23 de marzo de 2020

Semper fidelis

Emma se despertó aquella mañana porque no podía respirar. Últimamente algo que no podía ver la perseguía en sus pesadillas, y por mucho que intentara esconderse aquello siempre la encontraba. Y esa noche Emma huyó en sueños al mar pensando que así no podrían apresarla, pero justo cuando se sentía a salvo algo la atrapó desde el fondo del océano. Un pesado tentáculo se enroscó en su piernas y tiró, intentando sumergirla, mientras ella luchaba con todas sus fuerzas por mantenerse a flote. A duras penas conseguía permanecer en la superficie, alternando bocanadas de agua y aire, hasta que al final no tuvo fuerzas para seguir luchando. Emma se hundió y el mar se cerró sobre sí mismo, encerrándola entre paredes opacas de madera. Primero luchó contra la prisión, luego contuvo el aliento, después no tuvo más remedio que inhalar el agua.

Y finalmente, un dolor ardiente en la garganta. Ya no podía respirar.

Así que despertó de pronto tosiendo un agua que no existía, pero por algún motivo el dolor no llegaba a desvanecerse del todo. Se llevó la mano al cuello y notó que había algo ahí, algo que antes no estaba y que tiraba de su garganta cada vez que intentaba respirar. Corrió hacia el espejo del baño sin separar las yemas de los dedos de su piel.

- Joder - masculló, estirando el cuello frente al espejo. Tenía una imponente cicatriz que iba desde el mentón hasta la mitad de la garganta, en forma de estrella irregular y que dolía cada vez que intentaba tragar saliva. Era rugosa y abultada, como si el tejido a su alrededor hubiera crecido con dificultad, pero lo más extraño de todo es que parecía estar completamente curada.

Emma tenía algo muy claro, y es jamás había tenido una cicatriz en la garganta. Así que aquello había aparecido de la noche a la mañana.

De todas formas se preparó como todos los días para ir a trabajar. La ropa que ya tenía doblada sobre la mesa desde la noche anterior, los panecillos dulces con arándanos y mantequilla, el café negro con una cucharada colmada de azúcar. De camino al trabajo encendió la radio, pero no hubo noticias de interés, y también anunciaron el tiempo para aquel día. Nublado, con una leve posibilidad de llovizna. Emma miró al cielo y pensó en que no se necesitaba una carrera de cinco años para poder predecir aquello.

Llegó a la universidad a la hora de siempre. Aquel día era viernes, así que la cantidad de estudiantes que había correteando por los pasillos o cuchicheando por las esquinas era, afortunadamente, menor de lo habitual. Aún así se desvió de su camino para bajar a la cafetería y comprar dos chocolates calientes en la máquina expendedora. Empezó a beberse uno de ellos a pequeños sorbos mientras caminaba hacia el despacho.

Ambrose ya estaba ahí, por supuesto, ya que él jamás llegaba tarde. Estaba sentado en su escritorio y llevaba su característico traje marrón de tweed con coderas, la camisa blanca y los mocasines castaños. Era un hombre entrado en años y con la cara delgada, los ojos pequeños y la nariz alargada. A Emma siempre le parecía que a su rostro le faltaba algo. Unas gafas, quizá.

- Llegas tarde - replicó él sin levantar la mirada de sus papeles.
- Lo sé, es que he parado a por esto - Emma esbozó una sonrisa dulce y teatral mientras depositaba el vaso de chocolate sobre el escritorio -. Con este tiempo tan gris apetece un chocolate, ¿no crees?
- Pues tienes razón, me apetece mucho. Gracias por... - Ambrose tomó el vaso, pero al mirarlo arrugó la nariz con disgusto -. Es demasiado claro. ¿Tiene lactosa? Sabes que soy intolerante a la lactosa, Emma. Te estás bebiendo el mío otra vez.

Ella giró la cabeza como un perro confundido y miró a su propio chocolate, que en efecto era ligeramente más oscuro que el de Ambrose.

- Vaya, tienes razón. No me di cuenta. Una pena - cogió el chocolate de la mesa y comenzó a bebérselo también.
- ¿Cómo no te vas a dar cuenta? - gritó Ambrose, más irritado de lo habitual -. ¿Para qué llevas gafas entonces? Por dios, con lo que me apetecía un chocolate a estas horas...

Emma no contuvo la sonrisa maliciosa que se le escapaba de entre los labios. Ambrose masculló algo entre dientes y volvió a sus papeles con gesto indignado.

- Por cierto - Ambrose le había oído perfectamente la primera vez, pero aún así tuvo que toser varias veces para llamar su atención -. Esta cicatriz del cuello, ¿te suena de algo?
- No es momento para charlas personales, Emma - bufó.
- ¿Pero entonces sabes cómo me la he hecho o no?
- No lo sé, nunca me lo has contado y tampoco me interesa. Así que por favor, regresa al trabajo.

«Tan útil como siempre.» Emma puso los ojos en blanco y se dirigió a su escritorio. Su mesa era mucho más pequeña y menos imponente que la de su compañero, y es que Ambrose seguía tratándola como una simple becaria más. A pesar de que él era un incompetente y un estirado, y toda su carrera profesional había consistido en pisotear las investigaciones de los demás. Emma era otra tanta de sus víctimas, pues había perdido su tesis doctoral por capricho de Ambrose. A veces pensaba que se merecía algo más que pequeñas venganzas con el chocolate.

- Ah, Emma - anunció él desde el otro lado de la sala, arrastrando las palabras con su marcado acento inglés -. Se nos ha asignado un nuevo trabajo de campo. Se ha descubierto un monasterio...

Su mundo se detuvo en ese instante, un potente déjà vu que le nubló los sentidos y que le hizo arder la garganta. Tenía la irracional pero potente certeza de que ya sabía qué iba a pasar, de que ya había vivido eso antes.

- Un monasterio cristiano en Nepal - susurró, casi de forma inconsciente.
- No me interrumpas, Emma - replicó Ambrose. Qué buen oído tenía cuando le convenía -. Pero sí, has debido enterarte ya. Es un edificio antiquísimo y por las fotos parece de principios del siglo IV. Muy intrigante, así que nos han convocado para que vayamos a examinarlo en persona. Y sorprendentemente sigue habitado, así que también nos alojaremos allí. Mañana salimos en avión.
- ¿Me dejas ver las fotos?

Emma saltó de su escritorio y corrió hacia el de Ambrose, que dio un respingo mientras apartaba las fotografías de la mesa,

- Niña, entiendo la efusividad, pero quizá deberías...
- No me vuelvas a llamar niña, viejo inútil - gruñó Emma con frialdad-. Que tengas edad para ser mi padre no te da derecho a ningunearme, ¿está claro?

Ambrose abrió la boca para responder, pero estaba tan sorprendido que no salían palabras de los labios. Su rostro lo decía todo, enrojecido de ira y vergüenza. Emma aprovechó para arrebatarle las fotos de las manos.

Y reconoció lo que veía. Los pasillos le resultaban familiares, como si ya hubiera caminado por ellos antes. El extraño monasterio de piedra clara rodeado de nieve impoluta, los monjes sonrientes de ojos rasgados, cabeza rapada y cogullas medievales. La enorme cruz de madera en la capilla hubiera parecido austera y aburrida en cualquier otro contexto, pero ahí... daba la impresión de estar en el sitio equivocado. Enturbiaba el ambiente, como si el monasterio entero estuviera cubierto por una bruma corrupta.

- Te recomiendo - habló Ambrose, que por fin había recuperado la compostura - que mañana moderes tu lenguaje. Iremos acompañados por profesionales y me niego a que me dejes en ridículo.

Emma hizo un enorme esfuerzo para morderse la lengua y no replicar en el acto, pero la acuciante necesidad de comprender todo aquello le instaba a hablar. Le costó pronunciar las palabras, como si ya supiera que de esa forma iba a desatar algo terrible.

- ¿Quién nos acompaña?
- Ah, pues... - Ambrose pasó el pulgar por la punta de sus dedos, rememorando -. Por supuesto, necesitamos un intérprete. También nos acompaña un traductor, por si las moscas, y una periodista. No me hace gracia lo de la periodista, pero es lo que hay. Ah, y una famosa psiquiatra americana. Parece interesada en el comportamiento de los monjes, creo que su nombre era...

Rox. El nombre resonó en la memoria de Emma antes de que Ambrose lo pronunciara, y con él se trajo muchas cosas. Le vino una profunda sensación de complicidad, de confianza que solo se adquiere con tiempo y experiencia, le vino un sabor cálido en los labios y el recuerdo de lágrimas ardientes deslizándose por su rostro. Una promesa de venganza, un adiós que no llegó a pronunciarse del todo. Conocía a Rox y era capaz de invocar su imagen: el pelo oscuro y liso, los ojos afilados, el porte esbelto y la mirada fría y calculadora. Pero sobre todo recordaba su rostro, normalmente hierático e impasible, contorsionado por el dolor y mancillado por la muerte. Rox había muerto en sus brazos.

