30 de abril de 2020

Los amos del campo

Los días sin nubes son repugnantes, por mucho que los terratenientes se deleiten con ellos. Sus mujeres se pasean por las fincas con parasoles de encaje y caros zapatos, recogiéndose con remilgo el dobladillo del vestido; sus hijos se bañan en el río y juegan a la sombra que regalan los árboles. Y ellos, "los dueños", se sirven cerveza y fruta fresca, conversan y aguardan a la caída de la noche. Tienen el descaro de llamarlo buen tiempo mientras se ocultan bajo sombras privadas, mientras alivian el calor con bebidas y abanicos. Digan lo que digan, los días sin nubes son repugnantes.

Y hoy era un día de esos, de sol incansable y sudor pegajoso brotando desde cada poro de mi cuerpo. Sin viento, al menos, el polvo no se mete en los ojos, pero de poco sirve cuando cada jornada se te hace eterna y despiadada. En días como estos tierra es lo único que me consuela. Labrar el suelo seco, desmenuzar cada terrón y raíz muerta, las suaves espigas del trigo arañándome la piel. Ellas, las mujeres de los terratenientes, se cubren las manos con guantes de seda y se liman las uñas en delicados patrones, pero las mías están cubiertas de callos y heridas que nunca cicatrizan del todo. Y no negaré que sus manos son hermosas, tan sutiles y tan finas, pero las mías... Mis manos guardan una belleza distinta, como cruda e inherente. Mis manos demuestran vida.

Pero me avergüenza decir que siempre fui demasiado complaciente. Falso orgullo, honor corrupto o simplemente miedo, pero demasiadas son las veces en las que agaché la cabeza, azuzada por los gritos de los terratenientes. Me creía rebelde y victoriosa, criticando a baja voz y riendo las bromas de mis compañeros; me escudé en el amor al trabajo y en la honra del obrero. Me daba fuerzas sin saberlo, como quien se ahoga en el mar y recibe en cada sátira una bocanada de aire.

Es el amor a la tierra lo que hace que hierva por dentro. Poco a poco su desprecio calaba más hondo, se filtraba por las grietas de mi piel endurecida. Eran sus gestos, sus miradas, su innecesaria altanería. Se sacuden con indiferencia el barro que tanto se aferran por controlar, que aún reclaman como suyo. Nos despojan nuestro sudor y nuestro esfuerzo, le arrebatan a la huerta su fruto y lo acumulan con gula, dejando que se pudra en cajones de madera. Nos lo quitan de las manos y nos lo niegan, alegando pobreza. Alegando que no es nuestro.

Se equivocan, pues nosotros somos los amos del campo. Nosotros nutrimos la arena y la hacemos fértil, la amamantamos y cuidamos para que ella, benévola, nos devuelva la vida que nosotros le entregamos. Nos sustenta para seguir sirviéndola, como un señor a su vasallo; así es que yo no sigo más autoridad que la suya, más ley que la ley que impone su presencia. Ella me enseñó a ser paciente y fiel, a cuidar de los míos sin esperar nada a cambio, pero también a no doblegarme ante dueños falsos. Ella me habla y yo la escucho, con las manos hundidas en el suelo yermo.

Toda revolución comienza con un sacrificio. El mío es mi vida, pues dudo que me traten con clemencia cuando los guardias me encuentren. Sé que me están buscando. Escucho a los perros aullando a lo lejos, y todos conocen el castigo por deslealtad al terrateniente. Mi vida será un ejemplo, un mártir, la chispa que prende la mecha de las revueltas; y aunque la historia borre mi nombre sé que mi pueblo no olvida los actos.

Su sacrificio es la muerte. Ella se deja morir, se entrega sumisa y silenciosa, la tragedia que levanta el corazón de la guerra. Se ofrece valerosa a perder su entereza, agoniza bajo los pies de aquellos que la amaron, se hunde en las cenizas que conllevan su olvido. Yo soy quien le inflige ese dolor, pero la tierra es justa y compasiva. Lo hago por el bien de nuestra unión, y ella lo entiende. Ella misma lo ha pedido.

A lo lejos, en el horizonte, veo el fulgor rojizo del incendio. Las llamas se extienden, bailan alrededor de la casa del terrateniente, consumen el campo que siempre fue nuestro. Duele, pero no le importa. La tierra me perdona. La tierra no puede morir.




18-Escribe un relato en el que la tierra sea un elemento muy relevante de la historia.

¡Tachán tachán, el reto número dieciocho! ¿Qué os ha parecido? En comparación al de la semana pasada creo que es algo más interesante, pero quiero saber vuestra opinión. ¿Os parece demasiado recargado? Ya sabéis que le tengo gusto a estos relatos dramáticos.

Sabéis, para este reto tenía pensado un relato completamente distinto, pero cuando lo estaba empezando iba ya por las mil palabras y pensé "vaya, creo que esta historia da para más", ¡así que voy a hacer un relato largo! Le he cogido cariño y creo que puede quedar algo muy chulo, con que permaneced atentos al blog que a lo mejor prontito os aparece un relato algo más largo.

En fin, hasta aquí por hoy, que tengo que empezar una partida de rol.

¡Cuidaos mucho y hasta la próxima!

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23 de abril de 2020

Condicional

Tengo dos hijas: Zuria y Amaia. La menor tiene tan solo diez años, y la mayor, Amaia, casi quince. Y está mal que yo lo diga, pero es que son las niñas perfectas. Zuri es mi pequeña artista, mi ojito derecho; yo diría que ha salido a su padre. Tiene los ojos verdes y el pelo castaño, muy rizado, pero nunca llora cuando se lo intento desenredar. Le gusta dibujar, jugar al fútbol, los delfines y el color azul, pero no el azul marino ni el añil. Tiene una curiosidad insaciable y una energía infinita, como un remolino que solo se calma a la hora de la siesta... o cuando echan Pokémon por la tele.

Y Amaia es la persona más lista que conozco. Al principio cuesta un poco verlo, porque es muy callada y algo tímida. Siempre parece que anda distraída, con la mirada perdida entre las baldosas de la calle, como si su cabeza estuviera llena de pájaros que nunca dejan de mover las alas. Pero siempre lo observa todo, escucha atentamente, y cuando le prestas atención te habla con un entusiasmo desmedido y contagioso. Me narra las historias que ha leído o las que ella misma se inventa, me explica la letra de sus canciones favoritas, comenta las noticias del día y los eventos recientes con una perspicacia abrumadora. Y es tan buena. Una pequeña justiciera, siempre protegiendo a su hermana o a cualquiera que vea en problemas. Se lo merece todo. Se lo perdono todo. 

Por eso, cuando llegó aquella noche con las manos ensangrentadas y la mirada vacía no fui capaz de enfadarme. Me preocupé por ella, por supuesto. ¿Qué pasaría si la pillaban? ¿Me la arrebatarían? ¿Se llevarían a mi niña? No podía permitirlo. Además, ella estaba ilesa. Decía una y otra vez que no le habían hecho daño, que todo había terminado bien. Fue directa a lavarse, dejó su ropa sucia en el suelo del baño y se fue a dormir; no sin antes darnos un beso a mí y a su hermana, que ya llevaba varias horas acostada. Y se quedó dormida, así sin más. Como un pequeño angelito con la cabeza hundida en la almohada, la luz de la luna brillando en su pelo.

Por supuesto que la encubrí. Le lavé la ropa esa misma noche, me deshice de todo lo que llevaba en su mochila -solo sé que pesaba, que sangraba, y no quise saber nada más-, y cuando la policía vino a interrogarnos yo dije que Amaia no había salido de casa. Ella lo corroboraba con una frialdad y precisión aterradoras. Siempre se le había dado bien inventar historias, pero esto... Amaia estaba jugando con fuego, pero como si ella misma hubiera prendido la mecha. Tenía tanto control, tanta fuerza, que pensé que lo mejor era no involucrarme. Ella misma lo dijo: "Cuanto menos sepas, mejor". Mi niña. Siempre intentando protegerme.

