —. El disco sigue dentro y las toallas aún están dobladas. Es un montaje.
— ¿Y la cuerda? — preguntó Nanami, algo cortada. 

Me acerqué al cuerpo y separé con cuidado la soga del cuello. Estaba atada con firmeza, pero las marcas que había debajo eran amplias e irregulares.

— Como sospechaba, también la añadieron luego. Parece que lo estrangularon con las manos, y me atrevería a decir que esa es la causa de la muerte. Aunque claro, para confirmarlo necesitaríamos una autopsia.

Me retiré el guante para tocar el cadáver con las manos desnudas, y un pequeño tintineo se difuminó en el aire. Congelar en el tiempo objetos inertes parecía un poder inútil, pero venía bien para conservar cadáveres... o para mantener caliente el almuerzo. Al menos, esos son los únicos usos que le he encontrado. Me dirigí al baño para lavarme las manos, pero la voz de Emi me interrumpió antes de que pudiera abrir el grifo.

— ¡Mayu-chan, mira! ¡En las sábanas!
— Emi, aunque nos conozcamos de antes y sea más joven que tú, agradecería que me hablaras con propiedad... — respondí irritada, pero me detuve al instante al ver lo que me estaba señalando —. Vaya. Bien visto. Ten cuidado, no la toques.

En las sábanas blancas había quedado una leve impresión de una huella de dedos grandes y rechonchos. Me fijé en las manos de Ogura Takeru, finas y huesudas, que no correspondían con las que se habían quedado en la tela. Pero sí con las que estaban marcadas en su cuello.

— Está bien, llamaré al resto del equipo para que le saquen huellas dactilares a esto. Vosotros, deberíais investigar por la zona. A ver si alguien vio a la víctima entrar en el hotel, o si el recepcionista quiere soltar algo. Os esperaré en la entrada. Tened cuidado.

Emi saltó ilusionada y bajó corriendo las escaleras, bramando órdenes al resto de su equipo. Magneko se despidió con una sonrisa llena de colmillos, y Nanami con una profunda reverencia. De nuevo me había quedado sola con el cadáver, y aún así... aún así sentía que algo me estaba observando, que algo no terminaba de encajar. Era un caso sencillo, ¿verdad? Una vez analizáramos las huellas tendríamos a nuestro asesino, y con la investigación de Emi completaríamos el resto de la historia. ¿Entonces, por qué siento que algo falla?

Pasó media hora hasta que la policía forense llegó a la escena y reveló lo que no encajaba, pero entonces ya era demasiado tarde. 

Nuestro asesino no tenía huellas dactilares.



37-Escribe un relato policíaco que empiece con “No veía a nadie más. Creí que estaba sola”.

Buenas tardes... la verdad es que esta ha sido una semana complicada para mí. No tengo fuerzas para escribir, y esto es todo lo que he podido sacar. Como es obvio, la historia está incompleta. El reto 38 es epistolar y no me vale, pero el 39 es un reto de diálogo y creo que ahí puedo cuadrar el resto de la investigación, ya que básicamente consiste en los personajes caminando por Akihabara y hablando con gente para obtener información. 

Sí he de decir que, aunque me encante escribir en primera persona, creo que ese inicio de relato no cuadraba nada con mi estilo y he tenido que usar una primera persona muy extraña y poco fluida... lo siento mucho. La verdad es que no doy para más.

Nos vemos la semana que viene.

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

18 de julio de 2020

Omertà

El sonido de dos respiraciones es lo único que enturbia el silencio. La primera es lenta y pausada, profunda a ratos; como aquel que suspira al pensar o cuando se encuentra impaciente. La acompaña un sordo repiqueteo de dedos sobre la mesa que casi no se escucha pero cuya vibración se difumina en el ambiente. Denota calma fría y control, pero también una velada inquietud. Es la respiración de alguien que espera, de alguien que reflexiona.

La otra, en cambio, es acelerada y jadeante, humedecida por la salivación excesiva y sangre en las comisuras. Es furiosa y dolorida, la ansiedad que acompaña al miedo; pero en cierto modo también resulta desafiante. Algo en su respiración ruega seguir viviendo -prácticamente lo exige- y alberga esperanzas de que todo sea un mal sueño. En el fondo es la respiración de alguien que sabe que aún tiene el control, y que se enfrenta a las consecuencias de tenerlo.

