3/15/2026

Hyperēphania

Dos días después de la muerte de Ireena Kolyana, bajo la hiriente luz de la luna llena, una sombra desciende sobre Barovia. El caballo alazán se posa ante las desvencijadas puertas de la Abadía de la Santa Markovia, y su jinete desmonta dejando a su paso un rastro oscuro de ceniza sobre la nieve. La capa gruesa y ornamentada barre sus huellas, que se detienen a escasos palmos de la verja entreabierta. No anuncia su nombre ni su presencia, ni toca los barrotes que le cortan el paso, pero mira con interés la tenue llama que se asoma desde la garita de guardia. El monje que custodia las puertas duerme hasta que el caballo relincha de impaciencia, y solo entonces se despierta con un gruñido, alza la cabeza y observa al visitante con ojos entreabiertos. Después corre sin mirar atrás. El vampiro no puede evitar sonreír. En su lugar, unos minutos más tarde, regresa una mujer esbelta, de pelo negro y facciones angulosas, que cruza los brazos con una resignación desafiante. Esto le hace sonreír aun más.
— ¿Y bien? —habla la mujer, que se coloca justo detrás de la verja.
— No nos conocemos —responde el vampiro con voz melosa—, pero creo que no es necesario que nos presentemos. Usted ya sabe quién soy yo, y yo no necesito saber quién es usted. Cortesías aparte, le traigo un regalo.
El hombre toma de su bolsillo un pequeño saco de terciopelo con delicadas flores bordadas y lo deposita en la palma de su mano. Con un gesto teatral, deshace el lazo que lo mantiene cerrado y la tela se desborda entre sus dedos. En el centro, acomodado entre el grueso paño, resplandece una gema blanca y brillante.
— Ha llegado a mis oídos una historia terrible, una tragedia que ha devastado la paz en vuestra congregación —susurra, haciendo rotar el diamante con la yema de los dedos—. Una joven e inocente mujer ha muerto a manos de un monstruo, pero su alma aún yace atada a su cuerpo. Una piedra como esta bastaría para devolverle la vida. Bendito sea el señor de la mañana por este milagro.
La mujer examina el diamante a través de los barrotes, aunque sus ojos no pueden evitar recorrer los demás detalles que componen la figura del vampiro. La espada que porta en su cadera, que oculta a medias bajo la capa, la plétora de joyas que decoran su cuello y sus dedos, su piel deslucida y sin arrugas. Algo en él emana un poder antinatural, como si todos y cada uno de sus rasgos estuviera maldito.
— No pienso llegar a ningún trato con usted.
— Oh, joven, creo que me ha malentendido —el vampiro ríe mientras guarda el diamante en el saco—. No espero nada a cambio. Sé muy bien que mi reputación me precede, y que es difícil acallar todos los rumores que hay sobre mi persona... pero soy un hombre honesto y, como todos ustedes, quiero lo mejor para Ireena. No hay nada que me pese más que la injusticia de la muerte.
Se arrodilla y deja el saquito en el suelo, a meros centímetros de la línea que dibuja la cancela. Después se incorpora y da un paso atrás, con una sonrisa dolida dibujada en los labios.
— Tan solo pido que lo usen para salvar la vida de una mujer inocente.
La monja sostiene su mirada unos instantes más, estudiando con cuidado la expresión afligida del caballero, y finalmente se agacha para recoger la joya. La nieve ha humedecido el exterior del terciopelo, pero la piedra sigue intacta y refleja la luz de la luna con un brillo casi extraordinario. La mujer vuelve a cerrar el saco, lo sopesa con una mano, y lo aprieta con tanta fuerza que la propia gema amenaza con cortar la tela.
Y entonces lo lanza al vacío. La bolsa describe un arco en el aire antes de caer por el precipicio, golpeando rocas y raíces rotas a su paso. El viento de la montaña consume de inmediato su eco, y la piedra se pierde en la oscuridad. El hombre no puede evitar esbozar una mueca de disgusto, que rápidamente reemplaza por una sonrisa torcida.
— Creo que está usted tomando una mala decisión. Puedo comprender que no quiera aceptar mi ayuda, pero ha despreciado un objeto muy valioso. ¿Quién sabe cuántos más hay en esta tierra?
La monja se encoge de hombros. El vampiro sonríe aún más, y la piel alrededor de sus labios se tensa.
— No se preocupe, no me ofendo con suma facilidad. Les enviaré un nuevo diamante, sin ningún tipo de compromiso, y confiaré en que lo usen para sus buenos fines. 
— Prefiero dejar que esa niña muriera antes que aceptar el regalo de un demonio.
El aire silba alrededor del vampiro, que sorbe el aire entre los afilados dientes, y a duras penas mantiene alzada la sonrisa condescendiente. Se frota los dedos. El chirrido de la piel resuena como guantes de cuero.
— ¿Y vosotras os decís sucesoras de la Santa Markovia...? —escupe las palabras con cuidadoso desprecio—. Tendréis las mismas agallas, pero también el corazón podrido y carente de bondad. Quiero hablar con el abad. Él es un hombre de moral recta, y entenderá que resolver este asunto cuanto antes nos conviene a todos.
— El abad ha dicho que se niega a hablar con una repugnante rata como tú — replica la mujer, riendo—. Por eso estoy yo aquí. En esta abadía casi todo el mundo te teme, majestad. Pero absolutamente nadie te respeta.
El vampiro deja de frotarse los dedos, y en un instante el cielo se resquebraja con un estallido que ilumina la noche y se clava a sus pies. La monja cae al suelo y se hace el silencio. El ambiente empieza a oscurecerse con el velo de una lluvia fina, que poco a poco va ganando intensidad. A lo lejos, el primer trueno repica como una campana funesta.
El hombre deshace su camino con postura tensa e ira vagamente contenida, y vuelve a montarse en el caballo. Se aleja de la abadía de la Santa Markovia, dejando atrás la lluvia, el viento, y el cadáver carbonizado de una mujer a sus puertas. Dos días después de la muerte de Ireena Kolyana, se desata la tormenta en Barovia.