Ocurrió unas cuantas veces más, pero la policía no volvió a aparecer por casa. Solo me enteraba de las muertes por los telediarios, por el tintineo que hacían las llaves de Amaia cuando llegaba de madrugada. Jamás le pregunté, jamás se lo contó a su padre, y jamás pensé que llegaría a más. Rezaba cada noche para que fuera la última y durante unos meses llegué a pensar que así sería. Amaia sonreía de nuevo, pasaba las noches leyendo en casa y jugando con su hermana, y yo empecé a creer que todo había acabado. 

Pero una noche Amaia llamó a mi cuarto. Su padre trabajaba hasta la mañana, así que estábamos las tres solas y yo aún permanecía despierta. Pensé que venía porque no podía dormir, o porque se había quedado con hambre, o porque necesitaba cartulinas para el colegio... pero no fue así. Amaia entró con gesto solemne y, sin mediar palabra, arrojó un cuchillo a los pies de la cama.

Me dijo que vendrían a por Zuria. Que ella podría cuidarse sola, pero que Zuri no. Que no teníamos mucho tiempo, y que esta era la única oportunidad que teníamos para ser felices. Repitió eso muchas veces, arrodillada a mi lado mientras yo intentaba contener las lágrimas: que después de esto ya podríamos estar juntas, que nadie nunca nos haría daño, que podríamos ser felices de verdad. Yo la creí, por supuesto, ¿cómo no iba a creerla? Sus ojos estaban llenos de compasión y ternura, pero sin una pizca de pánico. Me explicó a dónde tenía que ir, qué tenía que hacer, y me guió paso a paso por el proceso. Es tan inteligente, tan metódica. Casi diría que ha salido a mí. 

El amor de una madre es un amor violento, incansable; incondicional. Un amor que lo puede todo, que lo logra todo, y que saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Que te otorga fuerzas cuando todo te falta, frialdad cuando el mundo entero se desvanece entre las llamas. Así que sí, lo hice. Yo lo asesiné. Y lo siento mucho, de verdad. No me puedo imaginar el dolor de perder a tu hijo, pero tú seguro que puedes entender mis motivos. Y es que ya sabes lo que dicen, ¿verdad? Toda madre mataría por sus hijas.



17-Esta semana es el Día de la Madre. Haz una historia que hable sobre el amor maternal llevado al extremo. ¿Hasta dónde es capaz de llegar una madre por salvar a sus hijos?

A ver, sí, este relato pretendía ir por lo bonito que es el amor de madre... ¿pero a vosotros no os da mal rollo cómo lo propone el reto? "Amor maternal llevado al extremo" a mí me sugiere cosas perturbadoras.

La verdad es que no sabía muy bien sobre qué escribir, así que este relato lo he empezado completamente a ciegas. Es decir, la idea era crear los personajes y ver poco a poco a ver hacia donde iba la historia. Es un método un poco vago para escribir, pero creo que no ha quedado mal del todo. ¿A vosotros qué os parece? A mi me da la impresión de que le falta chicha (sobre todo me he quedado con ganas de describir los asesinatos...), pero estoy conforme con él.

En fin, ¿cómo llevais la cuarentena? Hoy es el día del libro, ¿vais a hacer algo especial? Yo echo de menos las ferias del libro... pero menos mal que estoy acostumbrada a leer en ebook. Así nunca me quedo sin lectura.

¡Un saludo y hasta el próximo reto!

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15 de abril de 2020

"...even death may die."

La primera ventisca del año había llegado fuerte y sin avisar, cubriendo la ciudad con un manto blanco y brillante que poco a poco se enturbiaba bajo el tránsito de los coches. Era como si un viejo conocido de pronto se presentara en la ciudad, alguien a quien nadie desea recibir pero al que debes invitar a un café de todas formas. Cerrar los ojos, pasar la tarde, perder el tiempo y despedirlo antes de que ponga el sol. Matthew se sentía así con las tormentas de nieve, como un anfitrión forzado a soportar su visita y a conformarse con sus besos fríos azotándole las mejillas. Caminaba por la ciudad hundiendo sus botas en la nieve, con el dobladillo de la gabardina empapándose lentamente. Inconveniente. Esa era la palabra que estaba buscando.

Llegó a la estación veinte minutos antes de la hora de salida, pero casi tres horas antes de que su tren fuera a salir en realidad. Retrasos por la nieve, cómo no. Un empleado le explicó que se había formado hielo en las vías y que tardarían un tiempo en retirarlo. Era mejor esperar a que escampara. Al menos, pensó Matthew, podría esperar dentro de la terminal. Dar una vuelta, comprar algún detalle... e incluso picar algo. Le habían hablado bien de un restaurante de marisco de la estación, pero acabó conformándose con unos dulces de la pastelería de la esquina. Buscó un sitio donde sentarse mientras le arrancaba pequeños pedazos a un bizcocho de limón.

Al final decidió esperar en el vestíbulo principal, escogiendo un asiento orientado hacia el enorme reloj central. Observó durante unos minutos el ir y venir de la gente, el ajetreo, la extrañeza del momento. Un lugar como aquel estaba diseñado para el tránsito, para que nadie pasara más de media hora vagando por la estación, pero la nieve había perturbado el orden natural de las cosas. Así, mientras que lo habitual era ver rostros apresurados y abrigos que se olvidan, el vestíbulo empezaba a llenarse poco a poco con gente aletargada y semblantes hastiados. Todos reunidos bajo el mismo techo azul turquesa, todos con la mirada fija en el reloj. Aún quedaban horas.

- ¿Drácula? ¿Es que no tenías dinero para comprarte algo mejor?

Matthew se sobresaltó cuando una voz cascada apareció de pronto frente a él. Pertenecía a un hombre de tez oscura y pelo canoso que vestía un traje de tweed gastado y una bufanda verde descolorida.

- ¿Qué? Ah, esto - Matthew estiró el brazo para alcanzar el libro que sobresalía de su maletín -. Es mi favorito. Me gusta llevarlo conmigo para releerlo, por si me aburro en el tren.
- Bah, yo nunca lo he leído. No me interesan las novelas sensacionalistas.

El hombre tomó asiento a su lado y sacó una caja de papel de fumar y una lata de tabaco. Empezó a liar el cigarro casi sin mirar, mientras observaba distraído el reloj y los detalles del techo. Cuando lo terminó se lo tendió a Matthew.

- Gracias, pero no fumo.
- Bien hecho, chaval - asintió satisfecho mientras se llevaba el cigarro a los labios -. Esto te deja los pulmones hechos una porquería, pero lo peor es que luego ni siquiera puedes cumplir con la señora. Ya me entiendes. ¿Te molesta que fume a tu lado?
- Uh, no, para nada. Puede estar tranquilo.

El hombre prendió el cigarrillo y exhaló el humo, viendo cómo las volutas ascendían y se dispersaban en el aire.

- Pues lo que te decía, ¿Drácula no es una novela de fantasía? Esas cosas son para mujeres. 
- En absoluto - Matthew titubeó, pero finalmente se atrevió a mirar a la cara a aquel hombre -. Es cierto que incluye vampiros, pero la novela tiene muchísima profundidad filosófica. Presenta nuevas perspectivas sobre la condición humana, sobre la muerte y sobre las tentaciones de la carne. Es un placer releerlo y reflexionar sobre pasajes que pasaron desapercibidos la primera vez.

Se detuvo cuando se dio cuenta de que el hombre lo miraba con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. 

- Disculpe, creo que me he emocionado...
- Bah, no te preocupes. Es un placer escuchar a un joven hablar de algo que no sea deporte. Empezaba a pensar que ya no quedaba esperanza para la nueva generación.