- Yo... - Emma respiró agitada, aferrándose con fuerza al escritorio y sintiendo el mundo dando vueltas a su alrededor - Tengo que irme.
- Uh, sí, será mejor que te vayas - Ambrose habló mientras Emma recogía todas sus cosas y se apresuraba en marchar -. Tú haz la maleta para una semana, y recuerda, hace frío. ¿Me oyes? Si ni siquiera sabes dónde hay que ir mañana. Bueno, te pasaré los detalles por email. ¿De acuerdo? ¡Emma!

Ya no le oía. Emma corrió por los pasillos y se metió en su coche, intentando ordenar los recuerdos en su cabeza. ¿Era así como se había hecho la cicatriz, en aquel monasterio? ¿Cómo había sucedido? Demasiadas imágenes se agolpaban en su mente, demasiadas voces distintas que no era capaz de distinguir. Se le venían vagos recuerdos de un viaje en avión, de dormir en un colchón en el suelo, pero no era capaz de comprenderlos ni de comprobar si eran o no ciertos. La cicatriz del cuello palpitaba expectante mientras Emma conducía de vuelta a casa.

Solo tenía una cosa clara, y es la única forma de obtener respuestas era ir a ese viaje. Así que corrió escaleras arribas y tiró su maleta vieja sobre la cama. Casi no tenía aliento, pero empezó a arrancar los jerseys de sus perchas y a lanzarlos hacia la maleta abierta. ¿Que más necesitaba? Cogió camisas y pantalones anchos, medias gruesas, ropa interior para una semana y pico... La anticipación de viajar le tranquilizaba, repasar una lista en su mente e ir tachando poco a poco elementos que completaba. Pensó en que haría frío en Nepal, así que se arrodilló frente al armario y empezó a sacar trastos, buscando sus viejas botas de nieve.

Una de las cajas que sacó hizo que le recorriera un cosquilleo intenso desde el brazo hasta la garganta, y pareció que el mismo universo se quedaba en silencio. Emma arrastró el alargado maletín de madera hasta sus rodillas y abrió el cierre. Ya sabía lo que contenía. Era la escopeta que le había dado su padre, que usaba durante los veranos cuando iban juntos a cazar. Sostuvo el cajón unos instantes, pensativa. ¿Le haría falta en Nepal? ¿Le dejarían meterla en el avión siquiera?

Cuando la rozó con los dedos fue cuando recordó todo, y la verdadera naturaleza del monasterio se desveló ante ella. Recordó, como en un sueño premonitorio, la masacre que se había desenvuelto en aquel maldito templo del Nepal, recordó la sangre naciendo de las paredes y las sonrisas perversas de los monjes mientras deslizaban un cuchillo por su piel desnuda. De pronto recordó las torturas, los monstruos de pesadilla que poblaban los rincones, aquella vez que se escondió en un barril de la bodega para evitar que la atraparan. Recordó que intentó huir con Rox, que el destino las dejó a merced de los demonios con rostro humano y que ellos la asesinaron. Y, por supuesto, también recordó cómo se había hecho la cicatriz.

Se quedó en silencio. El mundo entero había dejado de tener sentido, y a la vez lo había cobrado de pronto. Ya sabía qué tenía que hacer. Ya sabía cómo salvarse, cómo escapar de sus pesadillas, cómo volver a encontrarse con Rox. Emma cogió la escopeta, se sentó en la cama y cerró los ojos. Inspiró hondo y empezó a cantar London Bridge is Falling Down, repitiendo el estribillo y todas sus variantes hasta que no pudo recordar ninguna más. Su voz era lo único que mecía el aire, pues ni siquiera los pájaros se atrevieron a cantar.

Entonces colocó la escopeta contra su garganta, sintiendo el frío del metal contra su piel, disfrutando de la forma en la que el cañón encajaba perfectamente con el centro de su cicatriz. «No te preocupes, Rox. Ya lo he entendido. Ya sé cómo salir de aquí.»



13-Un personaje se despierta con una cicatriz enorme y no sabe cómo se la ha hecho. Haz que recupere sus recuerdos durante el relato hasta que al final descubra la verdad.

¡Buenas tardes! Pues aquí os traigo el decimotercer reto, que esta vez he decidido aprovechar y escribir sobre Emma, uno de mis personajes de rol más antiguos. Y es que este relato está basado en una campaña que jugué hace años, Semper Fidelis, que como os podéis imaginar tuvo un final... algo sangriento. La forma de escapar del ciclo era morir, cosa que Rox consiguió y que Emma no, así que este relato ha sido mi forma de darle un arco de redención. De esta forma, por fin ha podido escapar.

Por cierto, ¿sabéis que la relación de Emma y Rox es una de las más bonitas que he tenido el placer de rolear? Surgió de la nada, tan solo los personajes encajaban a la perfección y había mucha química entre ellas. En esta relación nunca hubo besos apasionados ni confesiones bajo la lluvia, solo una amistad sólida y una complicidad que no hizo más que crecer durante sus... aventuras. Con el tiempo se dieron cuenta de que no podían vivir sin la otra. ¡Al final se casaron y todo! Es la relación menos romántica que he interpretado, y aún así la más auténtica. Algún día escribiré más sobre ellas.

Bueno, que me motivo. Muchas gracias a la master de Semper fidelis y a la jugadora que llevaba a Emma (perdí contacto con ambas, pero os sigo teniendo cariño y a veces me acuerdo de vosotras <3), ya que sin vosotras Emma no sería más que una pieza guardada en un cajón.

¡Nos vemos en el próximo relato, hasta la próxima!

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17 de marzo de 2020

Romper el hielo

Faltaban tan solo quince minutos para las nueve de la noche, pero Gabriel ya llevaba un buen rato esperando en la puerta de la pescadería. Del cielo caía una fina llovizna que salpicaba los cristales y poco a poco empezaba a acumularse en las rendijas de los adoquines. Gabriel bufó, lamentando haberse olvidado el paraguas en casa, y paseó distraído por los alrededores como si así se fuera a mojar menos. Atisbó su reflejo entre los escaparates y aprovechó para arreglarse el pelo, rubio y ligeramente engominado, que la lluvia estaba intentando echar a perder. Se fijó también en su ropa: la camisa azul clara, los pantalones vaqueros y los mocasines castaños. No era demasiado formal, pero quedaba elegante. Ahí delante, mirando su reflejo, le dio la impresión de que la camisa le quedaba demasiado pequeña. Había engordado un poco últimamente, y tenía unos cuantos kilos más que en la foto que le había enseñado a Marco... De repente sintió pánico. ¿Y si Marco había venido a verle pero no le había reconocido? ¿O es que le había visto y no le había gustado? Se apresuró en sacar el móvil del bolsillo, con un nudo en la garganta.

En ese momento la puerta de la pescadería se abrió y de ella salió un hombre de pelo negro y lacio, con los ojos rasgados y oscuros, que emitió un grito ahogado al verle.

- ¡Oh dios mío, lo siento muchísimo! Creí que ibas a llamar cuando llegaras.
- No, yo lo siento - respondió azorado -. No sé por qué, pero pensé que vendrías de fuera. Perdona, no lo había pensado bien.
- No te preocupes, uhm... - Marco sonrió, con las mejillas enrojecidas -. ¿Quieres pasar, entonces? 

Gabriel asintió y corrió para llegar a la puerta, sacudiendo su cabeza bajo el umbral y limpiando con esmero sus zapatos en el felpudo. Le sorprendió el estado de la pescadería, completamente vacía e iluminada por una luz cálida. Había una gran mesa y un par de sillas en lo que parecía ser el único rincón disponible, y sobre ella reposaban dos platos y dos vasos junto a sus cubiertos. Se fijó en que Marco llevaba puesto el delantal y los gruesos guantes de goma, como si estuviera atendiendo la tienda.

- Ah, esto. Estaba limpiando - dijo Marco al ver que lo miraban tan fijamente. Gabriel se rió y dejó caer su mochila sobre una de las sillas.
- No importa, tranquilo. ¿Qué tienes para mí?
- Mira, te he reservado estas piezas - se colocó tras el mostrador y empezó a señalar los distintos peces que reposaban sobre el hielo -. Escoge la que quieras, son todas de buena calidad. 
- Huelen mucho a mar - dijo Gabriel mientras se inclinaba para examinarlas -. Son muy frescos. 
- ¡Se nota que sabes mucho! - gritó de pronto Marco, claramente emocionado. Se apresuró a tomar una de las piezas, una lubina de ojos brillantes -. Esta me la han traído hace tan solo unas horas, así que está en el mejor momento.
- No sabía que se pescaba por la tarde.
- Bueno, uno tiene sus contactos - soltó una pequeña risa nasal y maliciosa que a Gabriel le pareció adorable.
- En ese caso sería una pena desperdiciarla.