El tercer sonido brota de pronto, un tono de llamada estándar que surge entre los dos hombres. Uno de ellos, el que se encuentra atado y herido al otro lado de la mesa, da un respingo y se retuerce en su asiento intentando ocultar la chispa de terror en sus ojos. El otro, en cambio, sonríe mientras alcanza el teléfono, y tras considerarlo unos instantes decide ponerlo en altavoz. No es como si su acompañante pudiera hablar tras la mordaza.

- ¿Qué has encontrado?

Silencio. El hombre se muerde el labio inferior y le da un par de toquecitos a la mesa, inclinándose sobre la pantalla del móvil. Durante unos instantes solo se escucha ruido estático de fondo y una especie de respiración entrecortada.

- S-sí, hola - responde al fin una voz insegura -. Perdón por tardar tanto, yo...
- Eso me da igual, Matías. Dime si has encontrado algo.
- He... tenido algunos problemas - la voz se detiene un momento para tragar saliva -. Pero estoy aquí. En la casa. He encontrado la caja.
- ¿Y bien?

El hombre sonríe ferozmente, mostrando los colmillos y clavando la mirada en su víctima. Ambos tiemblan con la misma expectación, pero alimentada por emociones opuestas.

- Los documentos... están aquí. Y el dinero también. Está todo aquí, Ally.

Victoria. El hombre suelta una carcajada y le asesta un puñetazo a la mesa de la emoción. Ni siquiera se preocupa en echarle un vistazo a su rehén -aunque escucha cómo se remueve en su silla, como lucha por gritar a través de la mordaza- mientras recoge el móvil de la mesa y se lo acerca a los labios.

- Muy bien, Matías. Ahora tienes que quemarlo todo. ¿Lo sabes, no? ¿Ya lo has hecho? Me da igual que haya niños en la casa, Matías, esto es lo que ocurre cuando se meten con nosotros. ¿Has escuchado eso, capullo?

Alza la mirada para fijarse en su víctima y regodearse en su dolor, pero algo falla. Ya no observa con ojos llorosos y respiración agitada, ya no es una sombra que se encoge de miedo: ahora ríe. Una sonrisa distorsionada que surge tras la venda. Ally susurra con voz temblorosa.

- ¿Matías? ¿Qué ocurre?
- Yo... yo intenté avisarte - el ruido blanco se incrementa, y surgen murmullos de fondo -. La policía me estaba esperando en la casa. No he tenido más remedio, Ally, yo...

El hombre toma el teléfono y lo lanza contra la pared, desmoronándolo en pequeños pedazos. Ahora solo dos sonidos perturban el ambiente: una risa enmudecida por la tela, una carcajada de un hombre que ya no tiene miedo a la muerte; y una respiración temblorosa del que lo ha ganado de pronto.

Un tercer sonido se desata. Disparos en el exterior de la sala, pasos acelerados, golpes en la puerta. Los han encontrado.



29-Haz una historia sobre una llamada que sale muy mal.

¡Tachán! ¡He podido regresar al ritmo de siempre! Os presento el (ahora sí) relato de esta semana, el reto número 29. ¿Qué os ha parecido? A mí me ha gustado más que los dos anteriores y creo que me ha quedado algo mejor que los otros, pero aún me estoy recuperando del bajón de las últimas semanas... Aun así me alegro de haber podido subir algo a tiempo y que me deja más o menos conforme.

¿Creeis que cumplo con el reto? Es decir, la llamada en sí sale mal para nuestro protagonista... ¡pero bien para nuestra víctima! ¿Qué creeis que ocurrió entre estos dos? ¿Quién será el verdadero villano? Ally (o Alistair) es un personaje que utilizo a menudo en partidas de rol debido a su conexión con la mafia y el mundo del crimen, pero que tiene una personalidad muy opuesta a lo que os podríais imaginar. Durante muchos años fue mi personaje favorito, ¡algún día os hablaré más de él!