El hombre continuó fumando en silencio mientras Matthew intentaba ahogar el tiempo. Miraba a todas partes para ignorar al anciano: las constelaciones dibujadas en el techo, los altos ventanales, la gente que paseaba por los balcones... Pero la presencia de ese hombre no se podía obviar. Intimidante y pesada, una mezcla entre abuelo entrañable y mendigo demente. Era como si absorbiera toda el alma de la estación.

- Entonces, chico... - habló de pronto, con una voz grave y profunda que ensombrecía el ruido a su alrededor -. ¿Te interesa la condición humana? ¿Los horrores que oculta su naturaleza? 

Matthew tensó las manos para desatar el nudo que le atenazaba la garganta. Notaba su corazón latir con fuerza, desbocado sin motivo. Aquel hombre le infundía algo que desconocía, una intimidad que solo se hallaba en las partidas de ajedrez y en debates a la luz de las velas. Quería hablar, pero simplemente asintió con los labios entreabiertos.

- Te propongo un intercambio. Tú me das tu libro de vampiros y yo te entrego otro a cambio - dijo, mientras le daba un toque a su maletín -. Creo que te gustará, y a mí me han dado ganas de comprobar si Drácula es tan interesante como cuentas.
- Yo... - Matthew tartamudeó mientras miraba la portada de su libro, acariciando suavemente el borde de las páginas. La curiosidad le carcomía, le hacía arder el pecho -. Trato hecho. Espero que le guste.

Entregó el libro, depositándolo con suavidad en el espacio entre asientos que quedaba entre ambos. El hombre sonrió satisfecho, tomó el libro y se incorporó mientras rebuscaba en su maletín.

- Chaval, mi viaje no puede esperar más, pero ha sido un placer conversar contigo - sacó del maletín un libro de aspecto antiguo, envuelto parcialmente en un paño de seda verde y brillante, y se lo entregó -. Que lo disfrutes.

El hombre desapareció entonces entre la multitud sin que Matthew llegara nunca a poder preguntarle su nombre. Se quedó solo de nuevo, rodeado de desconocidos y con la vista fija en el reloj. Quedaba casi una hora para la salida de su tren, pero decidió que era momento de estirar las piernas. Terminó el bizcocho de limón, se sacudió las migas y entonces tomó el libro de su regazo. Quería haber esperado a acomodarse en el vagón, pero la curiosidad le azuzaba, impaciente. Antes de guardar el libro deslizó el paño de seda verde, dejando al descubierto una cubierta de piel vieja y unas letras talladas en oro que revelaban el título. No lo había escuchado nunca. Necronomicón.



16-Escribe un relato en el que haya un intercambio de libros.

¡Relato número 16 de los retos! Nos estamos acercando ya a completar un tercio del reto, ¿cómo lo llevais vosotros? Yo estoy convencida de que voy una semana por delante, porque es obvio que este tema está pensado para el día del libro...

Igualmente, no sabía muy bien qué hacer con este tema. Tenía una idea con una bruja y un libro de hechizos, pero se me olvidó. Gente, ¡apuntad siempre vuestras ideas, que no os pase como a mí! Al final decidí seguir un poco con la línea del ocultismo y hacer que uno de los libros del intercambio fuera el Necronomicón. Si no sabéis lo que es, es un grimorio de magia ficticio que creó Lovecraft, y se dice que todos los que lo leen acaban perdiendo el juicio... Pobre Matthew. La otra parte del intercambio es Drácula de Bram Stoker, que uno de mis libros favoritos.

En fin, ¿tenéis una lectura lista para el próximo 23 de Abril? Si no la tenéis os recomiendo Drácula (de verdad, es todo un clásico del terror) y, si os gusta la fantasía, un vistacillo al increíble trabajo de Brandon Sanderson, como El Archivo de las Tormentas. Ay, yo tengo tantas cosas que leer...

¡Un saludo y hasta la semana que viene!

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10 de abril de 2020

Treinta y dos

Plié, relevé. Plié, sauté. Pasos sencillos que ejecuta antes de que la música empiece a sonar. Está calentando. Durante unos instantes mantiene la mano izquierda apoyada en la barra, pero rápidamente alza los brazos. Primera posición, segunda, cuarta. Inspira hondo y su torso se eleva suavemente. Inmóvil. Expectante.

La música comienza y empieza a moverse como una estatua que de pronto hubiera cobrado vida. Adagio, principio, pasos lentos y posiciones sostenidas. Se está luciendo, exhibe el control que tiene sobre cada músculo de su cuerpo. El pelo recogido y la ropa ajustada, maquillaje austero y rostro hierático: nada importa más que su danza. Por eso es así. Por eso baila tan despacio.

Las notas de piano aceleran y el grand allegro comienza. Sissone, glissade, entrelacé. Salta y se adueña de toda la habitación, de cada reflejo que retratan los espejos, de cada golpe sordo sobre el parqué. La emoción le inunda y alimenta sus pasos, le arranca una sonrisa de los finos labios. A su alrededor se descubren ojos de asombro y susurros de envidia, pero solo le importa una mirada: la que observa en silencio y alza las cejas, la que desliza el lápiz sobre el papel. ¿Qué ve en esa mirada? Parece inquieta y vibrante, como si esperara algo. Como si fuera insaciable.

Se detiene. Un instante que parece eterno, la anticipación que despiertan sus gestos, y aunque parece haber terminado la música se enfurece. Los pies planos contra el suelo, los brazos extendidos. Exhala, y entonces gira.

Fouetté en tournant. Como si el viento meciera sus pasos, como si un lazo enroscado le hiciera virar, como si la inercia no dependiera de su propio cuerpo. Todo el salón contiene el aliento. Uno, dos, tres. Cinco, siete, diez. Contiene el orgullo y se deja llevar, ignorando el control que le impone la música, dejando que esta muera mientras aún baila. Sabe cual es el número que busca. Doce, quince, diecisiete, veintitrés. No es suficiente, aún no. Solo cuando alcanza los treinta y dos fouettés clava las puntas de nuevo en el suelo, los brazos alzados, la sala en silencio. El corazón acelerado. 

El mundo a su alrededor se detiene y entonces sonríe con antelación, pero no escucha los aplausos. El silencio se mantiene y las miradas se congelan, algunas con horror y otras con pena, pero ninguna compasiva. Un aire helado le paraliza los músculos mientras baja la cabeza, y entonces lo entiende.

Se ha desplazado. Sus pies, que al principio estaban en el mismo centro de la sala, ahora se encontraban un palmo más a la izquierda. Ha perdido el control. Otra vez.

Corre a la puerta y suplica, reinicia la música, grita para rogar atención mientras se sacude las lágrimas del rostro. Pero el director ya se había marchado. No había nada más que pudiéramos hacer.



15-Haz que tu relato termine con “No había nada más que pudiéramos hacer”.

A ver, lo admito, he escrito un relato bastante rarito para este reto. Y con este tema se me ocurrían un montón de ideas, la mayoría de terror o policiacas, pero... no sé por qué, he querido hacer esto. Ni siquiera sé nada sobre el ballet. Pero al leer la última frase se me venía un sentimiento amargo y frío de desesperación, y creo que quería centrarme en esa sensación en vez de crear una historia.

También creo que es la primera vez que subo aquí un relato más experimental y menos narrativo. Disfruto mucho escribiendo de esta forma tan dramática, pero creo que no es para todos los gustos. ¿Preferís mi forma habitual de contar historias? Normalmente reservo este estilo para momentos emotivos o escenas muy concretas porque creo que es demasiado empalagoso, pero a lo mejor estoy siendo demasiado crítica conmigo misma.

En fin, ¿habéis notado que lo he escrito en género neutro? Hacia mitad del relato me di cuenta de que,  de forma insconciente, no le había dado género a nuestro protagonista, así que decidí seguir con ello. Ha sido interesante, ya que al estar en tercera persona he tenido que evitar todos los pronombres.