Marco asintió ilusionado y comenzó a limpiar la lubina de forma metódica, como si de todo un maestro se tratara, y Gabriel se dedicó a preparar lo suyo. De la mochila sacó una placa eléctrica que colocó sobre la mesa, algunos ingredientes y varios utensilios de cocina que distribuyó cuidadosamente. También sacó una botella de vino blanco. Marco movió entonces la lubina a la mesa, sin entrañas ni escamas, y la colocó sobre la tabla de cortar. Empezó a filetearla con facilidad, casi como si los lomos se separaran solos, y cuando terminó los ordenó para que fueran simétricos. La presentación era, sin duda, impecable.

- Tu turno - se apartó y señaló el pescado con un gesto dramático, lo que hizo que Gabriel contuviera una risotada.

Marco había dado todo un espectáculo, así que ahora le tocaba a él. Colocó una sartén grande en el fuego y vertió sobre ella una fina capa de aceite. Entre tanto enharinó los lomos y después los introdujo en el aceite caliente, que empezó a burbujear a su alrededor. Aprovechó para cortar y limpiar las verduras: las zanahorias en finas rodajas y los espárragos verdes en trozos pequeños. Los añadió rápidamente a la sartén junto con un puñado de almendras laminadas y empezaron a freírse de inmediato, arrugándose en los bordes y adquiriendo una tonalidad oscura. Cuando todo estuvo cocinado vertió un vaso de caldo de pescado -que él mismo había preparado el día anterior- y un generoso chorro de vino blanco. El líquido chisporroteó contra la sartén caliente, lo que hizo que Marco soltara una exclamación de asombro.

- Mira, la harina hará que la salsa espese y con el calor se reducirá, para intensificar el sabor - explicó Gabriel. Luego inclinó la botella sobre las copas vacías, dubitativo.
- Por favor - Marco asintió mientras se sentaba al otro lado de la mesa, sonriendo de oreja a oreja. 

Gabriel sirvió el vino en las dos copas y tras darle un pequeño sorbo a la suya volvió a concentrarse en su plato. Removió la salsa, que poco a poco se oscureció y se volvió más melosa, y cuando estuvo lista sirvió los platos. Primero las verduras, luego los lomos de lubina, y finalmente espolvoreó un poco de perejil fresco por encima. Parecían platos recién salidos de un restaurante.

- Uhm, bueno - Gabriel se sonrojó de pronto, inseguro, mientras le entregaba un plato a Marco y se sentaba frente al suyo -. Aquí tienes. Que aproveche.

Marco sonrió agradecido y tomó un bocado. Gabriel se fijó en que, en vez de pinchar al azar, Marco había cogido una pequeña muestra de cada ingrediente y lo había reunido sobre el tenedor, como formando un plato en miniatura. Lo masticó despacio, saboreándolo en silencio bajo la mirada expectante de Gabriel. Cuando por fin terminó soltó una pequeña risita.

- No sabía que una simple lubina pudiera saber tan bien - bromeó, mientras volvía a tomar otro bocado.
- Muchas gracias - Gabriel suspiró aliviado, por fin sintiéndose con fuerzas de probar su propio plato. Le había quedado bien, pero quizá necesitaba un poco más de fuerza. ¿Guindilla, quizá? Pero bueno, tampoco sabía si a Marco le gustaba el picante...
- Entonces, ¿trabajas de cocinero en algún sitio? - interrumpió de pronto él, con ojos brillantes y curiosos.
- Ah, no. Solo soy diseñador gráfico - dijo, casi atragantándose. Tosió un momento antes de continuar -. Lo de cocinar solo es un hobby.
- Pues se te da muy bien, de verdad. Podrías dedicarte a esto.
- Exageras - Gabriel sonrió, dándole otro sorbo al vino -. Además, me gusta mi trabajo actual.
- Ojalá pudiera decir lo mismo - Marco suspiró, dejando de comer un momento para mirar a su alrededor -. Me encargo de la pescadería porque es el negocio de mis padres, pero ya está. Yo quería ir a la escuela de arte porque siempre me ha gustado dibujar, pero me quitaron la idea de la cabeza - se encogió de hombros -. Supongo que no querían que me muriera de hambre.

Se creó un silencio pesado entre los dos. Marco ya no sonreía, sino que miraba pensativo al plato mientras hacía círculos con el tenedor. En vez de soltar una risita o un chiste para aligerar el ambiente dejó caer los hombros, abatido.

- Lo siento. Podemos hablar de otra cosa si quieres.
- ¿Y por qué no lo haces ahora? - preguntó Gabriel con suavidad. En su mirada había una calidez extraña -. Puedes dibujar en tus tiempos libres, o asistir a cursos.
- No puedo dejar la pescadería, Gabriel. Mis padres...
- No te estoy diciendo que lo dejes. Puedes hacer ambas cosas, ¿no crees? ¿Por qué no me enseñas tus dibujos?

Marco dio un respingo y miró a Gabriel, desconcertado. Él permanecía tranquilo y sonriente. 

- Si no quieres no pasa nada. Era por si querías que les echara un vistazo.
- Ya, si te entiendo, pero yo... - Marco empezó a girar el tenedor entre sus dedos, reflexionando, hasta que por fin se decidió a hablar -. Supongo que me da miedo no ser lo suficientemente bueno.
- No tienes que ser bueno para disfrutar de algo que te gusta. Es como cantar en la ducha o hacer postres horribles, son cosas que se hacen para uno mismo.

Marco sonrió ligeramente, pero aún pensativo. Miró al plato de lubina a medio terminar, a sus manos intranquilas, y luego miró a Gabriel. Tenía unos ojos preciosos, de un marrón profundo y reconfortante y la sonrisa ligeramente torcida, muy tierna. Tuvo que esforzarse para no perderse en ella.

- Está bien - sacudió de pronto la cabeza y alcanzó su teléfono móvil, que estaba en una esquina de la mesa. Al desbloquearlo le temblaron las manos -. Eres la primera persona a la que se los enseño, y me da mucha vergüenza, y casi todos están sin terminar...
- Te repito, no tienes por qué enseñármelos - dijo Gabriel, a pesar de extender la mano para alcanzar el móvil -. Solo hazlo si te sientes cómodo.
- Ya, lo sé. Pero creo que puedo confiar en ti.

Gabriel entonces comenzó a mirar los dibujos y Marco saltó de su asiento para ponerse a su lado. Le explicó el significado de cada símbolo, o la historia del personaje, o en qué había basado ese paisaje tan particular. Gabriel asentía y preguntaba también, comentando el uso del color o de la anatomía, y a cada instante Marco estaba más emocionado. Poco a poco su ansiedad se había convertido en una ilusión imparable, y finalmente regresó a su asiento con el corazón acelerado.

Después de aquello hablaron de todo un poco, con la extraña confidencia de saber que, en esencia, los dos aún eran unos extraños. Gabriel habló de su infancia, del pueblo en el que veraneaba con sus abuelos, contándole aquella vez que intentó enamorarse de su vecina; Marco habló de sus padres y de su antiguo instituto, de cómo hacía años que no se hablaba con su hermano pequeño. Terminaron la botella de vino y rebañaron los platos, alargando una sobremesa que en otras circunstancias se estaría haciendo eterna, hasta que Marco miró de pronto la hora.

- Ay dios, ¡es tardísimo! - se levantó de un salto y empezó a recoger -. Mis padres me matan como llegue tan tarde a casa.
- Espera, que te ayudo. ¿Dónde va la mesa?
- Normalmente la tenemos en el almacén, mira, te enseño cómo plegarla.

Gabriel recogió el mantel y la mesa, guardando lo que sobró de sus ingredientes de vuelta en la mochila junto con la placa eléctrica. Marco se llevó todo lo demás a la parte de atrás, donde fregó los platos y la sartén para dejarlos escurrir. Cuando terminó empezó a desconectar todas las luces y le hizo un gesto a Gabriel para que saliera.

La noche era cerrada y oscura, con las nubes cubriendo la mayoría de estrellas, aunque al menos ya no estaba lloviendo. Marco echó el cierre del local y entonces tomó el móvil.

- Uf, por poco. Quince minutos más y el taxi me saldría más caro.
- ¿Quieres que te lleve a casa? Siempre llevo un casco extra en la moto.
- Ah, me encantaría, pero mis padres no saben nada de... tú sabes - dijo, señalándose a sí mismo y luego a Gabriel -. Me matarían.
- Oh, vaya, lo siento mucho - Gabriel se quedó pensativo unos instantes -. Espera, ¿entonces qué les has dicho para que te dejen organizar la cena?
- Que eras un ricachón excéntrico que quería comprar pescado en privado.

Gabriel soltó una profunda carcajada, y esperaron juntos el taxi mientras intentaban terminar la conversación, pero ninguno de los dos quería dejarla morir. Cuando llegó el taxi se quedaron un momento mirándose en silencio, sin saber bien qué decir. Entonces Gabriel se dio cuenta de una cosa.

- ¡Espera, la sartén! - gritó de pronto, mirando a la puerta del local -. Está dentro, ¿verdad? ¿Te importa que venga mañana a buscarla o prefieres que me la lleve ya?
- No te preocupes. En la próxima cita te la doy, ¿de acuerdo?