En fin, casi no voy a tener descanso entre reto y reto... estas últimas semanas se me han pasado demasiado rápido. Es lo que tiene el verano, ¿no creéis? A mi se me hace muy corto.

¡Un saludo y hasta la semana que viene!

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

22 de mayo de 2020

La tahona

Me encanta la panadería. No muchos tienen la suerte de levantarse al alba y desayunar al calor del amanecer, de respirar el aire del pueblo cuando todo el mundo sigue dormido. Es un trabajo ideal para mí: trabajo a solas y tranquila, vendo los frutos de mi esfuerzo por la mañana, cierro temprano y disfruto de la vida que me ofrece la soledad. Ser panadera es sacrificado, pero también útil. No me costó mucho ganarme la simpatía de estas gentes. Supongo que es complicado odiar a alguien como yo, a alguien que te alimenta cada mañana.

Además me gusta que nadie haga más preguntas de las necesarias. Llegué a la aldea un caluroso día de verano y compré la vieja panadería con dinero en efectivo. ¿Es extraño? Pues sí, pero a menudo se sobrestima la curiosidad de la gente. Los novatos se disfrazan y preparan excusas, una elaborada mentira para cubrir sus pasos, pero no hace falta nada con eso. Yo tan solo aparecí con un traje de lana italiano y un sobre de billetes, intenciones sinceras y una sonrisa en los labios. ¿Qué pensarían al verme? ¿Que soy una extravagante empresaria, una mujer trofeo y su capricho, un truco más de evasión de impuestos? No me importa, y en realidad a ellos tampoco les importaba. Siempre y cuando no les traiga problemas nunca seré más que un cotilleo entre los vecinos.

Pero de aquello hace ya años, y ahora me encanta mi nueva vida. Las amistades interesadas se desvanecieron muy pronto, en cuanto se dieron cuenta de que la opulencia de los primeros días era tan solo una conveniente fachada. Solo conservo el traje y algunos zapatos caros, pero vendí todo lo demás: los bolsos, los relojes, todos y cada uno de los anillos que cubrían mis dedos. El resto de mujeres del pueblo dejaron de envidiarme y se acercaron, azuzadas por curiosidad o por malicia, pero poco a poco incluyeron en la comunidad. Se habla mucho en la panadería, y mientras yo sirvo dulces y bollería ellas chismorrean a mi alrededor y me cuentan la vida que he perdido. Me invitan a café al terminar mi turno, a barbacoas en verano y a fiestas del té en primavera. Aunque esto último sospecho que es para que les lleve tarta gratis. 

Son mis mejores amigas las que más problemas me traen, las que preguntan con interés genuino sobre mi antigua vida. Es comprensible. Les fascinan mis anécdotas, el ajetreado horario de la urbe, mis caros zapatos de tacón; así que les hablo con nostalgia de mis años en la ciudad y del dinero que ganaba antaño, de mis antiguas amistades y de las vistas del apartamento en el ático. Pero ahora mi vida es esta. Ahora soy panadera, y lo adoro.

Aunque veces lo echo de menos, pienso cada mañana mientras hinco los dedos en la masa. Echo de menos la sangre, los gritos de súplica, la sensación de romperle la nariz a alguien. ¿Sabes cómo es? Es el éxtasis de poder, el dulce néctar del control, una libertad que solo se alcanza a base de promesas vacías y sesgo de los débiles. La satisfacción de ser una herramienta eficaz, una de las mejores sicarias que jamás ha conocido la mafia. El dinero, el amparo, la emoción... a veces lo echo de menos.

Pero sabes, hasta los mejores profesionales deben retirarse cuando les llega el momento. Y hay dos opciones: morir postrado en tu trono o desvanecerse en la normalidad, despojándose de todo aquello que te convierte en una amenaza. Y qué quieres que te diga, en esta vida hay que ser inteligente, y yo tomé la mejor opción. Te preguntarás, ¿mereció la pena entregar mis ojos a cambio de libertad, como garantía de que jamás volvería a ser la de antes? Yo creo que sí. Si te soy sincera, ya he visto todo lo que tenía que ver. Y de verdad, de verdad que adoro ser panadera.