Bueno, es tarde y estoy algo cansada, así que me despido aquí. Hasta la próxima.

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3 de abril de 2020

Por los débiles

Metal. En ese instante lo único que era capaz de ver, oler y sentir era metal. Un sabor intenso deslizándose por la comisura de los labios, el nauseabundo olor a sangre seca, un chirrido infernal que le zumbaba en los oídos. Tensó la mano -a pesar del dolor, a pesar del instinto- y se aferró al arma con todas sus fuerzas. Eso no. Eso era lo único que no podía perder. 

Talissa se arrastró por la ciudad como una rata herida buscando un escondite, ocultándose entre las sombras y esquivando a los pocos transeúntes que aún vagaban por los callejones. Era noche cerrada y los faroles ya llevaban tiempo apagados, pero aún así todo el mundo había salido a la calle. Se apelotonaban en balcones y ventanas, compartiendo susurros con los vecinos, e incluso algunos valientes se atrevieron a reunirse en la plaza del mercado. Todos miraban hacia el castillo, o al menos hacia lo que aún quedaba en pie. Una gran explosión había destruido una de las torres y parte del edificio principal, y los jardines reales estaban ardiendo. Toda la ciudad se preguntaba si aquello era el inicio de una nueva guerra, así que aquella noche miles de ojos miraron al castillo expectantes, curiosos, atemorizados. Los de Talissa eran los únicos que iban en dirección contraria. 

Deambuló por los callejones hasta llegar a la entrada trasera de una taberna que parecía haber sido abandonada hace años. Se dejó caer contra la puerta de madera, usando el peso de su cuerpo para empujarla mientras giraba cuidadosamente el pomo, y la abrió muy despacio. Una serie de escalones poco iluminados descendían hasta el sótano. Empezó a bajar con cuidado, pero cuando quiso apoyarse en el primer escalón su rodilla falló y sus piernas se derrumbaron. Talissa cayó rodando hasta el suelo, provocando un golpe seco seguido de un gemido de dolor. 

En la habitación subterránea solo había un hombre alto y de ojos rasgados, con pequeñas gafas redondas y pelo oscuro, que dio un brinco de susto al verla.

- ¿Te están siguiendo? - Ignac corrió escaleras arriba pasando por encima de Talissa. Cuando estuvo en la puerta, miró a su alrededor y chasqueó la lengua - Tienes que ir con más cuidado. Me podrías haber puesto en peligro.

Talissa no se movió, tan solo alzó la cabeza. Ignac observaba el callejón mientras se mordía el labio inferior, arropándose con un chal fino que llevaba cosidos delicados bordados. Por debajo solo llevaba una túnica azul oscura con los bordes rojos y dorados, que casi llegaban a ocultar sus toscos zapatos de cuero viejo. 

- ¿Qué haces ahí tirada todavía? - dijo mientras volvía a echar el pestillo.
- Estoy herida - Talissa habló con voz ronca, intentando que el hombre no viera sus ojos iracundos -. Necesito que me ayudes.

Ignac alzó las cejas con una expresión extraña que danzaba entre la diversión y la pena.

- Aquí no tengo nada para curarte, pero supongo que te puedo dar algo de alcohol. 

Bajó las escaleras, recogiéndose la túnica con remilgo para evitar que esta tocara a Talissa, y se dirigió a la mesa. Estaba decorada con un mantel rojo y un jarrón con flores cortadas que estaban casi marchitas. Tomó la botella, sirvió un poco de licor en un vaso que ya tenía los bordes manchados y después se sentó, dejando la botella de nuevo en la mesa.

Talissa masculló algo entre dientes y se arrastró hasta la silla. Cuando extendió la mano para alcanzar la botella pudo ver que tenía la muñeca torcida e hinchada, y casi no fue capaz de separar los dedos para dejar el arma sobre la mesa. Se dejó caer en su asiento y derramó licor sobre la profunda herida que tenía en la pierna, aspirando el aire entre los dientes. Luego le arrebató uno de los pañuelos bordados a Ignac para impregnarlo en alcohol y lo usó para limpiarse el resto de heridas. Un corte en la mejilla, algunos arañazos en la espalda y en las manos, pero la mayoría de lesiones eran debido a la caída. El tobillo estaba torcido al igual que su muñeca izquierda, y las dos rodillas le temblaban al caminar.

Ignac observó el proceso, aburrido, hasta que al fin se le agotó la paciencia.

- ¿Dónde está el tridente?
- ¿Ves que lo lleve encima? - Talissa arrastró las palabras, lanzándole una mirada severa antes de volver a centrarse en sus heridas -. No lo tengo. 
- ¿No lo tienes? Tu única misión era conseguir el dichoso tridente, ¿y no lo tienes? ¿Para qué hemos venido entonces?

Talissa hubiera dado un puñetazo sobre la mesa si no fuera consciente del intenso dolor que eso conllevaría, así que se limitó a presionar con fuerza el pañuelo sobre su pierna. Ardía con tanta fuerza que los ojos se le llenaron de lágrimas.

- No he podido cogerlo.
- ¿Y para qué llevas ese cacharro entonces? - Ignac señaló el arma con desprecio, manteniendo su mano a cierta distancia. Sabía que tenía prohibido tocarla pero no le mostraba veneración ninguna -. No entiendo como has podido acabar así.
- Ha sido El Héroe. Ha usado el tridente contra mí.

Talissa no sabía qué reacción esperar o cual hubiera sido adecuada en ese contexto, pero sin duda no era que Ignac frunciera los labios y soltara el aire por la nariz, exasperado.

- Ya. ¿Y por qué no lo has matado?
- ¡¿No me escuchas o qué?! - se levantó bruscamente, apoyándose en su muñeca herida - El héroe, Ignac, El Héroe en persona me quitó el tridente de las manos y luego provocó una explosión que me mandó volando por la ventana. ¿Qué querías que hiciera? 
- Luchar - respondió él. Por primera vez se le veía despojado de toda serenidad -. Para eso te han criado. Ese es tu único deber y no has podido hacerlo.
- ¡Casi muero ahí fuera! - Talissa replicó con los ojos llenos de lágrimas -. Casi me matan y no parece que os importe, ni a ti ni al imbécil de mi padre. Estoy harta, Ignac. Estoy harta de que nadie se preocupe por mí. Lo dejo.

Talissa se incorporó del todo, le dio un trago a la botella y recuperó su arma. Empezó a avanzar hacia la puerta, temblorosa y cojeando, pero aún intentaba mantener la compostura.

- ¿Así sin más? ¿Te crees que puedes abandonar porque ya no te apetezca hacer esto?
- Quizá así mi padre aprenda a valorarme.

Ignac se levantó corriendo y la alcanzó, tirando de ella por la muñeca y haciendo que girara bruscamente. La chica tenía los ojos llenos de lágrimas. 

- A tu padre no le importa nadie, Talissa - Ignac habló con gravedad, presionando su muñeca con tanta fuerza que parecía que se la iba a romper -. Al rey nunca le ha importado nada más que su fortuna y su poder. ¿Y te crees que eres la única a la que trata así?

Talissa no respondió, tan solo le miró a los ojos. Los suyos estaban llenos de dolor, de rabia, de vergüenza... pero los de Ignac estaban vacíos. 

- Se lo hace a todos, princesa. Es el precio a pagar por la gloria. Y todos, absolutamente todos, aguantamos por el bien de nuestro reino - susurró, sin expresión alguna en el rostro. Entonces inspiró hondo y esbozó una sonrisa condescendiente, llena de ira y de pena -. No es mi culpa que tú seas demasiado débil.

Talissa levantó el arma y disparó. La bala dio en el abdomen de Ignac y el impacto hizo que él trastabillara y cayera de espaldas. Luego dio un paso atrás, con el cañón aún apuntando en su dirección. Su rostro seguía contorsionado por el llanto, pero aún así se forzó a sonreír. No era esa la imagen con la que quería dejar a Ignac. 