Gabriel le miró confundido, y hubiera jurado que el corazón se le había detenido por completo. Un millón de ideas le inundaron la cabeza y por un instante ni siquiera estuvo seguro de haberle entendido bien.

- ¿La próxima? ¿Entonces quieres...?

Marco se inclinó para besarle y Gabriel se dejó llevar, como si el mundo entero se hubiera desvanecido a su alrededor. Sus labios eran cálidos y suaves, una sensación que le nublaba la cabeza y que se enredaba en la garganta. Un beso corto e intenso que fue interrumpido por la bocina impaciente del taxi.

- Joder. Me tengo que ir - Marco se separó ansioso, con la respiración entrecortada -. ¿Volveremos a vernos?
- Por supuesto - respondió Gabriel, con la voz temblorosa de emoción -. Hasta la próxima.



12-Haz una historia sobre una primera cita en una pescadería.

Yo quería escribir un relato cortito y romántico y he acabado con +2000 palabras de fluff gay. Lo siento. Y es que últimamente le estoy cogiendo el gusto a escribir cosas románticas, ¡a pesar de que nunca me ha gustado leerlo! Siempre me da la impresión de que el género está lleno de amores adolescentes tóxicos, demasiado sexo con metáforas que dan grima o, simplemente, relaciones vacías que no te aportan nada. Por eso he intentado escribir algo un poco más realista y cuqui.

¿Recordáis vuestra primera cita? Yo sí, simplemente caminamos durante horas bajo el abrasador sol sevillano y terminamos en un starbucks, tomando café y charlando sobre nuestra vida. La recuerdo con mucho cariño, así que ahora en nuestro aniversario siempre intentamos ir a por un café <3

Nada más que añadir, aparte de que podéis dejarme comentarios o reviews y compartir el post si os ha gustado. Además, ¿qué tal si aprovecháis la cuarentena para leer otros de mis relatos, o incluso echarle un vistazo a Ojo de buey? También podéis recomendarme escritores o blogs que me puedan interesar, que necesito más entretenimiento.

¡Un saludo y nos vemos en el próximo relato!

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11 de marzo de 2020

El quinto Veda

El día en que los dioses bajaron a la tierra fue un día que marcó un final y un principio en la historia de la humanidad. Y aún lo recuerdo como si fuera ayer: el olor a humo y carne chamuscada, el cielo oscuro cubierto de ceniza. Me levanté aquella mañana cuando todas las alarmas de la ciudad despertaron al unísono, con su eco desacompasado resonando por las calles. Lo primero que hice fue ir a buscar a mi gata al rincón tras el sofá, que es donde siempre se escondía, y una vez la tuve en brazos se aferró aterrorizada a la tela de mi camiseta. Temblaba, y sus ojos redondos se veían negros del pánico. Le di un cariñoso beso en la frente mientras la estrechaba entre mis brazos y me resigné a tan solo cambiarme los pantalones y ponerme las deportivas.

Lo siguiente que hice, mientras preparaba la mochila de emergencia, fue revisar mis redes sociales. Me encontré con miles de noticias aisladas de incendios, explosiones y grandes suicidios en masa por distintas partes del mundo, grupos radicales que se alzaban clamando el Apocalipsis, rumores de una guerra mundial secreta, canales de servicios de emergencia llamando a la población a refugios, y muchos, muchos chistes burlándose de la histeria. Parecía una película o una especie del sueño del que no había despertado del todo. No sabía bien qué pensar y la gente ya empezaba a reunirse en las calles, así que me apresuré y salí de la casa con la mochila sobre los hombros y la gata entre los brazos, mientras marcaba con torpeza el número de teléfono de mis padres.

De aquel día han pasado ya casi cuarenta años, y si os hablo con sinceridad no sabría deciros cómo hemos llegado hasta aquí. Pero ahora es Vishnú quien lo controla todo. Descendió de los mismos cielos y se presentó con todos los nombres que poseía, con el rostro cambiante de todos sus avatares. Su sonrisa era todo bondad, y a pesar de tener la apariencia de un humano todos supimos que estábamos en presencia de una divinidad. Nadie le cuestionó cuando se sentó y empezó a hablar, recitando los mismos mantras una y otra vez. El quinto Veda, lo llamaron. Las palabras que nos llegaban desde el mismísimo dios. Vishnú nos habló del universo y de sus leyes, de que nuestra existencia no era más que un mero sueño para él, que su aliento nos daba vida sin ni siquiera pretenderlo. Habló de ser el Dios que conserva y protege, el que preserva el mundo tal y como lo conocemos, y sobre todo habló de demonios. Exhibía las armas que sostenía en dos de sus cuatro brazos, una maza dorada y un afilado anillo con los que afirmaba rebanar y aplastar los cráneos de sus enemigos. Siempre sonreía con dulzura, diciendo que había bajado a protegernos del mal. Y le creímos.

El mundo que Vishnú construyó era sin duda lo más cercano a un paraíso. Nuestros hijos no conocen el hambre ni el dolor, pues Vishnú nos provee de alimento y nos protege del mal. Nada es capaz de dañar nuestro cuerpo o de rasgarnos la piel. Nadie trabaja, y no hay pobreza pues ni siquiera hay nada que se pueda poseer. No existe la enfermedad, pues todos nuestros enfermos encuentran pronto la paz. Y jamás sentimos tristeza, pues Vishnú nos protege de toda emoción. Dentro de nuestra impecable burbuja nada puede alcanzarnos y así es como dejamos de existir. En nuestra mente solo hay blanco, pues Vishnú nos dice que no hay mayor honor que liberarse de la vida. Un pájaro en una jaula posee una libertad que nosotros jamás soñaríamos, pues más bien somos flores cortadas que reposan en un jarrón. Y por supuesto, las flores también se marchitan.

Así que de vez en cuando alguien despierta del sueño de Vishnú. Hace falta carne para alimentar la maquinaria, para sostener la vida de los millones de humanos que yacen inconscientes bajo la mirada de su dios. Si vieras sus cuerpos te horrorizarías, pues están atrofiados y rodeados de cadenas doradas, con agujas sujetándoles los huesos. Y aún así sonríen, mostrando sus dientes podridos y gimiendo de placer. Shiva es quien vaga por la tierra sesgando la vida de aquellos que ya la han perdido, dominando la naturaleza y regenerando cada rincón de la tierra. Es quien entrega la muerte, cubierto de las cenizas de los incendios que provocan los bosques, dejando espacio para que la nueva vida renazca. Pues Shiva es el dios que destruye pero también el dios que renueva, el que alimenta el ciclo infinito del Samsara.

Shiva nos caza, a todos los humanos que nos negamos a morir y renacer bajo los brazos de Vishnú. Y sabes, no es fácil escapar de una entidad divina. Yo soy una de las que consiguió huir durante los primeros días, y es uno de los recuerdos que jamás podrá desvanecerse de mi mente. Ya casi no puedo caminar, pues mis piernas fallaron hace mucho tiempo y mis ojos ya están prácticamente ciegos, pero narro este cuento a todo aquel que se acerca a escucharme. Porque aquel día Shiva me habló.

Todo mi grupo acabó muerto y yo caí en la tierra de rodillas. Solo me rodeaba la oscuridad, el intenso sabor metálico de la sangre. Quise agachar la cabeza y aceptar mi destino pero algo en mi voz no quiso someterse. En vez de eso grité, mirándole con los ojos llenos de ira, preguntándole por qué hacía todo esto. Shiva se detuvo en seco.

«Porque os lo merecéis.»

Su voz retumbó por todo el universo, deteniendo el mismo flujo del tiempo. Por un instante solo estuvimos él y yo.

«Los hombres camináis por el bosque y solo veis leña para el fuego, creáis miseria para luchar por riquezas vacías. Vuestro egoísmo os estaba destruyendo. Yo tan solo os libero de vosotros mismos.»

Quise gritar y responder. Que no todos éramos así, que el mundo aún contenía bondad, que la humanidad podía salvarse a sí misma. Pero Shiva se desvaneció y con él se llevó el universo, dejándome sola, ciega y herida en mitad de la nada. Solo entonces pude marchar. Desde entonces me dedico a ayudar a los que huyen o a los que despiertan demasiado pronto, a intentar mantener con vida a los únicos que conseguimos escapar. Nadie espera reconstruir la humanidad, pero al menos seguimos luchando por sobrevivir.

De vez en cuando escucho su voz. Supongo que él me busca, o que simplemente me encuentra deambulando por la tierra y decide pararse a charlar. Distingo su presencia divina a mi lado, sus manos cálidas y polvorientas, y esa voz dulce y amable que tanta paz me trae, que tanto miedo me infunde. Me ruega que le relate mi historia, así que le cuento los misterios del universo y lo que recuerdo de aquel Quinto Veda. Shiva escucha, paciente y complacido, hasta que de pronto y en mitad del relato desaparece sin más. Entonces simplemente retomo mi camino, arrastrando mi débil cuerpo por las tierras que Él domina hasta el día en que, de forma inevitable, volvemos a encontrarnos.

