Posibles spoilers para La Maldición de Strahd, aunque, si os soy sincera, me he inventado la mitad.
Cuando los visitantes se dispersan, ocupando camas vacías y habitaciones solitarias, la abadía retoma su incompleta y habitual calma. Escucha el murmullo de las hermanas en la misericordia, y la lira de Miguel tañendo los últimos acordes de la noche. Patrina se tiende en el suelo de piedra fría, y sus manos recorren los caminos entre las baldosas. Aquí la paz de la noche no reside en la oscuridad, sino en el silencio que afila el resto de sonidos. El rasgar de las uñas contra relieve de la piedra, el mover de la tela sobre su pecho, el repicar de su propio corazón. Pero hoy la noche se alarga más de lo debido, y pasos recorren un pasillo que solo se visita de día.
Una figura se detiene frente a su puerta. Patrina escucha el roce de la ropa y la respiración contenida, pero nada más. Aun así, y no sabe bien cómo, es capaz de notar sus ojos llorosos, su claro halo verde empañado de dolor. Vasilka no tendrá voz, pero se balancea al caminar y siempre acomoda sus dedos sobre la misma muesca de piedra; y eso la hace tan reconocible como las demás. La anacoreta se arrastra hacia el umbral y se muerde los labios antes de hablar.
— Vasilka —susurra Patrina contra la puerta de piedra—, mi querida hermana. ¿Qué te aflige? ¿Te han hecho daño? ¿Han sido los visitantes?
La respiración de Vasilka es tensa, entrecortada. Emite un gemido angustioso y leve que hace eco en el hagioscopio. Después se apoya contra la abertura en la piedra y, durante un instante, Patrina es capaz de sentir su presencia más allá de la voz. Solo tiene que tirar un poco para que la mente de Vasilka se deshilache ante ella, para sentir lo que ella siente y para ver lo que sus ojos recuerdan.
Ve un rostro hermoso, sin costuras.
— Tatiana —suspira, casi temiendo pronunciar su nombre—. No es ella, pero se parece tanto... ¿Está aquí, querida Vasilka? ¿Son suyos los pasos que atormentan esta abadía?
Vasilka entrega su angustia, la imagen de los visitantes escoltando a la mujer de cabellos rojos y porte firme, y la entremezcla con su propia imagen raída en el espejo. Ojos de un verde cambiante, pelo castaño y cobrizo, la piel fina con marcas dispares que cubren la masa de carne ajena... y el dolor que lo empaña todo, como lágrimas frías en una tormenta de nieve.
Patrina se aleja y regresa la paz. Sus cuencas vacías se acomodan en la oscuridad, deja a Vasilka llorando al otro lado mientras se deja caer en la cama. Ahora entiende la inquietud que acompaña la noche, el zumbido extraño en el aire. La sombra de sus garras alcanza incluso los lugares más puros, piensa, y las oportunidades se arremolinan como hojas en un vendaval. Y sería sencillo atravesar su puerta y blandir la espada, pero tendría que romper el cascarón de piedra y plomo que juró no abandonar jamás. Regresarían las voces, y la luz. Él podría verla.
— Vasilka —murmura con voz queda, casi imperceptible—, baja al cobertizo y trae una de las cabezas. La que parezca más despierta. Déjala frente al hagioscopio, en la bandeja, y échate a dormir.
La figura se agita en el pasillo, insegura. La música cesa. Durante unos segundos el titubeo se hace evidente, y Patrina nota que el hilo se le escurre entre los dedos. La oportunidad brilla y se desvanece como una estrella moribunda. Así que se abalanza contra la ranura en la piedra, uñas clavándose contra la prisión, y se aferra a los últimos instantes de magia antes de que Vasilka pueda dar un paso atrás.
— Vasilka —repite, con una inflexión sofocante que hace temblar el aire y que solo Vasilka puede escuchar—. Tráeme unas manos que pueda manchar con la sangre de Tatiana, y volveremos a dormir en paz.