21 - Escribe un relato sobre un personaje que ha cambiado de identidad y que añora su antigua vida.

Al parecer soy incapaz de escribir un relato normalito sin giros perturbadores. En fin. ¡Buenos días a todos! Os entrego el relato número veintiuno de los Retos Literup, esta vez una historia cortita y sencilla que he escrito entre los descansos de estudiar para la universidad... no sé cómo voy a poder seguir este reto en temporada de exámenes, pero bueno, se intentará.

¿Cómo lo vais llevando vosotros? Creo que la situación de la pandemia se va relajando poco a poco, y espero que de verdad todo esto acabe pronto... Tened mucho cuidado, llevad mascarilla y recordad que tenéis que lavaros las manos.

No tengo mucho más que decir, ¡espero que os haya gustado este relato! Nos vemos en el próximo post <3

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

23 de abril de 2020

Condicional

Tengo dos hijas: Zuria y Amaia. La menor tiene tan solo diez años, y la mayor, Amaia, casi quince. Y está mal que yo lo diga, pero es que son las niñas perfectas. Zuri es mi pequeña artista, mi ojito derecho; yo diría que ha salido a su padre. Tiene los ojos verdes y el pelo castaño, muy rizado, pero nunca llora cuando se lo intento desenredar. Le gusta dibujar, jugar al fútbol, los delfines y el color azul, pero no el azul marino ni el añil. Tiene una curiosidad insaciable y una energía infinita, como un remolino que solo se calma a la hora de la siesta... o cuando echan Pokémon por la tele.

Y Amaia es la persona más lista que conozco. Al principio cuesta un poco verlo, porque es muy callada y algo tímida. Siempre parece que anda distraída, con la mirada perdida entre las baldosas de la calle, como si su cabeza estuviera llena de pájaros que nunca dejan de mover las alas. Pero siempre lo observa todo, escucha atentamente, y cuando le prestas atención te habla con un entusiasmo desmedido y contagioso. Me narra las historias que ha leído o las que ella misma se inventa, me explica la letra de sus canciones favoritas, comenta las noticias del día y los eventos recientes con una perspicacia abrumadora. Y es tan buena. Una pequeña justiciera, siempre protegiendo a su hermana o a cualquiera que vea en problemas. Se lo merece todo. Se lo perdono todo. 

Por eso, cuando llegó aquella noche con las manos ensangrentadas y la mirada vacía no fui capaz de enfadarme. Me preocupé por ella, por supuesto. ¿Qué pasaría si la pillaban? ¿Me la arrebatarían? ¿Se llevarían a mi niña? No podía permitirlo. Además, ella estaba ilesa. Decía una y otra vez que no le habían hecho daño, que todo había terminado bien. Fue directa a lavarse, dejó su ropa sucia en el suelo del baño y se fue a dormir; no sin antes darnos un beso a mí y a su hermana, que ya llevaba varias horas acostada. Y se quedó dormida, así sin más. Como un pequeño angelito con la cabeza hundida en la almohada, la luz de la luna brillando en su pelo.

Por supuesto que la encubrí. Le lavé la ropa esa misma noche, me deshice de todo lo que llevaba en su mochila -solo sé que pesaba, que sangraba, y no quise saber nada más-, y cuando la policía vino a interrogarnos yo dije que Amaia no había salido de casa. Ella lo corroboraba con una frialdad y precisión aterradoras. Siempre se le había dado bien inventar historias, pero esto... Amaia estaba jugando con fuego, pero como si ella misma hubiera prendido la mecha. Tenía tanto control, tanta fuerza, que pensé que lo mejor era no involucrarme. Ella misma lo dijo: "Cuanto menos sepas, mejor". Mi niña. Siempre intentando protegerme.

Ocurrió unas cuantas veces más, pero la policía no volvió a aparecer por casa. Solo me enteraba de las muertes por los telediarios, por el tintineo que hacían las llaves de Amaia cuando llegaba de madrugada. Jamás le pregunté, jamás se lo contó a su padre, y jamás pensé que llegaría a más. Rezaba cada noche para que fuera la última y durante unos meses llegué a pensar que así sería. Amaia sonreía de nuevo, pasaba las noches leyendo en casa y jugando con su hermana, y yo empecé a creer que todo había acabado. 