Quizás, para la próxima, me atreveré a pedirle que me libere a mí también.



11-Escribe un relato distópico sobre un grupo de supervivientes a un apocalipsis causado por dioses hindúes.

Explicadme este tema, por favor. Cuando lo leí me quedé completamente pillada, ¿cómo iba a escribir un relato que contuviera un Apocalipsis, sus supervivientes, dioses hindúes y elementos distópicos? La verdad es que me pasé todo el fin de semana dándole vueltas, y al final decidí por empezar a escribir sin más y ver a dónde me llevaba esto. Y aquí está.

Las distopías son, probablemente, el tipo de historia que más disfruto. Hay algo hermoso en ver un mundo tan estructurado y todos los horrores que alberga, en cotillear la vida de una persona que acaba atrapada en ese mundo que mucho dista de lo ideal. Creo que es un género increíble y que puede contar muchas cosas, pero también que necesita textos mucho más largos o temas más concretos para mostrar de verdad su profundidad. Así que en ese sentido creo que me he quedado un poco corta, pues quería escribir sobre tantas cosas y al final me he quedado en el soma de Un Mundo Feliz (que, por cierto, también tiene relación con el hinduismo).

Por otra parte, siempre me pone nerviosa escribir sobre religiones, ¡y más si estamos hablando de la tercera religión mayoritaria! He tenido muy en cuenta que el panteón de dioses hindúes no es una mitología cualquiera, sino una religión que profesan mil millones de personas, así que he intentado mantener mucho la integridad de sus personajes y sus funciones. Me he pasado horas investigando sobre el hinduismo y la verdad, es muy interesante. Por ejemplo, ¿sabíais que, a pesar de que haya muchos dioses, el hinduismo es principalmente monoteísta? 

Bueno voy a callarme ya que creo que me estoy emocionando demasiado. ¿Qué os ha parecido esta locura de relato? A mi, a pesar de todo, creo que me gusta. Dejadme en los comentarios vuestra opinión, dudas o correcciones, ¡que yo siempre estoy dispuesta a mejorar!

Un saludo y hasta la próxima <3

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4 de marzo de 2020

Noche estrellada

El suave crepitar de las llamas se mezclaba con los sonidos típicos de la noche, con el susurro del viento entre las ramas y los graznidos de las aves nocturnas. El olor a humo se filtraba entre los árboles y una fina capa de ceniza se empezaba a acumular sobre las hojas. Carina caminaba por el bosque acariciando los troncos de los árboles con una mano mientras arrastraba a su hermano con la otra, así que cuando se miró las yemas de los dedos y vio estaban ligeramente enegrecidas chasqueó la lengua con disgusto. Detuvo de pronto a Heze y le cubrió la boca, provocando que se sobresaltara, y entonces ella inspiró hondo. El viento soplaba en su dirección y hacía que el humo fuera mucho más molesto y asfixiante, pero eso les beneficiaba. Así tardarían más en encontrarles.

- Carina, por favor - el pequeño tiró del brazo de su hermana para liberarse -. Que no me dejas respirar.
- Está bien, pero lleva esto sobre la nariz - respondió Carina mientras le ofrecía el pañuelo -. No inhales este humo, ¿de acuerdo?

Heze asintió y se sujetó el pañuelo contra el rostro. Carina le tomó del brazo y empezó a correr por el bosque ágilmente, como si no fuera la primera vez que lo hacía. Heze la seguía a duras penas intentando no trastabillar. Él no miraba al frente sino que miraba hacia atrás, hacia las llamas, viendo el fulgor rojizo danzar entre las copas de los árboles. Las sombras crecían y bailaban furiosas y los remolinos de humo se alzaban imponentes, de un negro aún más negro que el cielo y que cubría todas las estrellas.

- Carina - llamó, aunque ella no se giró para contestar -. No sé si puedo correr mucho más.
- Tienes que hacerlo, Heze -. Notó cómo ella le apretaba la mano con firmeza -. No nos queda otra.

Corrieron hasta que Heze no pudo más y cayó de bruces sobre la tierra. Intentó incorporarse pero sus piernas temblaban y se derrumbaban cada vez que quería apoyarse en ellas. Gritó y Carina se detuvo para tomar a su hermano en brazos. Pesaba muchísimo, pero se fijó en que le temblaban los labios y casi no podía respirar. No podrían avanzar así.

- Está bien, tranquilo - le acarició suavemente el cabello oscuro mientras buscaba con la mirada otra salida. Rápidamente detectó una pequeña abertura en la montaña -. Podemos descansar ahí. Venga, sujétate bien. Y no sueltes el pañuelo.

Heze tosió con violencia y se aferró con fuerza a los hombros de su hermana, mientras esta le sujetaba el peso de las piernas. Ahora caminaba despacio y con sigilo, muy atenta a todos los sonidos que los rodeaban. El viento entre los árboles, el canto de las aves, el crepitar de las llamas... y los gritos. Gritos de pánico y de auxilio, que se mezclaban con las voces graves de los comandantes. Ya habían empezado. Carina caminó en dirección contraria hasta que alcanzó la grieta en la piedra. Era mucho más profunda de lo que aparentaba y lo agradecía profundamente. Avanzó lo suficiente como para poder dejar el cuerpo de su hermano en el suelo, recostado contra la pared.

Respiraba con mucha dificultad. Carina también notaba el castigo de aspirar el humo, pero Heze parecía mucho más afectado que ella. Pequeñas perlas de sudor le brotaban de la piel y casi no era capaz de sostener el pañuelo que le había dado Carina. Ella lo tomó para secarle la frente. 

- No puedo respirar - Heze deslizó la mano por el cuello y empezó a hundir las uñas en la piel -. Hay algo...
- No - Carina le sujetó la muñeca con firmeza -. Tienes que aguantar, Heze. Solo un rato más.

Heze soltó un gemido y se sacudió intentando liberar su mano. A pesar de ser más pequeño tenía bastante fuerza, así que Carina tuvo que apoyar todo su peso contra él para mantener las manos de Heze presionadas contra sus piernas. Se retorció agónico hasta que no pudo más y se quedó casi inmóvil, gimiendo y arañando suavemente la tela del pantalón. Carina se separó de él un instante para recuperar el aliento y se asomó a la entrada de la cueva.

Los pasos estaban más cerca. Los perros, los malditos perros, ladraban y corrían ladera arriba. No tardarían mucho en encontrarles.

- Heze, por favor, tenemos que irnos ya - insistió Carina, dándole pequeños toques a la mejilla húmeda y fría de su hermano -. ¿Puedes correr? Tenemos que correr, Heze.

No respondía. Carina intentó tomarlo en brazos pero Heze soltó un grito de dolor, así que lo volvió a dejar en el suelo. Algo iba mal.

- Lo siento, Carina... - susurró Heze, deslizando sus manos por el rostro -. Pero no puedo más, de verdad, no puedo más...

Carina se dejó caer contra la pared, derrotada, mientras veía como su hermano se clavaba las uñas en los ojos. Metió los dedos bajo los párpados, siguiendo el contorno de los huesos, y de un fuerte tirón se deshizo de parte del rostro. Bajo la piel aparecieron escamas plateadas y brillantes, y una boca entreabierta con demasiados colmillos que tomó una violenta bocanada de aire. Heze tosió mientras se deshacía del resto del disfraz, tirando los retazos de piel por el suelo y dejando al descubierto un cuerpo cubierto de afiladas escamas, de ojos grandes y pupilas horizontales. Fuera de la cueva se escuchaban los ladridos de los perros, los gritos, los disparos de advertencia. 

- Perdóname, Carina - la criatura se lanzó a sus brazos y gimoteó -. No podía respirar, lo siento muchísimo.
- No pasa nada, Heze - respondió, dándole un beso en la parte superior de la cabeza, mientras ella misma empezaba a rasgarse la piel del cuello -. La próxima vez lo conseguiremos.



10-Esta semana los disfraces son los protagonistas. Tus personajes deben ir disfrazados durante todo el relato.

¿Me he tomado el tema de esta semana como me ha dado la gana? Es probable. ¿Técnicamente lo cumple? También. ¿Estoy contenta con el resultado? Pues bastante.

No sé por qué, pero me apetecía escribir algo scifi para este reto. Pensé en hacer un relato en un tono más humorístico, pero se me vino a la cabeza la imagen de un niño arrancándose un "disfraz" y dejando al descubierto un cuerpo alienígena... y tuve que hacerlo. Dato curioso, tanto Carina como Heze son nombres de estrellas. La verdad es que le he cogido cariño a estos dos.

Por cierto, y no tiene nada que ver con el relato, ¡me he apuntado a un curso de escritura fantástica! Me hace muchísima ilusión, así que próximamente veréis relatos nuevos fuera de los retos Literup.

¿Qué os ha parecido este relato? ¿Creéis que cumplo el tema? Dejádmelo en los comentarios. ¡Un saludo y hasta el próximo relato!