- Tú y yo sabemos la verdad, ¿a que sí, princesa? - Ignac rió nervioso, palpándose la sangre que le brotaba del estómago -. Que esta pataleta no es porque tu papá no te quiera. Nunca has sido de esas, ¿verdad que no?

Talissa no habló. Dio otro paso atrás, apoyándose en la barandilla sin llegar a quitarle la vista de encima. Podría huir sin más, pero...

- Quieres dejarlo porque odias perder. 

Otro disparo. Ni siquiera tuvo que comprobar que estuviera muerto, ya que esta vez la bala impactó en mitad de su frente e Ignac por fin quedó en silencio. Talissa subió las escaleras poco a poco y finalmente se dejó caer en la calle. La noche seguía oscura y despejada, tan solo envuelta por la fina nube de ceniza que arrastraban los vientos. Ahora era libre. Ahora por fin podría vivir la vida que ella siempre había deseado. 

Por desgracia, Ignac tenía razón. Lo único que sentía era rabia.



14-Tu protagonista es una guerrera entrenada desde pequeña, pero ha descubierto que quiere cambiar de vida.

Buenos días a todos, ¿cómo lo lleváis? A mi las semanas cada vez se me están haciendo más largas, pero ya nos queda menos... En fin, yo sigo escribiendo y estudiando con normalidad. Espero que todos estéis bien.

Este relato es sobre otro de los personajes de la novela que estoy planeando, ¡y esta vez le ha tocado el turno a Talissa! Este reto me ha venido genial para definir la personalidad y motivaciones de un personaje que, hasta ahora, solo había sido una excusa para avanzar la trama. Le he cogido mucho cariño y también me gusta mucho cómo he creado a Ignac. Una pena que haya acabado así, ¿verdad? 

En fin, el relato de la semana que viene va a ser un poquito más corto (que creo que os estáis hartando ya de los relatos largos) y un poco más experimental, que tengo ganas de trastear con algo menos narrativo y más expresivo.

¡Un saludo y mucha fuerza! Nos vemos en el siguiente reto <3

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23 de marzo de 2020

Semper fidelis

Emma se despertó aquella mañana porque no podía respirar. Últimamente algo que no podía ver la perseguía en sus pesadillas, y por mucho que intentara esconderse aquello siempre la encontraba. Y esa noche Emma huyó en sueños al mar pensando que así no podrían apresarla, pero justo cuando se sentía a salvo algo la atrapó desde el fondo del océano. Un pesado tentáculo se enroscó en su piernas y tiró, intentando sumergirla, mientras ella luchaba con todas sus fuerzas por mantenerse a flote. A duras penas conseguía permanecer en la superficie, alternando bocanadas de agua y aire, hasta que al final no tuvo fuerzas para seguir luchando. Emma se hundió y el mar se cerró sobre sí mismo, encerrándola entre paredes opacas de madera. Primero luchó contra la prisión, luego contuvo el aliento, después no tuvo más remedio que inhalar el agua.

Y finalmente, un dolor ardiente en la garganta. Ya no podía respirar.

Así que despertó de pronto tosiendo un agua que no existía, pero por algún motivo el dolor no llegaba a desvanecerse del todo. Se llevó la mano al cuello y notó que había algo ahí, algo que antes no estaba y que tiraba de su garganta cada vez que intentaba respirar. Corrió hacia el espejo del baño sin separar las yemas de los dedos de su piel.

- Joder - masculló, estirando el cuello frente al espejo. Tenía una imponente cicatriz que iba desde el mentón hasta la mitad de la garganta, en forma de estrella irregular y que dolía cada vez que intentaba tragar saliva. Era rugosa y abultada, como si el tejido a su alrededor hubiera crecido con dificultad, pero lo más extraño de todo es que parecía estar completamente curada.

Emma tenía algo muy claro, y es jamás había tenido una cicatriz en la garganta. Así que aquello había aparecido de la noche a la mañana.

De todas formas se preparó como todos los días para ir a trabajar. La ropa que ya tenía doblada sobre la mesa desde la noche anterior, los panecillos dulces con arándanos y mantequilla, el café negro con una cucharada colmada de azúcar. De camino al trabajo encendió la radio, pero no hubo noticias de interés, y también anunciaron el tiempo para aquel día. Nublado, con una leve posibilidad de llovizna. Emma miró al cielo y pensó en que no se necesitaba una carrera de cinco años para poder predecir aquello.

Llegó a la universidad a la hora de siempre. Aquel día era viernes, así que la cantidad de estudiantes que había correteando por los pasillos o cuchicheando por las esquinas era, afortunadamente, menor de lo habitual. Aún así se desvió de su camino para bajar a la cafetería y comprar dos chocolates calientes en la máquina expendedora. Empezó a beberse uno de ellos a pequeños sorbos mientras caminaba hacia el despacho.

Ambrose ya estaba ahí, por supuesto, ya que él jamás llegaba tarde. Estaba sentado en su escritorio y llevaba su característico traje marrón de tweed con coderas, la camisa blanca y los mocasines castaños. Era un hombre entrado en años y con la cara delgada, los ojos pequeños y la nariz alargada. A Emma siempre le parecía que a su rostro le faltaba algo. Unas gafas, quizá.

- Llegas tarde - replicó él sin levantar la mirada de sus papeles.
- Lo sé, es que he parado a por esto - Emma esbozó una sonrisa dulce y teatral mientras depositaba el vaso de chocolate sobre el escritorio -. Con este tiempo tan gris apetece un chocolate, ¿no crees?
- Pues tienes razón, me apetece mucho. Gracias por... - Ambrose tomó el vaso, pero al mirarlo arrugó la nariz con disgusto -. Es demasiado claro. ¿Tiene lactosa? Sabes que soy intolerante a la lactosa, Emma. Te estás bebiendo el mío otra vez.

Ella giró la cabeza como un perro confundido y miró a su propio chocolate, que en efecto era ligeramente más oscuro que el de Ambrose.

- Vaya, tienes razón. No me di cuenta. Una pena - cogió el chocolate de la mesa y comenzó a bebérselo también.
- ¿Cómo no te vas a dar cuenta? - gritó Ambrose, más irritado de lo habitual -. ¿Para qué llevas gafas entonces? Por dios, con lo que me apetecía un chocolate a estas horas...

Emma no contuvo la sonrisa maliciosa que se le escapaba de entre los labios. Ambrose masculló algo entre dientes y volvió a sus papeles con gesto indignado.

- Por cierto - Ambrose le había oído perfectamente la primera vez, pero aún así tuvo que toser varias veces para llamar su atención -. Esta cicatriz del cuello, ¿te suena de algo?
- No es momento para charlas personales, Emma - bufó.
- ¿Pero entonces sabes cómo me la he hecho o no?
- No lo sé, nunca me lo has contado y tampoco me interesa. Así que por favor, regresa al trabajo.

«Tan útil como siempre.» Emma puso los ojos en blanco y se dirigió a su escritorio. Su mesa era mucho más pequeña y menos imponente que la de su compañero, y es que Ambrose seguía tratándola como una simple becaria más. A pesar de que él era un incompetente y un estirado, y toda su carrera profesional había consistido en pisotear las investigaciones de los demás. Emma era otra tanta de sus víctimas, pues había perdido su tesis doctoral por capricho de Ambrose. A veces pensaba que se merecía algo más que pequeñas venganzas con el chocolate.

- Ah, Emma - anunció él desde el otro lado de la sala, arrastrando las palabras con su marcado acento inglés -. Se nos ha asignado un nuevo trabajo de campo. Se ha descubierto un monasterio...