2/09/2026

Fiero y Santo

Posibles spoilers para La Maldición de Strahd, aunque, si os soy sincera, me he inventado la mitad.

Pasos, pasos, pasos. Las pisadas de los visitantes resuenan en las paredes de la abadía, y sus voces trepan por las venas de arcilla que unen los ladrillos de piedra. Patrina escucha, siente el temblor de su presencia entre las muescas de granito, se imagina sus rostros encapuchados y cubiertos de nieve atravesando el claustro. No es habitual recibir visitantes en la abadía de la Santa Markovia, y menos a altas horas de la noche, pero el abad siempre abre sus puertas a los puros y a los valientes, a los fieros y a los santos. Sus palabras se enredan con la música agonizante del arpa, con el baile interrumpido y con el crujir de la madera bajo el peso de las armaduras.

Cuando los visitantes se dispersan, ocupando camas vacías y habitaciones solitarias, la abadía retoma su incompleta y habitual calma. Escucha el murmullo de las hermanas en la misericordia, y la lira de Miguel tañendo los últimos acordes de la noche. Patrina se tiende en el suelo de piedra fría, y sus manos recorren los caminos entre las baldosas. Aquí la paz de la noche no reside en la oscuridad, sino en el silencio que afila el resto de sonidos. El rasgar de las uñas contra relieve de la piedra, el mover de la tela sobre su pecho, el repicar de su propio corazón. Pero hoy la noche se alarga más de lo debido, y pasos recorren un pasillo que solo se visita de día.

Una figura se detiene frente a su puerta. Patrina escucha el roce de la ropa y la respiración contenida, pero nada más. Aun así, y no sabe bien cómo, es capaz de notar sus ojos llorosos, su claro halo verde empañado de dolor. Vasilka no tendrá voz, pero se balancea al caminar y siempre acomoda sus dedos sobre la misma muesca de piedra; y eso la hace tan reconocible como las demás. La anacoreta se arrastra hacia el umbral y se muerde los labios antes de hablar.

— Vasilka —susurra Patrina contra la puerta de piedra—, mi querida hermana. ¿Qué te aflige? ¿Te han hecho daño? ¿Han sido los visitantes?

La respiración de Vasilka es tensa, entrecortada. Emite un gemido angustioso y leve que hace eco en el hagioscopio. Después se apoya contra la abertura en la piedra y, durante un instante, Patrina es capaz de sentir su presencia más allá de la voz. Solo tiene que tirar un poco para que la mente de Vasilka se deshilache ante ella, para sentir lo que ella siente y para ver lo que sus ojos recuerdan.

Ve un rostro hermoso, sin costuras.

— Tatiana —suspira, casi temiendo pronunciar su nombre—. No es ella, pero se parece tanto... ¿Está aquí, querida Vasilka? ¿Son suyos los pasos que atormentan esta abadía?

Vasilka entrega su angustia, la imagen de los visitantes escoltando a la mujer de cabellos rojos y porte firme, y la entremezcla con su propia imagen raída en el espejo. Ojos de un verde cambiante, pelo castaño y cobrizo, la piel fina con marcas dispares que cubren la masa de carne ajena... y el dolor que lo empaña todo, como lágrimas frías en una tormenta de nieve.

Patrina se aleja y regresa la paz. Sus cuencas vacías se acomodan en la oscuridad, deja a Vasilka llorando al otro lado mientras se deja caer en la cama. Ahora entiende la inquietud que acompaña la noche, el zumbido extraño en el aire. La sombra de sus garras alcanza incluso los lugares más puros, piensa, y las oportunidades se arremolinan como hojas en un vendaval. Y sería sencillo atravesar su puerta y blandir la espada, pero tendría que romper el cascarón de piedra y plomo que juró no abandonar jamás. Regresarían las voces, y la luz. Él podría verla.

— Vasilka —murmura con voz queda, casi imperceptible—, baja al cobertizo y trae una de las cabezas. La que parezca más despierta. Déjala frente al hagioscopio, en la bandeja, y échate a dormir.

La figura se agita en el pasillo, insegura. La música cesa. Durante unos segundos el titubeo se hace evidente, y Patrina nota que el hilo se le escurre entre los dedos. La oportunidad brilla y se desvanece como una estrella moribunda. Así que se abalanza contra la ranura en la piedra, uñas clavándose contra la prisión, y se aferra a los últimos instantes de magia antes de que Vasilka pueda dar un paso atrás.

— Vasilka —repite, con una inflexión sofocante que hace temblar el aire y que solo Vasilka puede escuchar—. Tráeme unas manos que pueda manchar con la sangre de Tatiana, y volveremos a dormir en paz.