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27 de febrero de 2020

Mimi

La casa parecía enorme ahora. Todos los muebles habían desaparecido y los rincones, que una vez estuvieron llenos de cajas, también habían quedado vacíos. Lucía canturreó suavemente mientras se paseaba por las habitaciones, escuchando el eco que dejaban sus manoletinas al caminar y admirando las esquinas que hacía tiempo que no veía. Le llamaban mucho la atención las marcas hundidas que dejaban las mesas en el parqué, o los cuadrados de polvo que antes ocultaban las estanterías. Y sobre todo, el espacio. Se sentía pequeña entre tantas paredes vacías.

Se apartó en el pasillo para dejar a sus padres pasar, que iban de un lado a otro llevando las maletas desde su habitación hasta la puerta. Se fijó en que su madre había cogido también su pequeña mochila azul con lentejuelas, y que estaba cerrada. Lucía soltó un grito ahogado y salió a correr.

- ¡Mamá, cuidado! - chilló, mientras alcanzaba la mochila y la abría para sacar la cabeza de su conejo de peluche - Que así se agobia.
- Lo sé, cariño, lo sé - su madre suspiró suavemente y cerró la cremallera alrededor del cuello del conejo, dejando le asomara la cabeza. Luego le entregó la mochila a Lucía -. Será mejor que la lleves tú. Nos vamos ya, así que echa un último vistazo, ¿vale?

Lucía se colocó la mochila al hombro y recorrió las habitaciones una a una, desde la entrada hasta el final del pasillo. Lo primero fue la cocina a su izquierda, que era lo que menos había cambiado en toda la casa. La nevera, el microondas y el resto de electrodomésticos seguían en su sitio, e incluso la mesa donde siempre comían también se había quedado allí. Lo único que no veía eran las cortinas blancas, de forma que la luz pasaba directamente por las ventanas y hacían que la habitación fuera demasiado luminosa. Lucía entrecerró los ojos y revisó uno a uno los cajones que podía alcanzar. También estaban vacíos, a excepción de una goma elástica que alguien olvidó en el cajón inferior. La tomó y se la puso en la muñeca izquierda.

Pasó al salón que estaba justo enfrente de la cocina, la habitación más grande de toda la casa. Allí no quedaba ningún mueble, así que no tuvo mucho que revisar. Se asomó a la terraza y comprobó, con tristeza, que sus padres habían dejado ahí las jardineras llenas de flores. Les susurró una pequeña despedida y les aseguró que pronto vendría alguien a cuidarlas. No estaba segura de ello, pero quería consolarlas de alguna manera. Además, pensaba, las plantas no saben reconocer las mentiras.

Lo siguiente fue la sala de estar, que siempre recordaría a rebosar de juguetes y peluches. El sofá de tela roja, el escritorio y la alfombra que antes ocupaban la totalidad de la estancia también se habían desvanecido. Le resultó divertido ver que aún quedaban pequeños rectángulos de cinta adhesiva en la pared, como pequeños chivatos de que ahí antes hubo un póster colgado. Igual que los agujeros de los clavos que habían dejado los cuadros. Era como si esas paredes estuvieran especialmente vacías.

Ya solo quedaban dos habitaciones y el baño. Lucía solo se asomó al cuarto de sus padres, que olía a polvo y oscuridad. Alguien había cerrado las persianas y le daba la impresión de que, de esa forma, la habitación había quedado cerrada para siempre. Se quedó unos segundos bajo el marco de la puerta mientras pensaba, hasta que por fin decidió dirigirse al baño.

Por supuesto, la ducha y el lavabo seguían en su sitio. Por curiosidad abrió el grifo y se sorprendió al ver que el agua seguía corriendo. No estaba segura de por qué, pero había asumido que también se habrían llevado el agua. El único mueble que faltaba era la pequeña estantería de madera que antes sujetaba las toallas, pero todo lo demás seguía igual. Mientras cerraba la puerta se preguntó si en la nueva casa tendrían bañera.

Por último se fue a su habitación. Las cortinas de flores ya no estaban (y menos mal, porque no le gustaban nada) y de la cama solo quedaban los arañazos que dejaban las patas en el suelo. Bajó la persiana con cuidado de que quedara una pequeña rendija de luz y se dirigió al único sitio de interés que quedaba en la habitación, el armario empotrado.

Lo abrió y revisó la cajonera por última vez, pero estaba completamente vacía. Alzó la cabeza y se fijó en las perchas que también habían dejado atrás. Frunció el ceño. Su madre siempre se quejaba de que no había suficientes perchas, ¿por qué no las había cogido? De todas formas no las alcanzaba, así que tuvo que dejarlas ahí. Por último miró la esquina inferior derecha del armario, donde había un pequeño espacio entre la cajonera y la pared.

Mimi estaba allí, esperando. Era una pequeña criatura peluda, alargada y de color verdoso, que se enroscaba suavemente sobre sí misma. Mimi no tenía brazos ni piernas y Lucía ni siquiera sabía si tenía boca, pero sí se le veían los ojos negros y grandes por debajo del pelaje. Parecían brillar de tristeza.

- Hola, Mimi - susurró Lucía, alargando la mano. La criatura se deslizó entre sus dedos, completamente ingrávida pero aún así causando un leve cosquilleo -. Es hora de despedirse.

Lucía la depositó en el suelo y contuvo las lágrimas. La iba a echar tanto de menos. Y le preocupaba que nadie más cuidara de ella. Mamá le había dicho que no se la podían llevar, ¿pero qué iba a saber ella? Ni siquiera había visto nunca a Mimi. Lucía intentó muchas veces demostrarle que vivía allí, enseñándole las pequeñas rocas y chuches que Mimi acumulaba en la esquina del armario, pero su madre sacudía la cabeza y se marchaba sin más. Mimi se escondía ante los extraños y tampoco le gustaba salir del armario, así que ambas pensaron que lo mejor era separarse. Pero le daba tanta pena.

- Mira, te he traído esto - Lucía se quitó la goma elástica y la dejó caer en el hueco -. Para que no te olvides de mí, ¿vale?

Mimi se enroscó dentro del perímetro de la goma y se sacudió, satisfecha. Después se arrastró hacia su rincón de tesoros y sacó una pequeña moneda que empujó con el morro hasta la mano de la niña. Era una moneda que Lucía no había visto jamás, pentagonal y de un intenso color dorado, con un agujero redondo en el centro. La tomó para admirarla y se fijó en el extraño relieve que tenía dibujado, como pequeños símbolos que se ordenaban como si fueran palabras.

- ¿Es para mí? - Lucía miró primero a Mimi y luego a la moneda, que guardó en el bolsillo -. Es preciosa. Gracias.

- ¡Lucía, por favor! - escuchó a su madre gritar desde el rellano - ¡Que nos vamos ya!

- Lo siento, Mimi. Me tengo que ir. - Inspiró hondo y habló, con voz temblorosa -. Te quiero.

La criatura giró sobre sí misma y desapareció en el rincón. Lucía se secó bruscamente las lágrimas y salió a correr hacia la puerta, con cuidado de que su conejo de peluche no se mareara, y alcanzó a su madre que esperaba con las llaves en la mano. Ya habían llamado al ascensor y todo. Lucía cerró la puerta y se marchó para siempre de aquel lugar, sabiendo que no volvería jamás. Se fue con el corazón encogido, sintiendo el relieve de la moneda entre la yema de sus dedos.




9- Escribe un relato que ocurra en la casa de tu infancia.

El relato de esta semana es sencillito, lo sé, ¡pero es que estoy agobiada con la universidad! Y me apetecía escribir algo ameno y cuqui para este tema, para endulzar un poquito el paladar después de la crudeza de El Rey de Amarillo.

La verdad, este tema me resultaba extraño porque yo como tal no tengo casa de la infancia. He vivido en muchas casas distintas, y que se puedan considerar "de infancia" son al menos 3 de ellas. He decidido escoger la última (porque no recordaba tan bien las otras), y además representar un poco la experiencia de tener que marcharte de tu hogar. Por desgracia yo no tenía un pequeño amigo peludo, pero sí había un hueco en ese armario que siempre me resultó extraño.

En fin, ¡espero que os haya gustado! ¿Qué os ha parecido esta vez? Podéis dejármelo en un comentario, además de darme vuestro feedback o hablarme un poco de vuestra casa de la infancia. Soy todo oídos. O todo ojos, más bien.

¡Hasta la próxima!

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20 de febrero de 2020

El Rey de Amarillo

(Content warning: Body horror, un poco de gore)

Yo antes era un rey, ¿lo sabías? Prácticamente un dios. No había ser vivo que no se arrodillara ante mí, ni súbdito que se atreviera a mirarme a los ojos. Hasta la misma tierra clamaba mi nombre, Hastur, como el viento silbando entre zarzas secas y el grave retumbar de las cavernas. Yo fui aquel que posó el destino en la palma de su mano, aquel que esculpió en oro su existencia.