Su mundo se detuvo en ese instante, un potente déjà vu que le nubló los sentidos y que le hizo arder la garganta. Tenía la irracional pero potente certeza de que ya sabía qué iba a pasar, de que ya había vivido eso antes.

- Un monasterio cristiano en Nepal - susurró, casi de forma inconsciente.
- No me interrumpas, Emma - replicó Ambrose. Qué buen oído tenía cuando le convenía -. Pero sí, has debido enterarte ya. Es un edificio antiquísimo y por las fotos parece de principios del siglo IV. Muy intrigante, así que nos han convocado para que vayamos a examinarlo en persona. Y sorprendentemente sigue habitado, así que también nos alojaremos allí. Mañana salimos en avión.
- ¿Me dejas ver las fotos?

Emma saltó de su escritorio y corrió hacia el de Ambrose, que dio un respingo mientras apartaba las fotografías de la mesa,

- Niña, entiendo la efusividad, pero quizá deberías...
- No me vuelvas a llamar niña, viejo inútil - gruñó Emma con frialdad-. Que tengas edad para ser mi padre no te da derecho a ningunearme, ¿está claro?

Ambrose abrió la boca para responder, pero estaba tan sorprendido que no salían palabras de los labios. Su rostro lo decía todo, enrojecido de ira y vergüenza. Emma aprovechó para arrebatarle las fotos de las manos.

Y reconoció lo que veía. Los pasillos le resultaban familiares, como si ya hubiera caminado por ellos antes. El extraño monasterio de piedra clara rodeado de nieve impoluta, los monjes sonrientes de ojos rasgados, cabeza rapada y cogullas medievales. La enorme cruz de madera en la capilla hubiera parecido austera y aburrida en cualquier otro contexto, pero ahí... daba la impresión de estar en el sitio equivocado. Enturbiaba el ambiente, como si el monasterio entero estuviera cubierto por una bruma corrupta.

- Te recomiendo - habló Ambrose, que por fin había recuperado la compostura - que mañana moderes tu lenguaje. Iremos acompañados por profesionales y me niego a que me dejes en ridículo.

Emma hizo un enorme esfuerzo para morderse la lengua y no replicar en el acto, pero la acuciante necesidad de comprender todo aquello le instaba a hablar. Le costó pronunciar las palabras, como si ya supiera que de esa forma iba a desatar algo terrible.

- ¿Quién nos acompaña?
- Ah, pues... - Ambrose pasó el pulgar por la punta de sus dedos, rememorando -. Por supuesto, necesitamos un intérprete. También nos acompaña un traductor, por si las moscas, y una periodista. No me hace gracia lo de la periodista, pero es lo que hay. Ah, y una famosa psiquiatra americana. Parece interesada en el comportamiento de los monjes, creo que su nombre era...

Rox. El nombre resonó en la memoria de Emma antes de que Ambrose lo pronunciara, y con él se trajo muchas cosas. Le vino una profunda sensación de complicidad, de confianza que solo se adquiere con tiempo y experiencia, le vino un sabor cálido en los labios y el recuerdo de lágrimas ardientes deslizándose por su rostro. Una promesa de venganza, un adiós que no llegó a pronunciarse del todo. Conocía a Rox y era capaz de invocar su imagen: el pelo oscuro y liso, los ojos afilados, el porte esbelto y la mirada fría y calculadora. Pero sobre todo recordaba su rostro, normalmente hierático e impasible, contorsionado por el dolor y mancillado por la muerte. Rox había muerto en sus brazos.

- Yo... - Emma respiró agitada, aferrándose con fuerza al escritorio y sintiendo el mundo dando vueltas a su alrededor - Tengo que irme.
- Uh, sí, será mejor que te vayas - Ambrose habló mientras Emma recogía todas sus cosas y se apresuraba en marchar -. Tú haz la maleta para una semana, y recuerda, hace frío. ¿Me oyes? Si ni siquiera sabes dónde hay que ir mañana. Bueno, te pasaré los detalles por email. ¿De acuerdo? ¡Emma!

Ya no le oía. Emma corrió por los pasillos y se metió en su coche, intentando ordenar los recuerdos en su cabeza. ¿Era así como se había hecho la cicatriz, en aquel monasterio? ¿Cómo había sucedido? Demasiadas imágenes se agolpaban en su mente, demasiadas voces distintas que no era capaz de distinguir. Se le venían vagos recuerdos de un viaje en avión, de dormir en un colchón en el suelo, pero no era capaz de comprenderlos ni de comprobar si eran o no ciertos. La cicatriz del cuello palpitaba expectante mientras Emma conducía de vuelta a casa.

Solo tenía una cosa clara, y es la única forma de obtener respuestas era ir a ese viaje. Así que corrió escaleras arribas y tiró su maleta vieja sobre la cama. Casi no tenía aliento, pero empezó a arrancar los jerseys de sus perchas y a lanzarlos hacia la maleta abierta. ¿Que más necesitaba? Cogió camisas y pantalones anchos, medias gruesas, ropa interior para una semana y pico... La anticipación de viajar le tranquilizaba, repasar una lista en su mente e ir tachando poco a poco elementos que completaba. Pensó en que haría frío en Nepal, así que se arrodilló frente al armario y empezó a sacar trastos, buscando sus viejas botas de nieve.

Una de las cajas que sacó hizo que le recorriera un cosquilleo intenso desde el brazo hasta la garganta, y pareció que el mismo universo se quedaba en silencio. Emma arrastró el alargado maletín de madera hasta sus rodillas y abrió el cierre. Ya sabía lo que contenía. Era la escopeta que le había dado su padre, que usaba durante los veranos cuando iban juntos a cazar. Sostuvo el cajón unos instantes, pensativa. ¿Le haría falta en Nepal? ¿Le dejarían meterla en el avión siquiera?

Cuando la rozó con los dedos fue cuando recordó todo, y la verdadera naturaleza del monasterio se desveló ante ella. Recordó, como en un sueño premonitorio, la masacre que se había desenvuelto en aquel maldito templo del Nepal, recordó la sangre naciendo de las paredes y las sonrisas perversas de los monjes mientras deslizaban un cuchillo por su piel desnuda. De pronto recordó las torturas, los monstruos de pesadilla que poblaban los rincones, aquella vez que se escondió en un barril de la bodega para evitar que la atraparan. Recordó que intentó huir con Rox, que el destino las dejó a merced de los demonios con rostro humano y que ellos la asesinaron. Y, por supuesto, también recordó cómo se había hecho la cicatriz.

Se quedó en silencio. El mundo entero había dejado de tener sentido, y a la vez lo había cobrado de pronto. Ya sabía qué tenía que hacer. Ya sabía cómo salvarse, cómo escapar de sus pesadillas, cómo volver a encontrarse con Rox. Emma cogió la escopeta, se sentó en la cama y cerró los ojos. Inspiró hondo y empezó a cantar London Bridge is Falling Down, repitiendo el estribillo y todas sus variantes hasta que no pudo recordar ninguna más. Su voz era lo único que mecía el aire, pues ni siquiera los pájaros se atrevieron a cantar.

Entonces colocó la escopeta contra su garganta, sintiendo el frío del metal contra su piel, disfrutando de la forma en la que el cañón encajaba perfectamente con el centro de su cicatriz. «No te preocupes, Rox. Ya lo he entendido. Ya sé cómo salir de aquí.»



13-Un personaje se despierta con una cicatriz enorme y no sabe cómo se la ha hecho. Haz que recupere sus recuerdos durante el relato hasta que al final descubra la verdad.

¡Buenas tardes! Pues aquí os traigo el decimotercer reto, que esta vez he decidido aprovechar y escribir sobre Emma, uno de mis personajes de rol más antiguos. Y es que este relato está basado en una campaña que jugué hace años, Semper Fidelis, que como os podéis imaginar tuvo un final... algo sangriento. La forma de escapar del ciclo era morir, cosa que Rox consiguió y que Emma no, así que este relato ha sido mi forma de darle un arco de redención. De esta forma, por fin ha podido escapar.

