La pluma tiembla en el punto final y le deja una fina cicatriz al papel. Mientras la tinta sangra más de lo debido, Cendra mira las palabras que ella misma acaba de escribir y parpadea como si le costara entenderlas. Me lo ha prometido. Esto no va a ocurrir. Y aún así, levanta el trazo y continúa escribiendo.
"No me importa quién se vaya a quedar con mis cosas, pero quiero que lo administre Aegnor Kholin. Él tiene la última palabra. Tampoco hace falta que hagáis ningún funeral."
Aunque no creo que quede nada de mi cuerpo. Lo escribe de todas formas. Una hormiga cruza la esquina del papel y empieza a caminar por su superficie, esquivando las letras secas como si atravesara un despropósito laberinto. Cendra dibuja un trazo curvo para guiarla de vuelta a la mesa. Es la primera que ve en días y se mueve adormecida por el frío, llamada por la promesa de la nueva vida que habita en el subsuelo. Piensa que quizás vino escondida en el abrigo de un refugiado, o atrapada entre las pocas provisiones que se pudieron extraer del hielo, y ahora vaga por la torre en busca de un sustento que no podrá llevar jamás a su hogar. Es una pena. Cendra considera escribir sobre la taberna de sus padres, pero se siente incapaz de pensar en ella como algo que no sea un lugar al que regresar. Aunque sabe que no es cierto, aún siente ese hueco bajo la madera de la bodega como su tumba, y la idea de que otros pasos que no sean los suyos vuelvan a pisar ese suelo le atormenta. Deja la pluma un instante para poder repiquetear los dedos sobre la mesa. Los pensamientos se aceleran.
"Espero que estés satisfecho, capullo. Espero que mi muerte te acerque al Gran Esquema. Piensa en mí cada vez que una araña te grangene la piel, cada vez que un mosquito te arrebate la sangre y solo deje tras de sí veneno y dolor. Las avispas corren de mi cuenta. Y también las infectas babosas que recorrerán tus labios por las noches."
Arruga las cejas mientras contiene en su garganta el sentimiento que le despierta la imagen. No puede evitar pensar en el rostro de Maleneth como era antes, desprovisto de cristales y quemaduras, y recuerda que la última vez que lo vio fue con el feroz deseo de arrancarle los ojos. La mano le tiembla y las letras se tuercen.
"Si Kafka sigue con vida decidle que tenía razón, y que espero que disfrute de ese conocimiento con la más fina astilla de alma que aún le permanezca."
Y nada más que decirle a aquella que ya ha muerto dos veces. Considera dejar palabras para el resto, pero de repente se le antoja innecesario escribir despedidas antes de una muerte que no se espera. Hace rodar la pluma entre sus dedos y la tinta llovizna sobre la mesa, dejando pequeñas pecas parduzcas sobre la madera.
"Os quiero muchísimo. No os olvidéis de mí."
Algo en su interior se remueve, informe e inconforme, y el zumbido en sus oídos se desgañita como cigarras anhelando el verano. La pesada presencia del minotauro en esta torre se hace más evidente, y su sombra se filtra desde el firmamento, entre las grietas de los kilómetros de losas de piedra que les separan. Cendra cierra los ojos. No los necesita para sentir la miriada de insectos que le recorren la piel y le atenazan la garganta, la firme presión invisible que le estruja las costillas. Cuando regresa la mirada al techo el silencio se desata, y la carta yace arrugada entre sus dedos. La desdobla y la aparta con calma, y con la muñeca izquierda inmóvil en su regazo alcanza la última hoja de papel que le queda. La tinta se seca bajo la firme caligrafía y la pluma vuela ligera, despreocupada, coronando la impoluta superficie de la hoja con palabras que Cendra tampoco sabe si creer del todo.
"Si estáis leyendo esta carta es porque he asesinado a Maleneth Anulef."
Este relato lo escribí hace MUCHO tiempo, más o menos al poco de que Cendra llegara a la torre (cronológicamente, va antes que el de Kafka que ya está publicado), porque quería desahogar un poco el miedo que ella sentía, procesar el cambio de situación, y hacer canónicas las cartas que tiene guardadas en su escritorio. Y releerlo ahora, después de lo que ha pasado con Maleneth.... uf. Hasta el título parece cruel.
No lo había publicado hasta ahora porque no lo veía muy interesante, pero lo he releído hoy y me parece curioso ver los dos caminos que consideraba Cendra hace unos meses, y lo que realmente pasó después.
Dato para cotillas: Estas no son las únicas cartas que escribió.
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