Nací bajo una estrella noble y con la promesa de una profecía atada al cuello. «El Hijo de Reyes, El Perpetuo», clamó el oráculo con tan solo escuchar mi nombre. El día que yo nací el mundo se curvó a mi alrededor, o más bien fue entonces cuando el tiempo empezó a ser tiempo. Todo lo que yo tomaba no me podía ser arrebatado y todo lo que yo vencía jamás volvía a latir de nuevo; pues aquello que llegué a poseer nunca me fue regalado sino ganado con el más puro derecho.

Y el poder es capaz de conseguir todo aquello que deseas, pero atrae a los enemigos como la carroña atrae a las moscas. Y no hay mayor satisfacción que la de humillar a aquel que alguna vez puso en duda tu valía, imbuirse en el temor a la muerte que brota de sus ojos. Les derroté, sin más. Fueron incapaces de seguirme el ritmo, de trazar el intrincado patrón de sombras que se cernía sobre ellos. Pronto el mundo entero estaba subyugado por mi mano. Me temían, me respetaban, como insectos lamiendo la suela de mis sandalias.

Pero he aprendido una cosa. No debes matar si no estás dispuesto a morir, pues la Parca es paciente y sus designios son justos. Y la maldición de ser mortal, de llevar una vida de pecado y poder es que, a veces, se crean rencores tan antiguos que desafían toda lógica y todo plan.

Lo que quiero decir es que si matas, si destruyes y conquistas, la muerte acabará tocando a tu puerta. Y debes contestar, sumirte en su abrazo, recibir el puñal en la espalda y la humillación de ser abatido. Debes mirar a los ojos a tu asesino y comprender su dolor, la fiera determinación en su mirada. Sentir el mundo pesado en tus hombros, tanto oro y opulencia para acabar ahogándote en tu propia sangre... Tuve que ver, en un instante, cómo se me arrebataba mi legítimo reinado, mi derecho a la divinidad, el efímero placer de la vida.

Aquel día morí sonriendo, pues yo maté y la muerte se posó en mí. Pero yo no estaba dispuesto a marchar. Yo soy El Perpetuo y ni la muerte puede vencerme.

Me he arrastrado desde el infierno hasta la tumba y rasgado la tierra con las manos desnudas, dejando jirones de piel entre raíces y ramas secas para inhalar el aire frío de la madrugada. Imbéciles. Creyeron que un cajón de madera podría apresarme por siempre, que arrancarme el corazón dejaría inerte mi cuerpo. Me gané tanto odio que arrojaron mi cadáver a un pozo cualquiera en vez de encerrarme en la cripta de mis padres. Ese fue vuestro primer error. 

Hay sangre corriendo por mis venas, densa y oscura, que gotea despacio a través de las grietas de mi cuerpo. Algo perverso tensa mis músculos y arrastra mis huesos, absorbe la luz que proyectan mis ojos. Un pacto maldito y horrores que no deben ser nombrados conforman mi imagen, me arrastran a través del tiempo.

Salí a reclamar mi reinado, pero este cuerpo... este cuerpo enloquece a todo aquel que lo mira. Y no es el terror que despertaba antaño, los cuerpos encogidos y cabezas gachas: es sangre helada y gritos ahogados, la locura que despliego a cada paso. Incluso aquello que llegué a amar terminó profanado. Jamás podré olvidar sus llantos. 

Y el dolor es inmenso. Cada corte y cada miembro cercenado duele sin entumecerse jamás, y las heridas nunca llegan a sanar del todo. Terminé por huir, horrorizado de mi destino, con la vaga esperanza de evitar los espejos y vivir inmortal, de conservar a duras penas la humanidad que aún creía poseer. Pensé que podría salvarme.

Pero se corrió la voz del monstruo que vagaba por las tierras del Rey, de la bestia que dejaba a su paso un velo de enfermedad y muerte; pues todo lo que yo tocaba se resquebrajaba como hojas secas. Ahí llegaste tú, el Héroe, el Misericordioso, el que tuvo la bondad de abatir al engendro y de entregarle paz a su alma. Tomaste mi cráneo para engarzarlo en oro y mandaste quemar el resto, rezando a la luz de una hoguera negra, pensando que el fuego me desvanecería del universo. Que así el mundo dejaría de estar maldito. Yo también lo pensé, y en la lucidez de la agonía no tuve más que esperar a la Parca. 

Pero sabes, incluso aunque me mates yo jamás podré morir. Aunque me cortes el cuello y desmontes mi cuerpo, aunque pierdas cada harapo y cada vena, aunque mis huesos triturados se los lleve el viento... yo no puedo morir. Siento cada célula de mi cuerpo, dispersa y herida, llamándose unas a otras y pidiendo clemencia. Tu dulce misericordia me ha traído el más infiel de los infiernos, el terror de lo incontable. El universo me ahoga y me somete, me humilla a cada instante, el tiempo se clava en mis entrañas y ni siquiera puedo gritar. ¿Cómo puede vivir un ser con tantas partes, cómo puedo existir siendo cenizas? Cada instante que añoro la muerte es una certeza más de que esta nunca llegará, una condena a la demencia si tan solo un monstruo como yo pudiera estar loco. Al menos me queda el consuelo de ser eterno.

Yo soy El Perpetuo y mi alma se filtra como veneno entre la arena, así que recuerda mi nombre. Cierra los ojos, ¿puedes oírlo? Hastur. Como el susurro del viento que mece los bosques, como el profundo retumbar que canta la tierra...




8- Haz una historia en la que tu protagonista siga el arco emocional de Edipo.

Bueno, lo admito: me he divertido demasiado con este relato. Después de los cuentos de fantasía de las últimas semanas necesitaba algo más indulgente y drámatico, como una válvula de escape. Y es que a veces una necesita escribir lo que le sale del alma, sin más.

El tema era el arco emocional de Edipo, que se describe como una caída, un ligero ascenso y una caída de nuevo. Es un arco que hace mucho hincapié en el destino y en la mala suerte, y sobre todo en las consecuencias negativas que tienen nuestros actos. No sabía si iba a ser capaz de reproducir este esquema, pero creo que más o menos lo he conseguido. ¡Al principio de esta semana ni sabía lo que era un arco emocional!

Además este relato tiene muchas, muchísimas referencias a obras que admiro o que he disfrutado esta misma semana. Además de Hastur, que es un dios Primigenio del universo de Lovecraft, ¿Eres capaz de pillar más referencias?

En fin, hasta aquí el reto de esta semana. ¿Te ha gustado este tipo de relato o es demasiado melodramático? Puedes dejarme un comentario con tu opinión, reviews...

¡Nos vemos en el próximo relato!

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16 de febrero de 2020

El rey de las bestias

El mundo de Janka se definía alrededor del color. El marrón oscuro de la madera de la barca, el azul marino del cielo nocturno, el rojo escarlata de la manta que la arropaba por las noches. Había colores tranquilos y reconfortantes, colores en los que se hundía sin oponer resistencia; y colores peligrosos que ni siquiera se atrevía a tocar. Las voces, los rostros, cada sonido tenía su tonalidad única.

Una vez le habían dicho que ella veía colores que no podían existir. Extraños reflejos en las manchas de aceite, el cambiante patrón de las alas de mariposa o los suaves matices violeta que teñían las llamas. Nadie más los veía salvo ella, pero como eran colores sin nombre a nadie parecían importarles. Janka se marchó de su hogar en cuanto comprendió que allá donde ella veía belleza los demás solo veían gris.

Aquel día el mundo era de tonos tranquilos y familiares. Azul, blanco y beige, los colores del mar y de la arena. Había montado un pequeño puesto en la orilla con los trozos de madera que pudo salvar de su barca encallada, y con palos y mantas consiguió construir un pequeño tenderete. Siempre pensó que esa isla estaba desierta, pero aquel día vio que en realidad había un pequeño poblado en la bahía. Y ya que las olas le habían obligado a naufragar justo al lado, no le quedaba otra que hacer negocio.

Dejó pasar las horas, aburrida, viendo a la gente de la aldea ir y venir con ajetreo. Algunos la miraban a lo lejos con curiosidad, murmurando y lanzando miradas furtivas, mientras que otros hacían como si no estuviera allí. Eventualmente alguien decidió acercarse.

Era un hombre extraño. En realidad, era el hombre más extraño que Janka había visto jamás. No por su aspecto, ya que tenía la piel oscura y el pelo castaño y ondulado, como la mayoría de gente de las islas. Llevaba ropas curiosas, como si pertenecieran a culturas completamente distintas y él las hubiera conjuntado a placer. Reconoció algunos retazos de telas caras y bordados de oro escondidos bajo correas de cuero, en las que llevaba engarzados artefactos y joyas que no había visto nunca. También lucía varios anillos en cada dedo, y aquellos que parecían demasiado pequeños o demasiado grandes estaban enganchados con una pequeña cinta al cuello. A pesar de las ropas chillonas y aparatosas, caminaba con la confianza de un rey y con el desgarbo de un rufián.