Por cierto, ¿sabéis que la relación de Emma y Rox es una de las más bonitas que he tenido el placer de rolear? Surgió de la nada, tan solo los personajes encajaban a la perfección y había mucha química entre ellas. En esta relación nunca hubo besos apasionados ni confesiones bajo la lluvia, solo una amistad sólida y una complicidad que no hizo más que crecer durante sus... aventuras. Con el tiempo se dieron cuenta de que no podían vivir sin la otra. ¡Al final se casaron y todo! Es la relación menos romántica que he interpretado, y aún así la más auténtica. Algún día escribiré más sobre ellas.

Bueno, que me motivo. Muchas gracias a la master de Semper fidelis y a la jugadora que llevaba a Emma (perdí contacto con ambas, pero os sigo teniendo cariño y a veces me acuerdo de vosotras <3), ya que sin vosotras Emma no sería más que una pieza guardada en un cajón.

¡Nos vemos en el próximo relato, hasta la próxima!

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17 de marzo de 2020

Romper el hielo

Faltaban tan solo quince minutos para las nueve de la noche, pero Gabriel ya llevaba un buen rato esperando en la puerta de la pescadería. Del cielo caía una fina llovizna que salpicaba los cristales y poco a poco empezaba a acumularse en las rendijas de los adoquines. Gabriel bufó, lamentando haberse olvidado el paraguas en casa, y paseó distraído por los alrededores como si así se fuera a mojar menos. Atisbó su reflejo entre los escaparates y aprovechó para arreglarse el pelo, rubio y ligeramente engominado, que la lluvia estaba intentando echar a perder. Se fijó también en su ropa: la camisa azul clara, los pantalones vaqueros y los mocasines castaños. No era demasiado formal, pero quedaba elegante. Ahí delante, mirando su reflejo, le dio la impresión de que la camisa le quedaba demasiado pequeña. Había engordado un poco últimamente, y tenía unos cuantos kilos más que en la foto que le había enseñado a Marco... De repente sintió pánico. ¿Y si Marco había venido a verle pero no le había reconocido? ¿O es que le había visto y no le había gustado? Se apresuró en sacar el móvil del bolsillo, con un nudo en la garganta.

En ese momento la puerta de la pescadería se abrió y de ella salió un hombre de pelo negro y lacio, con los ojos rasgados y oscuros, que emitió un grito ahogado al verle.

- ¡Oh dios mío, lo siento muchísimo! Creí que ibas a llamar cuando llegaras.
- No, yo lo siento - respondió azorado -. No sé por qué, pero pensé que vendrías de fuera. Perdona, no lo había pensado bien.
- No te preocupes, uhm... - Marco sonrió, con las mejillas enrojecidas -. ¿Quieres pasar, entonces? 

Gabriel asintió y corrió para llegar a la puerta, sacudiendo su cabeza bajo el umbral y limpiando con esmero sus zapatos en el felpudo. Le sorprendió el estado de la pescadería, completamente vacía e iluminada por una luz cálida. Había una gran mesa y un par de sillas en lo que parecía ser el único rincón disponible, y sobre ella reposaban dos platos y dos vasos junto a sus cubiertos. Se fijó en que Marco llevaba puesto el delantal y los gruesos guantes de goma, como si estuviera atendiendo la tienda.

- Ah, esto. Estaba limpiando - dijo Marco al ver que lo miraban tan fijamente. Gabriel se rió y dejó caer su mochila sobre una de las sillas.
- No importa, tranquilo. ¿Qué tienes para mí?
- Mira, te he reservado estas piezas - se colocó tras el mostrador y empezó a señalar los distintos peces que reposaban sobre el hielo -. Escoge la que quieras, son todas de buena calidad. 
- Huelen mucho a mar - dijo Gabriel mientras se inclinaba para examinarlas -. Son muy frescos. 
- ¡Se nota que sabes mucho! - gritó de pronto Marco, claramente emocionado. Se apresuró a tomar una de las piezas, una lubina de ojos brillantes -. Esta me la han traído hace tan solo unas horas, así que está en el mejor momento.
- No sabía que se pescaba por la tarde.
- Bueno, uno tiene sus contactos - soltó una pequeña risa nasal y maliciosa que a Gabriel le pareció adorable.
- En ese caso sería una pena desperdiciarla.

Marco asintió ilusionado y comenzó a limpiar la lubina de forma metódica, como si de todo un maestro se tratara, y Gabriel se dedicó a preparar lo suyo. De la mochila sacó una placa eléctrica que colocó sobre la mesa, algunos ingredientes y varios utensilios de cocina que distribuyó cuidadosamente. También sacó una botella de vino blanco. Marco movió entonces la lubina a la mesa, sin entrañas ni escamas, y la colocó sobre la tabla de cortar. Empezó a filetearla con facilidad, casi como si los lomos se separaran solos, y cuando terminó los ordenó para que fueran simétricos. La presentación era, sin duda, impecable.

- Tu turno - se apartó y señaló el pescado con un gesto dramático, lo que hizo que Gabriel contuviera una risotada.

Marco había dado todo un espectáculo, así que ahora le tocaba a él. Colocó una sartén grande en el fuego y vertió sobre ella una fina capa de aceite. Entre tanto enharinó los lomos y después los introdujo en el aceite caliente, que empezó a burbujear a su alrededor. Aprovechó para cortar y limpiar las verduras: las zanahorias en finas rodajas y los espárragos verdes en trozos pequeños. Los añadió rápidamente a la sartén junto con un puñado de almendras laminadas y empezaron a freírse de inmediato, arrugándose en los bordes y adquiriendo una tonalidad oscura. Cuando todo estuvo cocinado vertió un vaso de caldo de pescado -que él mismo había preparado el día anterior- y un generoso chorro de vino blanco. El líquido chisporroteó contra la sartén caliente, lo que hizo que Marco soltara una exclamación de asombro.

- Mira, la harina hará que la salsa espese y con el calor se reducirá, para intensificar el sabor - explicó Gabriel. Luego inclinó la botella sobre las copas vacías, dubitativo.
- Por favor - Marco asintió mientras se sentaba al otro lado de la mesa, sonriendo de oreja a oreja. 

Gabriel sirvió el vino en las dos copas y tras darle un pequeño sorbo a la suya volvió a concentrarse en su plato. Removió la salsa, que poco a poco se oscureció y se volvió más melosa, y cuando estuvo lista sirvió los platos. Primero las verduras, luego los lomos de lubina, y finalmente espolvoreó un poco de perejil fresco por encima. Parecían platos recién salidos de un restaurante.

- Uhm, bueno - Gabriel se sonrojó de pronto, inseguro, mientras le entregaba un plato a Marco y se sentaba frente al suyo -. Aquí tienes. Que aproveche.

Marco sonrió agradecido y tomó un bocado. Gabriel se fijó en que, en vez de pinchar al azar, Marco había cogido una pequeña muestra de cada ingrediente y lo había reunido sobre el tenedor, como formando un plato en miniatura. Lo masticó despacio, saboreándolo en silencio bajo la mirada expectante de Gabriel. Cuando por fin terminó soltó una pequeña risita.