Pero una noche Amaia llamó a mi cuarto. Su padre trabajaba hasta la mañana, así que estábamos las tres solas y yo aún permanecía despierta. Pensé que venía porque no podía dormir, o porque se había quedado con hambre, o porque necesitaba cartulinas para el colegio... pero no fue así. Amaia entró con gesto solemne y, sin mediar palabra, arrojó un cuchillo a los pies de la cama.

Me dijo que vendrían a por Zuria. Que ella podría cuidarse sola, pero que Zuri no. Que no teníamos mucho tiempo, y que esta era la única oportunidad que teníamos para ser felices. Repitió eso muchas veces, arrodillada a mi lado mientras yo intentaba contener las lágrimas: que después de esto ya podríamos estar juntas, que nadie nunca nos haría daño, que podríamos ser felices de verdad. Yo la creí, por supuesto, ¿cómo no iba a creerla? Sus ojos estaban llenos de compasión y ternura, pero sin una pizca de pánico. Me explicó a dónde tenía que ir, qué tenía que hacer, y me guió paso a paso por el proceso. Es tan inteligente, tan metódica. Casi diría que ha salido a mí. 

El amor de una madre es un amor violento, incansable; incondicional. Un amor que lo puede todo, que lo logra todo, y que saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Que te otorga fuerzas cuando todo te falta, frialdad cuando el mundo entero se desvanece entre las llamas. Así que sí, lo hice. Yo lo asesiné. Y lo siento mucho, de verdad. No me puedo imaginar el dolor de perder a tu hijo, pero tú seguro que puedes entender mis motivos. Y es que ya sabes lo que dicen, ¿verdad? Toda madre mataría por sus hijas.



17-Esta semana es el Día de la Madre. Haz una historia que hable sobre el amor maternal llevado al extremo. ¿Hasta dónde es capaz de llegar una madre por salvar a sus hijos?

A ver, sí, este relato pretendía ir por lo bonito que es el amor de madre... ¿pero a vosotros no os da mal rollo cómo lo propone el reto? "Amor maternal llevado al extremo" a mí me sugiere cosas perturbadoras.

La verdad es que no sabía muy bien sobre qué escribir, así que este relato lo he empezado completamente a ciegas. Es decir, la idea era crear los personajes y ver poco a poco a ver hacia donde iba la historia. Es un método un poco vago para escribir, pero creo que no ha quedado mal del todo. ¿A vosotros qué os parece? A mi me da la impresión de que le falta chicha (sobre todo me he quedado con ganas de describir los asesinatos...), pero estoy conforme con él.

En fin, ¿cómo llevais la cuarentena? Hoy es el día del libro, ¿vais a hacer algo especial? Yo echo de menos las ferias del libro... pero menos mal que estoy acostumbrada a leer en ebook. Así nunca me quedo sin lectura.

¡Un saludo y hasta el próximo reto!

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

7 de noviembre de 2019

Marina

¡Buenas noches a todos! Acabo de terminar de editar Marina, el primer relato corto que subiré a este blog y que podéis descargar en el enlace de final de post, y he pensado en que quizá debería dar un poquito de contexto.

Marina es un relato corto que yo definiría como thriller-romántico, de 4.4k palabras o 7 páginas. Lo escribí en Junio para una convocatoria de un concurso en el tiempo record de 10 noches, y creedme que se nota. El límite de palabras la convierte en una historia demasiado acelerada, el tema del concurso era extraño y un gran limitante, y que la haya improvisado en 10 madrugadas hace que en general no sea un texto demasiado coherente. Aún así recuerdo que me sentí muy orgullosa al terminar, y creo que de todas formas a algunos os puede gustar.

Así que agradezco todo tipo de feedback, especialmente erratas que seguramente iré corrigiendo y actualizando para que vuestra experiencia sea lo más placentera posible.

Content Warning: asesinatos, muerte.
Marina.pdf

Espero que lo disfrutéis, hasta la próxima <3