Pero lo que de verdad hacía que ese hombre fuera extraño era el color que le transmitía su rostro, como una especie de fulgor dorado que se transformaba a cada instante. Janka no sabía ponerle nombre.

- ¿Qué vendes, muchacha? - preguntó el hombre con gesto altanero.
- Caracolas - respondió, molesta. ¿Por qué siempre la confundían con una niña? Hizo un gesto vago sobre la mesa, en la que había recopilado distintas conchas y objetos marinos.
- Ah, entiendo -. El hombre se inclinó y tomó una pequeña concha blanca y rosada, que tenía una esquina partida -. ¿Y no son estas las conchas que hay tiradas normalmente por la playa?
- Lo son. Las acabo de recoger.
- ¿Y por qué iba alguien a comprartelas cuando pueden ir a buscarlas ellos mismos?
- ¿Crees que me importa? - Janka le arrebató la concha y la volvió a colocar en la mesa -. No es mi problema. Si quieren comprarme conchas, lo harán. Te sorprendería las tonterías por las que paga la gente.

El hombre soltó una profunda carcajada. Su mirada seguía siendo altiva, pero no guardaba ni una pizca de desprecio.

- Está bien, te las compro todas. ¿Qué quieres a cambio?

Janka frunció el ceño. No había pensado en ello. Podía pedirle oro, o uno de los anillos que llevaba, pero eso no le ayudaría a salir de esa isla casi desierta.

- ¿Qué tal algo de comer y un sitio donde pasar la noche?
- Perfecto. Acompáñame, entonces.

Recogió rápidamente sus cosas, envolviendo las conchas con cuidado en la tela turquesa, y le siguió a través de la playa. Ahora veía la espada que tenía a la espalda, ancha y decorada, con un lobo tallado en la empuñadura. Mágica, sin ninguna duda. Seguramente era carísima.

- Por cierto, ¿cómo te llamas? - preguntó Janka -. No me gusta meterme en casas de desconocidos.
- Mi nombre es Ruj'ku - respondió el hombre, sonriendo -. El conquistador, el rey de las bestias, el último gran héroe y el defensor de occidente.

Se giró para mirar a Janka, que permanecía indiferente. Tan solo alzó una ceja con desdén y Ruj'ku se rió, azorado.

- Mis amigos me llaman Ru.
- Mejor. Yo soy Janka, comerciante. No tengo más títulos. 
- ¿Y cómo has acabado aquí? Es la primera vez que nos visita un mercader.
- He... naufragado, más o menos. - Janka miró hacia atrás, hacia los escollos entre los que había varado la barca -. Pero he tenido suerte de que estuviérais por aquí. Siempre creí que esta isla estaba llena de monstruos.
- Ah, todavía lo está. Mira ahí.

Janka vio entonces la bestia a la que estaba señalando Ruj'ku, que custodiaba la entrada al poblado. Parecía una especie de bisonte, grande y con el cuerpo robusto, pero sus cuernos eran mucho más gruesos y toscos de lo habitual. El animal bufó en su dirección y arrugó el morro, dejando al descubierto una mandíbula monstruosa con grandes colmillos. Gruñó suavemente y Janka se detuvo en seco.

- ¡Tranquila, no es peligroso! - Ruj'ku rió y se acercó al animal, que bajó la cabeza sin dejar de enseñar los dientes.
- ¿Estás seguro? - Janka lo miró desconfiada - Parece que come carne.
- Bueno, inofensivo del todo no es - levantó el antebrazo y lo colocó frente a la bestia, que empezó a mordisquear el cuero de la armadura con recelo -. Me costó lo suyo amansarlo, pero ya casi no muerde.

Casi. Janka pasó a su lado bordeándolo con cautela y siguió a Ruj'ku por el pequeño poblado. La gente iba de un lado a otro atareada, pero todos se giraban a su paso. Algunos saludaban a Ruj'ku con una profunda reverencia mientras que otros solo gesticulaban sin levantar la cabeza de su trabajo. Parecía que ese asentamiento llevaba poco tiempo allí, a juzgar por las casetas endebles y las tiendas de tela que componían la totalidad de la aldea. La de Ruj'ku era la más grande.

El interior era amplio y austero, pues además de un par de pesados baúles solo veía un rincón de mantas y una pequeña mesa de madera improvisada, con cojines a su alrededor. Ruj'ku le indicó su asiento mientras él se deshacía de sus joyas y armas y las colocaba contra los baúles. Tomó un pequeño cuenco metálico que posó en la mesa, y con un pequeño toque el agua en su interior empezó a borbotear. Usa magia roja, entonces. Janka le habría juzgado mal. No siempre adivinaba el color de la magia que podía usar cada persona, y este no siempre se correspondía con el color que ella sentía.

Ruj'ku sirvió el agua hirviendo sobre unas pequeñas tacitas que contenían especias. Janka lo tomó y lo mantuvo entre sus manos, inspirando hondo. Era un olor reconfortante y familiar, de un tenue azul cielo, aunque la propia infusión era oscura y marrón.

- Entonces, señorita mercader - Ruj'ku se dejó caer en el cojín -. Podemos reconstruirte la barca en unos días, y podrías marcharte en cuanto esté lista.
- Perfecto - susurró, dándole un sorbo a la infusión -. ¿Y el precio?

Ruj'ku alzó una ceja, divertido, pero ella simplemente se encogió de hombros.

- Las cosas tienen precio. No soy estúpida.
- La verdad es que estaba pensando en pedirte que fueras nuestra comerciante real.
- ¿Comerciante real? - Janka bufó con desdén -. No digas tonterías. No voy a dedicarme a comerciar con una isla de mala muerte.
- Esta isla será pronto un imperio - dijo, con tono severo. Janka se quedó helada. Sonaba demasiado serio para estar bromeando -. Esta isla, y las que la rodean, y todo el continente. Esto es solo el principio de mi reinado.
- De todas formas - intentó reir, incómoda, pero la profunda mirada de Ruj'ku se lo impedía, así que optó por dar excusas -. Yo ya tengo un trato comercial con la Costa de la Luna, y si estaba por la zona es porque necesitaba especias. Ni siquiera sabía que esta isla...

Janka se detuvo de pronto al darse cuenta de que Ruj'ku le estaba mirando fijamente el pecho. Se llevó la mano al cuello, ofendida.

- Perdona, es la brújula - susurró Ruj'ku suavemente, sin apartar la mirada -. Te la compro.
- ¿Esto? - Janka tomó el artefacto y lo giró entre sus dedos -. Ni recordaba que estaba aquí.
- Es mágica, ¿verdad? Veo que no señala al norte. La quiero.

Janka desabrochó la cadena y la puso en la mesa, pensativa.

- No sería justo. La aguja apunta a mi hogar.
- Oh, si es importante no quiero quitártela - Ruj'ku se había inclinado para cogerla, pero en ese momento se echó para atrás -. Parece un objeto muy sentimental.
- Tranquilo, no es eso. Ojalá apuntara a cualquier otro lugar - Janka se mordió el labio, dejando ver un atisbo de dolor en su mirada -. Solo la conservo porque no sé qué más hacer con ella. Necesita un color muy particular para cambiarle el rumbo y no sería justo darte un objeto que no puedes usar.
- Eso no importa - Ruj'ku sonrió y tiró de la cadena -. ¿Me la prestas? Te la devuelvo ahora.
- Claro, pero no la vas a poder activar. Tu magia...

La brújula brilló con un intenso fulgor ámbar que inundó toda la estancia, y una pequeña explosión envolvió al objeto en chispas naranjas. Cuando la luz se calmó la aguja empezó a girar de forma descontrolada.

- ¿Lo ves? - Ruj'ku deslizó la brújula sobre la mesa -. Ahora señala esta isla. Así podrás volver siempre que quieras. ¿Aceptas el trato, mercader?

Janka tomó la brújula con manos temblorosas y miró a Ruj'ku. Este sonreía, complacido e inocente, como ajeno a la grandioso despliegue de poder que acababa de mostrar. ¿El conquistador, el rey de las bestias, el último gran héroe y el defensor de occidente? De repente los títulos cobraron sentido.

Janka se colgó la brújula al cuello y sonrió por primera vez en mucho tiempo. Era una sonrisa feroz y enérgica, de esas que te llenaban los ojos de lágrimas. La sonrisa de alguien que acababa de encontrar su sitio.

- Cuenta conmigo, Ru.



7-¡La fantasía es la protagonista! Esta semana escribe un relato de este género.

Madre mía, no sabéis lo que me ha costado sacar este relato, pero afortunadamente lo he terminado a tiempo. Es curioso, este es el primer reto en el que no me dan una pauta a seguir sino un género entero, y me ha costado más decidir sobre qué iba a escribir que escribirlo en sí mismo.

Este relato está ambientado en el mismo universo que Alas blancas, y todos estos personajes probablemente aparezcan en la nueva novela que estoy planeando. Probablemente vaya subiendo pequeños textos o fichas de personajes, pero de aquí a que la termine...

En fin, poco más que decir. ¡Nos vemos en el próximo relato!

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