- No sabía que una simple lubina pudiera saber tan bien - bromeó, mientras volvía a tomar otro bocado.
- Muchas gracias - Gabriel suspiró aliviado, por fin sintiéndose con fuerzas de probar su propio plato. Le había quedado bien, pero quizá necesitaba un poco más de fuerza. ¿Guindilla, quizá? Pero bueno, tampoco sabía si a Marco le gustaba el picante...
- Entonces, ¿trabajas de cocinero en algún sitio? - interrumpió de pronto él, con ojos brillantes y curiosos.
- Ah, no. Solo soy diseñador gráfico - dijo, casi atragantándose. Tosió un momento antes de continuar -. Lo de cocinar solo es un hobby.
- Pues se te da muy bien, de verdad. Podrías dedicarte a esto.
- Exageras - Gabriel sonrió, dándole otro sorbo al vino -. Además, me gusta mi trabajo actual.
- Ojalá pudiera decir lo mismo - Marco suspiró, dejando de comer un momento para mirar a su alrededor -. Me encargo de la pescadería porque es el negocio de mis padres, pero ya está. Yo quería ir a la escuela de arte porque siempre me ha gustado dibujar, pero me quitaron la idea de la cabeza - se encogió de hombros -. Supongo que no querían que me muriera de hambre.

Se creó un silencio pesado entre los dos. Marco ya no sonreía, sino que miraba pensativo al plato mientras hacía círculos con el tenedor. En vez de soltar una risita o un chiste para aligerar el ambiente dejó caer los hombros, abatido.

- Lo siento. Podemos hablar de otra cosa si quieres.
- ¿Y por qué no lo haces ahora? - preguntó Gabriel con suavidad. En su mirada había una calidez extraña -. Puedes dibujar en tus tiempos libres, o asistir a cursos.
- No puedo dejar la pescadería, Gabriel. Mis padres...
- No te estoy diciendo que lo dejes. Puedes hacer ambas cosas, ¿no crees? ¿Por qué no me enseñas tus dibujos?

Marco dio un respingo y miró a Gabriel, desconcertado. Él permanecía tranquilo y sonriente. 

- Si no quieres no pasa nada. Era por si querías que les echara un vistazo.
- Ya, si te entiendo, pero yo... - Marco empezó a girar el tenedor entre sus dedos, reflexionando, hasta que por fin se decidió a hablar -. Supongo que me da miedo no ser lo suficientemente bueno.
- No tienes que ser bueno para disfrutar de algo que te gusta. Es como cantar en la ducha o hacer postres horribles, son cosas que se hacen para uno mismo.

Marco sonrió ligeramente, pero aún pensativo. Miró al plato de lubina a medio terminar, a sus manos intranquilas, y luego miró a Gabriel. Tenía unos ojos preciosos, de un marrón profundo y reconfortante y la sonrisa ligeramente torcida, muy tierna. Tuvo que esforzarse para no perderse en ella.

- Está bien - sacudió de pronto la cabeza y alcanzó su teléfono móvil, que estaba en una esquina de la mesa. Al desbloquearlo le temblaron las manos -. Eres la primera persona a la que se los enseño, y me da mucha vergüenza, y casi todos están sin terminar...
- Te repito, no tienes por qué enseñármelos - dijo Gabriel, a pesar de extender la mano para alcanzar el móvil -. Solo hazlo si te sientes cómodo.
- Ya, lo sé. Pero creo que puedo confiar en ti.

Gabriel entonces comenzó a mirar los dibujos y Marco saltó de su asiento para ponerse a su lado. Le explicó el significado de cada símbolo, o la historia del personaje, o en qué había basado ese paisaje tan particular. Gabriel asentía y preguntaba también, comentando el uso del color o de la anatomía, y a cada instante Marco estaba más emocionado. Poco a poco su ansiedad se había convertido en una ilusión imparable, y finalmente regresó a su asiento con el corazón acelerado.

Después de aquello hablaron de todo un poco, con la extraña confidencia de saber que, en esencia, los dos aún eran unos extraños. Gabriel habló de su infancia, del pueblo en el que veraneaba con sus abuelos, contándole aquella vez que intentó enamorarse de su vecina; Marco habló de sus padres y de su antiguo instituto, de cómo hacía años que no se hablaba con su hermano pequeño. Terminaron la botella de vino y rebañaron los platos, alargando una sobremesa que en otras circunstancias se estaría haciendo eterna, hasta que Marco miró de pronto la hora.

- Ay dios, ¡es tardísimo! - se levantó de un salto y empezó a recoger -. Mis padres me matan como llegue tan tarde a casa.
- Espera, que te ayudo. ¿Dónde va la mesa?
- Normalmente la tenemos en el almacén, mira, te enseño cómo plegarla.

Gabriel recogió el mantel y la mesa, guardando lo que sobró de sus ingredientes de vuelta en la mochila junto con la placa eléctrica. Marco se llevó todo lo demás a la parte de atrás, donde fregó los platos y la sartén para dejarlos escurrir. Cuando terminó empezó a desconectar todas las luces y le hizo un gesto a Gabriel para que saliera.

La noche era cerrada y oscura, con las nubes cubriendo la mayoría de estrellas, aunque al menos ya no estaba lloviendo. Marco echó el cierre del local y entonces tomó el móvil.

- Uf, por poco. Quince minutos más y el taxi me saldría más caro.
- ¿Quieres que te lleve a casa? Siempre llevo un casco extra en la moto.
- Ah, me encantaría, pero mis padres no saben nada de... tú sabes - dijo, señalándose a sí mismo y luego a Gabriel -. Me matarían.
- Oh, vaya, lo siento mucho - Gabriel se quedó pensativo unos instantes -. Espera, ¿entonces qué les has dicho para que te dejen organizar la cena?
- Que eras un ricachón excéntrico que quería comprar pescado en privado.

Gabriel soltó una profunda carcajada, y esperaron juntos el taxi mientras intentaban terminar la conversación, pero ninguno de los dos quería dejarla morir. Cuando llegó el taxi se quedaron un momento mirándose en silencio, sin saber bien qué decir. Entonces Gabriel se dio cuenta de una cosa.

- ¡Espera, la sartén! - gritó de pronto, mirando a la puerta del local -. Está dentro, ¿verdad? ¿Te importa que venga mañana a buscarla o prefieres que me la lleve ya?
- No te preocupes. En la próxima cita te la doy, ¿de acuerdo?

Gabriel le miró confundido, y hubiera jurado que el corazón se le había detenido por completo. Un millón de ideas le inundaron la cabeza y por un instante ni siquiera estuvo seguro de haberle entendido bien.

- ¿La próxima? ¿Entonces quieres...?

Marco se inclinó para besarle y Gabriel se dejó llevar, como si el mundo entero se hubiera desvanecido a su alrededor. Sus labios eran cálidos y suaves, una sensación que le nublaba la cabeza y que se enredaba en la garganta. Un beso corto e intenso que fue interrumpido por la bocina impaciente del taxi.

- Joder. Me tengo que ir - Marco se separó ansioso, con la respiración entrecortada -. ¿Volveremos a vernos?
- Por supuesto - respondió Gabriel, con la voz temblorosa de emoción -. Hasta la próxima.



12-Haz una historia sobre una primera cita en una pescadería.

Yo quería escribir un relato cortito y romántico y he acabado con +2000 palabras de fluff gay. Lo siento. Y es que últimamente le estoy cogiendo el gusto a escribir cosas románticas, ¡a pesar de que nunca me ha gustado leerlo! Siempre me da la impresión de que el género está lleno de amores adolescentes tóxicos, demasiado sexo con metáforas que dan grima o, simplemente, relaciones vacías que no te aportan nada. Por eso he intentado escribir algo un poco más realista y cuqui.

¿Recordáis vuestra primera cita? Yo sí, simplemente caminamos durante horas bajo el abrasador sol sevillano y terminamos en un starbucks, tomando café y charlando sobre nuestra vida. La recuerdo con mucho cariño, así que ahora en nuestro aniversario siempre intentamos ir a por un café <3

Nada más que añadir, aparte de que podéis dejarme comentarios o reviews y compartir el post si os ha gustado. Además, ¿qué tal si aprovecháis la cuarentena para leer otros de mis relatos, o incluso echarle un vistazo a Ojo de buey? También podéis recomendarme escritores o blogs que me puedan interesar, que necesito más entretenimiento.

¡Un saludo y nos vemos en el próximo relato!

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